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13 de Noviembre del 2017
Ideas
Lectura: 10 minutos
13 de Noviembre del 2017
Decio Machado

Sociólogo y periodista. Consultor y analista político. Coordinador de los seminarios de Geopolítica en América Latina organizados por la Fundación ALDHEA en distintas universidades latinoamericanas.

Hacia un mundo feliz
Lo que los usuarios hacemos en Internet hace tiempo ya que dejó de ser anónimo e inocuo. Leer los periódicos en línea, conectarse a una red social, hacer compras a través de una página web o solicitar un servicio de taxi mediantes una aplicación para celular permite ofrecer información acerca de nosotros mismos, nuestra ubicación, nuestros gustos y nuestras acciones.

Las aplicaciones de mensajería instantánea, los correos electrónicos, las cadenas que se introducen en los buscadores de Internet, nuestras interacciones en redes sociales, las compras online, los ficheros compartidos en la nube o nuestra propia ubicación a través de programas georeferenciados utilizados desde nuestros smartphones, son informaciones susceptibles de ser capturadas por autoridades involucradas en el disciplinamiento y control social, así como por empresas privadas con claros intereses comerciales.

Internet nació a partir del proyecto Advanced Researchs Projects Agency (ARPA), creado por el Ministerio de Defensa de los Estados Unidos tras el lanzamiento del primer Sputnik en 1957. El ARPA estaba formado por unos 200 científicos de alto nivel y gozó de un gran presupuesto, buscando crear comunicaciones directas entre computadores para poder comunicar –compartiendo recursos- las diferentes bases de investigación. Una década después y gracias a la invención de la conmutación de paquetes, se comenzó a crear una red de computadoras denominada ARPANET, la cual recopiló las mejores ideas de los equipos del Massachusetts Institute of Technology bajo la dirección del psicólogo e informático norteamericano John Licklider.

Durante las décadas de 1970 y 1980 el Internet fue una herramienta eminentemente académica, utilizada tan solo por científicos, que fue teniendo calado en el ámbito contracultural a través de los primeros aficionados a la informática. Sin embargo, más allá de su léxico comunitario y la liberación de información gratuita en la red, Internet tenía un claro propietario: el gobierno estadounidense, el cual inicialmente no se preocupó de su control porque ni le interesaba ni lo terminaba de entender.

El desarrollo de la World Wide Web (www), diseñado con Tim Berners-Lee y algunos científicos del Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire en Ginebra, permitió que en los años noventa el Internet comenzara a tener una amplia difusión en el mundo comercial. Pese a no dejar de tener una cultura de libertad en su seno, esta herramienta pasó a ser una expresión de la cultura capitalista liberal hegemónica.

En su evolución el Internet ha pasado a vivir en la paradoja de unir cada vez más individuos al mismo tiempos que nos fragmenta creando mayor desigualdad, en un mundo donde esta crece, entre quienes utilizan las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) como una parte rutinaria de su vida diaria y esa más de la mitad de la población mundial –especialmente mujeres- que vive desconectada. Pero además, Internet se convierte en un arma de doble filo, pues tiene un potencial democratizador y liberalizador enorme, a la par que permite un nivel de control y vigilancia a los ciudadanos nunca antes visto.

Lo que los usuarios hacemos en Internet hace tiempo ya que dejó de ser anónimo e inocuo. Leer los periódicos en línea, conectarse a una red social, hacer compras a través de una página web o solicitar un servicio de taxi mediantes una aplicación para celular permite ofrecer información acerca de nosotros mismos, nuestra ubicación, nuestros gustos y nuestras acciones. Toda esa información es recabada y utilizada posteriormente con fines comerciales, siendo todos los internautas -incuso los más discretos- cómplices de ese intercambio, registro, almacenamiento y análisis global de información que tienen como finalidad conformar bases de datos sobre hábitos, gustos, intenciones, opiniones y localización de los consumidores. Así las cosas, estas redes que utilizan terminologías tan afables como compartir, comunidad, amigos o seguidores, no son más que la máscara de un gran mercado que ha permitido que Apple, Google, Microsoft, Facebook y Amazon sean las compañías más valoradas en los mercados bursátiles del planeta.

Los usuarios hemos aceptado el manejo de nuestros datos porque lo percibimos desde un carácter anarco-liberal: por un lado existe gran eficiencia en recolectar información pero no tanta a la hora de procesarla, mientras por otro entendemos que dicho rastro de datos permite en definitiva satisfacer nuestras propias necesidades. Estamos ante la inocente creencia de que somos nosotros, los consumidores, quienes dictamos tendencias, quienes establecemos las corrientes, quienes propiciamos las políticas de marketing y profiling.

Sin embargo, las revelaciones principalmente de Julian Assange y de Edward Snowden han puesto de manifiesto que dicha acumulación y almacenamiento de información no sólo sirve para fines comerciales, sino que se utilizan con objetivos políticos y geoestratégicos.

Vinculado a lo anterior, desde 1976 es pública la existencia del sistema de satélites ECHELON –considerada la mayor red de espionaje y análisis para interceptar comunicaciones electrónicas de la historia- y controlada por la comunidad UKUSA (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda). ECHELON puede capturar comunicaciones por radio y satélite, llamadas de teléfono y correos electrónicos en casi todo el mundo e incluye análisis automático y clasificación de las intercepciones. Se estima que en la actualidad ECHELON intercepta más de tres mil millones de comunicaciones diarias.

Pero más allá de estas sofisticadas tramas de espionaje existe una tecnología de vigilancia para todos. Tan solo en el año 2012 los gobiernos del mundo habían ya cuadruplicado las solicitudes de acceso a los datos de Google realizadas en el año 2009, lo cual ya dice mucho teniendo en cuenta que la información divulgada por Google es solo una porción aislada de cómo los gobiernos interactúan con Internet. Una empresa como Facebook tiene en la actualidad dos mil millones de usuarios sin contar con Whatsapp o Instagram, empresas que adquirió recientemente.

Seguramente la mayor interferencia de poder en la red es el proyecto Carnivore del FBI, basado en una ley que garantiza a este organismo poderes exhaustivos para el espionaje. Se trata de un software desarrollado a partir de los atentados del 2001 y aplicado a través de la “Patriot Act”, permitiéndole a los equipos de inteligencia gubernamentales captar mensajes en la red, sobrepasando su efecto las fronteras estadounidenses. De esta manera, la libertad en el Internet y sus redes sociales ha ido quedado acotada tan solo para las grandes corporaciones tecnológicas, quedando como mera utopía los ciudadanos.

Así las cosas, la encriptación ha pasado a ser el nuevo protagonista para la confidencialidad de la información, ya que permite transmitir mensajes secretos que escapan al control de los gobiernos que anteriormente monopolizaban esta capacidad. La criptografía existe desde tiempos remotos: Heródoto nos habla de mensajes secretos ocultos físicamente detrás de la cera en tablas de madera y de tatuajes bajo el cabello de esclavos, o el Kama Sutra lo recomienda como técnica para que los amantes se comunicasen sin ser descubiertos. Utilizada por los gobiernos en sus comunicaciones, la criptografía se ha extendido en múltiples funciones cotidianas, sin ir más lejos en los cajeros automáticos.

El manejo de la criptografía por parte de particulares es un hecho que genera miedo en los gobiernos y la articulación de nuevas formas de control. De igual manera que antaño el control de los medios de impresión fue el fundamento de la restricción de la libertad de prensa, en la actualidad el control de la tecnología de encriptación se ha convertido en un criterio definidor para saber en qué medida los gobiernos respetan el derecho de sus ciudadanos.

En nuestros días, poder, globalización e Internet se entrelazan uniendo y midiendo fuerzas en la nueva sociedad en red que ha florecido al calor del desarrollo tecnológico. En ella se encuentran en claro conflicto los mercados –liderados por las grandes corporaciones tecnológicas-, la seguridad nacional, las libertades ciudadanas y el derecho a la confidencialidad. En el marco de estas disputas, la cultura democrática -característica de las comunidades virtuales y los usuarios personales- se encuentra en franco deterioro.

Ya es una realidad la tendencia a oligopolización de la red, puesto que la liberalización de los mercados ha conllevado a una concentración sin precedentes en el sector de las TIC. En paralelo, cabe recordar como los años cincuenta Aldous Huxley y George Orwell construyeron sus respetivos mitos de “Un mundo feliz” y “el Gran Hermano” a partir de la idea de que la ciencia y la técnica, al servicio del poder, conducirían a formas de dominio absoluto del ser humano. En todo caso, la novedad respecto a aquellas tesis cada vez más reales elaboradas a mediados del pasado siglo está en que en lugar de hacerse más fuertes los Estados, estos ya han perdido el monopolio del control económico y cultural, faltando poco para que suceda lo mismo respecto al control de la política y el uso de la violencia.

[PANAL DE IDEAS]

Mariana Neira
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Gabriel Hidalgo Andrade
Gonzalo Ordóñez
Xavier Villacís Vásquez
Alexis Oviedo
Mauricio Alarcón Salvador
Consuelo Albornoz Tinajero
Pablo Piedra Vivar

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