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1 de Diciembre del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
1 de Diciembre del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Gusanos
Sí, gusanos. Así fue como Castro y sus correligionarios calificaron desde un inicio a todo aquel que dudara del paraíso revolucionario. Gusanos sus compañeros en la Sierra Maestra que cuestionaron la deriva autoritaria del régimen, como Carlos Franqui y Huber Matos; gusanos y escoria los homosexuales que fueron llevados por la fuerza a los campos de trabajo para “reformarlos”; también los intelectuales y escritores que se negaban a elogiar a Fidel y su farsa revolucionaria, como Cabrera Infante, Lezama Lima, Reinaldo Arenas o Virgilio Piñera.

“…los gusanos, los privilegiados, los

parásitos y los hijos de los parásitos que

quieren enarbolar la bandera vergonzosa

del crimen y la traición a la patria…” Fidel

Castro, 1961.

 

La madrugada del 13 de julio de 1994, un vetusto remolcador de casco de madera zarpó de algún  remoto lugar de la bahía habanera llevando a setenta y dos pasajeros cubanos. Antes de que alcanzaran a salir de la bahía, fueron interceptados por dos remolcadores modernos, de casco de acero, desde donde fueron atacados con cañones de agua. Lograron escapar por unos momentos, hasta que a su persecución se sumaron otras dos embarcaciones. Los acorralaron y minutos después fueron embestidos por dos de los perseguidores hasta que finalmente lograron hundirlos.

Luego, no solamente negaron ayuda a los sobrevivientes, sino que empezaron a girar alrededor de los náufragos para generar remolinos que finalmente los ahogaran. El ataque se detuvo gracias a la aparición repentina de un barco mercante de bandera griega que se aproximaba al puerto.  Pocos días después, mientras el Granma informaba del hundimiento de un barco que había sido robado por antisociales que querían fugar a Miami, en algún salón oficial los capitanes de las embarcaciones que participaron en el crimen eran condecorados como héroes. Fidel Castro calificó de “esfuerzo verdaderamente patriótico” la actuación de quienes hundieron aquella embarcación y causaron la muerte de treinta y siete personas,  diez de los cuales eran niños.

Desde la perspectiva del gobierno cubano, aquellos setenta y dos seres humanos que abordaron el viejo remolcador para huir de Cuba en busca de una vida mejor, habían recibido su castigo: sus derechos y sus vidas importaban muy poco pues eran,  finalmente,  solamente “gusanos”.

Sí, gusanos. Así fue como Castro y sus correligionarios calificaron desde un inicio a todo aquel que dudara del paraíso revolucionario. Gusanos sus compañeros en la Sierra Maestra que cuestionaron la deriva autoritaria del régimen, como Carlos Franqui y Huber Matos; gusanos y escoria los homosexuales que fueron llevados por la fuerza a los campos de trabajo para “reformarlos”; también los intelectuales y escritores que se negaban a elogiar a Fidel y su farsa revolucionaria, como Cabrera Infante, Lezama Lima, Reinaldo Arenas o Virgilio Piñera; gusanos los empresarios y burgueses que se fueron a inicios de la Revolución cuando sus propiedades y empresas fueron expropiadas; también la gente común que se cansó de vivir en la escasez y buscó una mejor vida en otra parte; gusanos los deportistas que aprovechaban las giras internacionales para quedarse a vivir fuera de la isla; gusanos los artistas, los músicos y pintores que escaparon de Cuba para poder expresar su arte con libertad y sin la dirección del Partido; también los periodistas, los humoristas, los que desmentían las verdades del régimen o se burlaban de ellas; gusanos las decenas de miles de personas que salieron cuando lo del Mariel, luego de haber sido sometidos al escarnio público y a los actos de repudio organizados por la Seguridad del Estado y los Comités de Defensa de la Revolución. En fin, gusanos los casi dos millones de exiliados, los miles de muertos y de presos políticos; los que huyeron, real o metafóricamente, del paraíso socialista y del idílico porvenir que les ofrecían a cambio de su libertad.      

Sí, gusanos, escoria, parásitos. Así se los nombraba y de esa forma se los despojaba de su humanidad; así se los convertía en seres despreciables, en subhumanos que no merecían el respeto de nadie y a quienes se les podía negar el ejercicio de sus derechos. Son palabras que remiten a enfermedad y podredumbre y detrás de las cuales subyace la necesidad de la amputación y el exterminio.   

Cosa similar hicieron los nazis. Su discurso se orientó siempre a que el pueblo identificara a los judíos como los culpables de todos sus males y el modelo de todas las cosas que detestaban. Para legitimar el retiro de sus derechos y su posterior aniquilación física, los identificaron como los enemigos del pueblo, como la parte enferma que debía ser extirpada. Hannah Arendt lo recuerda: “Como eran judíos, era posible convertirlos en víctimas propiciatorias cuando hubiese que calmar la indignación pública.[…]Los antisemitas podían señalar inmediatamente a los parásitos judíos para <<probar>> que todos los judíos de todas partes eran sólo gusanos en el cuerpo del pueblo, que, de otra manera, estuviera sano.”

Y, acompañando ese proceso de aniquilación moral de cualquier grupo opositor, venía la aniquilación de los derechos jurídicos: “Dentro de la revolución todo; fuera de la revolución nada”, bramó el Comandante en su discurso a los intelectuales el 30 de junio de 1961, ratificando con ello el carácter totalitario y fascista de la revolución. A partir de allí, cualquier disidencia, cualquier crítica o pensamiento que no se aviniera con su ideología o su proyecto, estaba condenado de antemano; las personas que sostenían esas ideas o que simplemente querían irse,  quedaban fuera de esa comunidad que Castro encarnaba, fuera del amparo de toda ley y, por tanto, su destino no podía ser otro que  la  cárcel, el paredón, el exilio o lo que se conoció como exilio interior, es decir, el confinamiento a la vida privada y al silencio. “La calamidad de los privados de derechos […] estriba en que ya no pertenecen a comunidad alguna. Su condición no es la de no ser iguales ante la ley, sino de que no existe ley alguna para ellos.”

El eficientísimo aparato de propaganda de la dictadura logró que esas ideas permearan hondamente en gran parte del pueblo cubano y también en la izquierda latinoamericana y mundial, produciendo una especie de ceguera moral que impedía ver que lo que estaba ocurriendo en Cuba eran crímenes y que su Comandante en Jefe era, por tanto, un criminal.

Dice Zygmunt Bauman, ese importante sociólogo a quien citan con cierta frecuencia muchos de quienes han llorado la muerte del dictador, que en nuestros tiempos la ceguera moral es la insensibilidad frente al dolor ajeno y al sufrimiento de los otros y que ese embotamiento de la sensibilidad es consecuencia  del individualismo extremo y el consumismo. 

Bauman seguramente tiene parte de razón. Sin embargo, creo que es la permanencia de ideologías totalitarias la que está detrás de esa ceguera, de esa insensibilidad ante el sufrimiento de los otros. Son las ideologías que parten al mundo entre amigos y enemigos, que encuentran en el otro -en el distinto- al enemigo de clase, de raza o de religión, que creen que la tolerancia y el respeto a las ideas ajenas son apenas un capricho de los liberales, las que están detrás de esa ceguera moral que justifica y legitima el crimen.  

Es ese fanatismo ideológico que no reconoce la humanidad de los otros, el que llevó a Ramón Mercader a clavar con todas sus fuerzas y sin ningún remordimiento el piolet en el cráneo de Trotsky  o a Pinochet a ordenar el asesinato y desaparición de miles de militantes de izquierda.         

También es la amoralidad intrínseca a esas ideologías la que permite usurpar los derechos de los otros sin que eso cause problemas de conciencia. Roberto Ampuero lo cuenta en su novela autobiográfica: “Yo no solo ignoraba quienes habían sido los legítimos dueños del apartamento, sino también quiénes los de la casona de Miramar.  Y había vivido tres años entre sus paredes, sus pinturas valiosas y muebles de estilo, ocupando sus camas y su vajilla, sin que esa violación diaria de lo ajeno hubiese inquietado mi conciencia, peor aún, gozando plenamente de aquella posición privilegiada que amparaba la Revolución. Solo eso, el amparo que brindaba el poder, explicaba, por cierto, la razón por la cual ningún vecino antiguo de Miramar se había atrevido a decirme que yo era un usurpador.”

El Presidente de Ecuador, acompañado de una comitiva de ciento treinta personas, ha viajado a Cuba en estos días haciendo uso, como no puede ser de otra manera, de fondos públicos que podrían ser mejor utilizados en cualquier otra cosa que no sea pasear su vanidad y arrogancia por el mundo. Allá, junto con otros presidentes de honradez acrisolada como Daniel Ortega y Nicolás Maduro, han rendido homenaje al dictador recientemente fallecido, a quien reconocen como ejemplo y padre espiritual. 

Yo he querido hablar de las víctimas del “gigante”, de aquellos a los que también un día llamé “gusanos”. Fueron ellos los que resistieron e hicieron frente a un régimen que muy poco después de haber tomado el poder se convirtió en un enorme aparato de opresión y despojo. Siento el dolor de los exiliados, de los que no pudieron regresar a su patria para enterrar a sus padres, de los que murieron en otras tierras, añorando el mar y el calor de su isla; de los presos de conciencia que pasaron gran parte de los que pudieron ser los mejores años de su vida, encerrados en alguna mazmorra; de las madres a cuyos hijos tragó el mar cuando intentaban recorrer noventa millas en diminutas y precarias balsas.   

Comprendo también que la felicidad de aquellos a los que un día llamamos “gusanos”, es únicamente la felicidad de las víctimas. Es la alegría de hombres y mujeres ante la muerte del personaje que encabezó el sistema que les jodió la vida y que intentó arrebatarles,  incluso, su humanidad.

[PANAL DE IDEAS]

Xavier Villacís Vásquez
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Mauricio Alarcón Salvador
Giovanni Carrión Cevallos
Gabriel Hidalgo Andrade
Gonzalo Ordóñez
Carlos Rivera
Francisco Chamorro
Ramiro García Falconí
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