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4 de Abril del 2019
Ideas
Lectura: 8 minutos
4 de Abril del 2019
Marlon Puertas

Periodista guayaquileño, ha colaborado en medios como Diario Hoy, Vistazo y actualmente en el portal La Historia. 

Las guerras fratricidas
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Lo peor de una guerra fraticida no son las municiones que se lanzan. El verdadero problema es que cada rival tenga como munición almacenada- quién sabe desde cuando- tantos hechos sucios cometidos por su rival.

Fue en el 2005 cuando por última vez hablé con León Febres Cordero. Ocurrió en su casa de Urdesa, en Guayaquil, y, sería por tratarse de una despedida anticipada, que tuve la oportunidad de recibir una hospitalidad y gentileza para mí desconocidas por parte del ex presidente, que incluyó el ofrecimiento de vodka, que él degustaba con evidente placer.

A mí no me gusta el vodka y no le acepté. Hoy me arrepiento de aquello. Pero quería hablar y habló. Sin grabadora de por medio, entre muchas cosas, me dijo lo que eran los signos de un retroceso por parte de Jaime Nebot, a quien él lo había estrenado en la política. No recuerdo si llegó a utilizar la palabra traición, pero lo cierto era que su hijo postizo ya no le producía el mismo orgullo que sentía años atrás. Ahora le escudriñaba defectos, le detectaba errores. En medio de todo, saltó el nombre de Guillermo Lasso, el entonces banquero a quien Nebot defendió con sus uñas y dientes para que continúe al frente de la Fundación Terminal Terrestre de Guayaquil, pese al pedido expreso de León para que lo saque. Fue Lasso la manzana de la discordia entre Nebot y Febres Cordero y la razón del distanciamiento entre los líderes socialcristianos, que duró hasta el final.

Fue el 30 de septiembre de 2010 -el famoso 30S- cuando por última vez crucé palabras con Lenin Moreno, en la entrada del Hotel Hilton Colon, en Guayaquil. Era cerca del mediodía. Y fui tratado con frialdad -no era para menos- por quien hasta ese momento era la cara amable y de alegría de un gobierno que ya se había definido en los hechos como autoritario. Fueron pocas palabras, pero muy enérgicas. Yo le pregunté que haría él en esos momentos, como Vicepresidente de la República, cuando el presidente Rafael Correa se encontraba rodeado de policías dentro de un cuartel sublevado, en Quito. Ya habían ocurrido serios incidentes, como el lanzamiento de bombas lacrimógenas al mismo Correa y su séquito, ya se había abierto la camisa el desafiante Correa y había gritado “mátenme” a los enardecidos uniformados. Todo pintaba mal. Y Moreno, en Guayaquil, expresó su completa lealtad al presidente maltratado. A su amigo. Me lo dijo sin dudar, sin rodeos. Él apoyaba a Rafael. En las buenas y en las malas. Moreno pudo actuar de una manera diferente el 30S y no lo hizo.

Yo pensé en ese momento: “Que leal. Muy difícil que una traición aparezca en medio de este par”.

Ambos capítulos los recuerdo ahora, en medio de la guerra declarada entre Correa y Moreno, vulnerando hasta los códigos básicos que suelen respetar los enemigos más cruentos. Esto es una exageración, por supuesto. Pero no me viene otra idea, al ver las langostas, el baile de la Macarena, la mención al capitán Diego Peñaherrera y al desempolvar la muerte de un militar a quien no se le abrió el paracaídas. Ahora, ocho años después, Moreno dice con pasmosa tranquilidad, como quien cuenta una anécdota o un chiste, que eso fue un crimen. En esta guerra, todo vale. Uno saca una langosta, el otro saca esqueletos del armario. Es una guerra de hechos vergonzosos.

Lo peor de una guerra fraticida no son las municiones que se lanzan. El verdadero problema es que cada rival tenga como munición almacenada- quién sabe desde cuando- tantos hechos sucios cometidos por su rival.

La guerra de Nebot y Lasso es más tapiñada, pero no está exenta de golpes bajos. No ha caído en el lodazal y se mantiene como un enfrentamiento político por el poder que ambos buscan. Correa y Lenin son hermanos gemelos de la revolución ciudadana, que los parió juntos, con un solo grito de dolor.

Lasso y Nebot son hermanos de la derecha, nacidos en forma separada, pero alineados por la vida en la misma ruta.

Correa y Lenin tienen muchos secretos en común. Aunque uno pudiera pensar que con lo que ya se han dicho, ya se sabe todo, estamos muy equivocados. Nunca dirán todo lo que el uno sabe del otro. Solo lanzan pistas, enseñan la puntita, para ver si se asusta el camarada y lo obligan a recular. Nada más. En el fondo saben que si uno hunde al otro, automáticamente termina también hundido el que se creía vencedor.

Flotan en la misma balsa. Con el tiempo asumirán que la mejor estrategia para salvarse ambos es ayudarse mutuamente.

Nebot y Lasso también tienen muchas cosas en común. La más importante es que ambos se mueren de ganas de ser presidente de la República. Y por eso son capaces de muchas cosas -¿de cualquier cosa?- con tal de conseguirlo. Para muestra, dos botones: Nebot se unió en alianza con Mariano Zambrano en Manabí y Guillermo Lasso con Abdalá Bucaram en Los Ríos. Votos son votos, dirán. Que no son radicales, dirán. El problema es que Ecuador es muy chiquito y solo uno de los dos tendrá posibilidad real de llegar a Carondelet el 2021, si no es antes. Ecuador es tan pequeño que solo tiene un CNE, solo tiene un Quinto Poder. Así que no queda otra que aniquilar al rival, al viejo amigo. Por eso las pugnas vergonzosas en el CNE, un Quinto Poder sin saber como autoeliminarse y una Asamblea al garete, con asambleístas que no se cansan de regalarnos papelones.

Siempre es una pena que viejos amigos se peleen. Pasa hasta en el barrio. Lo ideal sería lo contrario, que terminen sus vidas sin rencillas, paseando junto a sus esposas, recordando en largos viajes esas viejas anécdotas que hoy evocan hasta la ternura.

Que coman langostas, por qué no, si fueran pagadas de sus bolsillos. Para eso es indispensable que gocen de paz. Esa sería la prueba irrefutable de que su país los aprecia, les desea el bien y que les está agradecido por el servicio que cumplieron al frente de la República.

Lo peor de una guerra fraticida no son las municiones que se lanzan. El verdadero problema es que cada rival tenga como munición almacenada- quién sabe desde cuando- tantos hechos sucios cometidos por su rival. Eso desnuda la calidad moral de los contendientes y hunde al país en un hoyo profundo de decadencia, del que es muy difícil salir indemne, sin heridas o sin pestilencias.

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