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20 de Abril del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
20 de Abril del 2017
María Fernanda Moscoso

Investigadora independiente, migrante y transdisciplinar, explora el mundo entre el arte, la escritura y la etnografía.

Hay neblina y los honestos no temen ni la luz ni la oscuridad*
Hemos sido testigos y continuaremos siéndolo, al menos durante cuatro años más, de las argucias, la violencia y la persecución política de un gobierno que es similar a la bruma que, en estos días, recorre y enfría las calles de Quito.

Hay una neblina constante. Y parece que devora la ciudad. Se acompaña de aguaceros. La neblina aparece sobre todo por las tardes y la ciudad, Quito, desaparece poco a poco de la línea imaginaria. Hay noches en las que ni siquiera se puede conducir; la desorientación es total. Por suerte están las luces de otros autos y los semáforos, que se convierten enluciérnagas.  

Cuando hay neblina es más difícil ver y es preciso, en este sentido, exacerbar los sentidos, como los animales. La neblina en el bosque permite escuchar mejor los aullidos, la presencia de los pájaros, las pisadas de los felinos e incluso los murmullos de las voces salvajes. Las voces salvajes que nunca callan, que han sido siempre inteligentes y valientes y en consecuencia, incómodas. Sobre todo, porque se escuchan cuando hay luz, pero también cuando hay oscuridad. 

Wilde en alemán significa salvaje. En inglés es wild. Y Wilde es también el apellido de Oscar Wilde, quien en 1987 escribió el poema  “La balada de la cárcel de Reading” (“Ballad of Reading Gaol”), tras su liberación de la cárcel de Reading. Wilde era un disidente pues era poeta y homosexual, algo imperdonable en los salones de la  Inglaterra de finales del diecinueve (a veces la gente se pregunta bajo qué tipo de gobierno viviría mejor el poeta, y sólo hay una respuesta, en ninguno, escribió) -ni enlos salones ecuatorianos de principios del siglo veintiuno.

Wilde era amante de Alfred Douglas, hecho que, por supuesto, escandalizó al marqués de Queensberry, padre de Douglas, quien decidió perseguir y atosigar a Wilde hasta que éste decidió denunciarlo por calumnias, esgrimiendo la amoralidad del arte como defensa. Sin embargo, no sólo que Wilde no salió victorioso, sino que además, tuvo que enfrentarse a un juicio en el que se le acusaba de sodomía y grave indecencia. Queensberry atestó tres veces y ganó.

Durante dos años, el escritor fue encerrado y obligado a llevar a cabo trabajo forzosos en la cárcel de Reading. Se trataba de una sentencia ejemplarizadora cuyo fin era atemorizar y silenciar las voces salvajes: Wilde Stimme. Las consecuencias de este juicio fueron gravísimas pues hubo un recrudecimiento de la intolerancia y la homofobía en Inglaterra y, en general, en Europa. Wilde tuvo que exiliarse en Paris, cambió su nombre por Sebastián Melmoth y se vio obligado a morir en la ruina. 

Los castigos ejemplares son un recurso utilizado por los sistemas de poder para escarmentar y asustar. Pero nunca escarmientan ni asustan suficientemente porque allí donde han habido Estados autoritarios, siempre han existido voces disidentes que se persiguen, se castigan e incluso que se corrompen. Es más, es probable que el Estado requiera detractores (el enemigo), precisamente para afirmarse y, en consecuencia, legitimarse. El problema, para el Estado, surge cuando las voces salvajes, que son diversas (twitteros, feministas, ambientalistas, dibujantes, indígenas, estudiantes, escritores, periodistas, docentes, médicos, campesinos, defensores de los derechos humanos, etc.) empiezan a incomodar, es decir, atraviesan el límite que separa aquellos discursos críticos que son oportunos para reafirmar la idea de una revolución decadente y estropeada, de aquellos que son revoltosos. 

Hemos sido testigos y continuaremos siéndolo, al menos durante cuatro años más, de las argucias, la violencia y la persecución política de un gobierno que es similar a la bruma que, en estos días, recorre y enfría las calles de Quito. Una bruma que se extiende cuando el sol desaparece. Julio César Trujillo, Simón Espinosa Cordero, Isabel RobalinoBolle, Jorge Rodríguez Torres, miembros de la Comisión Anti-corrupción, han sido acusados de calumnia por haber presentado, en febrero de 2016, una denuncia ante la Fiscalía por un presunto sobreprecio en el avalúo del terreno para la Refinería del Pacífico. Como Wilde, denunciaron y como Wilde, la acusación se ha revertido en su contra. Uno de los incriminados es Simón Espinoza, periodista y profesor universitario, 88 años. En su twitter del 15 de abril publicó: “"Si resucitó al tercer día, yo resucitaré al segundo", piensa nuestra Sacra Trinidad: Padre, Rafa; Hijo, Correa; Espíritu Santo, Delgado.” Imperdonable.

Wilde también escribió sobre el narcicismo, aquella excesiva admiración por sí mismo de la que era víctima el joven Dorian Gray. En el fin del relato sedescribe cómo, en un arranque de furia, Dorian Gray pierde la cordura y ataca con un cuchillo su propioretrato, destruyéndose a sí mismo. Porque el joven-viejo narcisista teme la luz y teme la oscuridad y así terminan todos, ciegos, con o sin neblina.

* “Los honestos no temen ni la luz ni la oscuridad” es el lema de un cartel colocado frente al lugar donde tuvo lugar la audiencia en el juicio contra la Comisión Anti-Corrupción.

[PANAL DE IDEAS]

Fernando López Milán
Hugo Cahueñas Muñoz
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