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9 de Junio del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
9 de Junio del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Herencia, movilidad y desarrollo
La movilidad social es, sobre todo, movilidad económica. No la que surge de las propuestas realizadas por el poder totalitarista. Sino la producida por la trashumancia que surge de nuevas estrategias con las que cuentan los sujetos, las familias, los pueblos.

Con frecuencia se presume que los más idóneos para abordar los temas económicos serían los economistas, los de la ley y sobre todo los políticos. Por lo mismo, cuando ellos hablan, el discurso se cierra en un ámbito en el que la verdad se establecería de suyo dejando de lado otros órdenes de pensamiento y de saber que, sin embargo, tendrían también mucho que decir. Y no un decir cualquiera, sino aquel que surge de la experiencia y también de saberes nacidos de la lógica no solo racional sino también existencial.

Alguien decía que los estratos sociales no son compartimentos cerrados y clausurados en sí mismos y limitados por otros compartimentos igualmente cerrados. Como esas viejas ideas de las clases sociales separadas entre sí por cercas casi de acero. El mundo contemporáneo es móvil y cambiante como nunca antes. Los flujos sociales hacen la contemporaneidad y cada vez se torna difícil dividir una sociedad con las viejas categorías producidas por el capitalismo o el socialismo. Casi nada se consigue añadiendo apelativos que ciertamente no mejoran el sentido del término. ¿Capitalismo o socialismo del siglo XXI?

Es preciso rescatar tanto la idea teórica de la movilidad social como su aspecto y realidad fácticos. De hecho, los grupos sociales son eminentemente móviles, transitivos, trashumantes, para usar una metáfora del campo. Es probable que la idea de la trashumancia pudiese explicar mejor el sentido y la necesidad de la movilidad social actual que afecta a todos los órdenes, desde lo económico hasta lo social, desde las posiciones del saber hasta los movimientos políticos y culturales. Pueblos y sujetos somos trashumantes.

La trashumancia se expresa en todos los órdenes y constituye una de las características de la contemporaneidad, de los grupos como de los individuos, de los discursos sociales y de las posiciones académicas. De alguna manera, este perenne movimiento da cuenta de que los grupos y los sujetos cuestionan sus circunstancias de vida lo que los conduce a no aferrarse a un único modo o estilo de vivir, pensar, creer, actuar y esperar.

Temo al hombre de un solo libro, decían los antiguos para señalar que de ninguna manera es confiable ni el sujeto que no cambia su régimen de pensamiento ni los sistemas teóricos cerrados sobre sí mismos, autoproclamados como absolutamente verdaderos. Cuando un decir cualquiera es enunciado y propuesto como en sí mismo cierto, ha abandonado el campo de la incertidumbre que nos hace para convertirse en algo peor que una mala religión. En efecto, tan solo las religiones se sostienen en la prédica incesante de lo absolutamente cierto expresado en sus dogmas. Son evidentes los daños que produjeron y producen los sistemas sociales y políticos de carácter dogmático.

La trashumancia social es inevitable y necesaria. Los regímenes comunistas y totalitaristas del siglo pasado la negaron rotundamente y la sustituyeron por la nueva idea de la igualdad absoluta de todos. Esta igualdad surgía del discurso y de la ley mas no de la realidad de vida de los pueblos y de los ciudadanos. La igualdad se producía por decreto mas no por la real y eficaz distribución igualitaria de los bienes materiales, intelectuales y sociales. Lo que mejor se distribuía era la pobreza. ¿Cómo si fuese una religión? Sí, como una pésima religión monoteísta que no cesa de predicar la igualdad post mortem en el paraíso o en el infierno. Por lo menos en eso no se equivocaba la religión puesto que son social, política y lógicamente imposibles la igualdad y la bienaventuranza de todos. No todos caben ni en el cielo ni en el infierno.

La movilidad social es, sobre todo, movilidad económica. No la que surge de las propuestas realizadas por el poder totalitarista. Sino la producida por la trashumancia que surge de nuevas estrategias con las que cuentan los sujetos, las familias, los pueblos. Cuánto se ganaría en desarrollo social y cultural si cada nueva pareja contase ya con una vivienda. La herencia tiene mucho que ver con esto pues, desde que comenzó, piensa en el desarrollo.

La herencia ha sido uno de los motores de la movilidad social. Los bienes familiares no se deben tan solo al trabajo de papás y mamás. Son logros eminentemente familiares pues todos los miembros, grandes y pequeños se hallan directamente involucrados. Aun cuando no aparezca siempre como una sociedad jurídica, el trabajo de la familia lo es siempre. Pero también son logros sociales pues el Estado ha puesto en marcha estrategias que sostuvieron e incluso incentivaron las iniciativas personales y familiares. Por ello siempre ha habido un impuesto lógico a las herencias.

Por otra parte, los bienes familiares no surgen tan solo del trabajo del papá, por ejemplo, sino del esfuerzo real de todos los miembros que, directa e indirectamente, aportan al desarrollo familiar que en sí mismo es desarrollo social, incluso mediante tiempos de cinturones apretados hasta que la empresa empiece a producir réditos. Algo que pasa por alto el actual gobierno. Cuando mejora la situación económica de una familia, mejora el país. El desarrollo familiar asegura que en el futuro ningún miembro comenzará la vida desde ese cero fatídico de la pobreza del que han debido partir no pocos en nuestro medio. ¿Se están pasando por alto estas verdades?

Los nuevos discursos pretenden convencer de que cada nuevo ciudadano debería comenzar casi de cero para labrar su propio destino. ¿Porque el Estado le va a dar todo? Utopía casi perversa del siglo pasado y de quienes poseen miradas oblicuas.

Siempre ha existido el impuesto a la herencia. Pero, si no he escuchado mal, en la actualidad, no sería bueno que en nuestro país los miembros de la familia hereden bienes y se mantenga así el desarrollo familiar a través de sus empresas. He escuchado un discurso que divorcia lo familiar de lo social. No es bueno, dicen, que los miembros de la familia, como efecto de una herencia, cuenten con nuevos y mayores recursos para su desarrollo como si este no fuese desarrollo social.

¿No es de buen gusto que los frutos del trabajo de los mayores aseguren mejores posibilidades para las generaciones que vienen? ¿En qué consistiría, entonces, el desarrollo social?

Es más que absurdo proponer que cada nuevo ciudadano deba construir, casi desde cero, su propio destino. El Estado ya no ve con buenos ojos que la trashumancia se produzca desde los esfuerzos particulares sino tan solo desde lo que él hace. ¿En qué nivel de desarrollo social quedaron la URSS de Stalin, la China de Mao, la Cuba de los Castro, países en los que fue vedada esta trashumancia porque, además, sus gobernantes se declararon insustituibles?

Para los inteligentes, pocas palabras, decían los sabios de antes.

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