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3 de Julio del 2017
Ideas
Lectura: 7 minutos
3 de Julio del 2017
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

Hijos del gutierrato
Para luchar en contra de la corrupción, Rafael Correa, sólo en el poder, canjeó la Contraloría General del Estado, la Fiscalía de la Nación y el Tribunal Supremo Electoral por los votos de los gutierrístas en el Congreso de 2007, para así conseguir la aprobación de su mentada Asamblea Nacional Constituyente. Correa compró estos votos, todo para refundar la patria y expulsar de este nuevo paraíso a los corruptos del pasado. Todo suena maravilloso hasta ahí.

Ayer se enjuició políticamente a Carlos Pólit, ex contralor del Estado. Con 132 votos, el pleno asambleario censuró y destituyó al polémico contralor, escogido de una terna enviada por el presidente Rafael Correa, reelegido por la Asamblea Constituyente de la revolución ciudadana y vuelto a reelegir por el Consejo de Participación correísta. Tal fue la afición por Pólit que Correa alabó en varias ocasiones su designación. Dijo que es un contralor “de lujo”. Hoy todos los correístas lo desprecian. Esa es la regla.

En varias intervenciones plenarias, los legisladores exclamaron su ajenidad con el pasado, con la partidocracia y con el propio Carlos Pólit, convertido en infiltrado, en un desconocido y en un traidor. Marcela Aguiñaga mostró su indignación con el “congreso de los manteles”; Daniel Mendoza dijo que ellos inauguraron la decencia y la transparencia en el Ecuador; y Viviana Bonilla reclamó recordar la historia. Hace bien. Vamos a recordar esa misma Historia…

En el 2006 llegó Rafael Correa, presentado como la gran esperanza política después de la terrible crisis de instituciones de 2005. El novel político ganó las presidenciales sin participar con listas de legisladores. Entonces llegó solo.
El discurso de Correa era sencillo: asamblea constituyente y extinción de la partidocracia. Lo curioso es que esto ya lo propuso el defenestrado presidente Gutiérrez, predecesor de Correa. Basta revisar sus discursos de la época.

Para luchar en contra de la corrupción, Rafael Correa, sólo en el poder, canjeó la Contraloría General del Estado, la Fiscalía de la Nación y el Tribunal Supremo Electoral por los votos de los gutierrístas en el Congreso de 2007, para así conseguir la aprobación de su mentada Asamblea Nacional Constituyente. Correa compró estos votos, todo para refundar la patria y expulsar de este nuevo paraíso a los corruptos del pasado. Todo suena maravilloso hasta ahí.

Pero lo que en realidad hizo Correa fue entregar al partido del defenestrado presidente Gutiérrez el dominio de las principales instituciones estatales de control. El gutierrísmo, frotándose las manos,  puso al peor puntuado de la terna en la fiscalía, a Jorge German, quien además no gozaba del apoyo del Consejo Nacional de la Judicatura como exigía la Constitución de entonces; en el Tribunal Supremo Electoral puso al abogado de Gutiérrez, Jorge Acosta, sin antecedente que ese; y, en la Contraloría General del Estado, puso al ex gobernador del Guayas y ex secretario general de la administración del mismo Gutiérrez, Carlos Pólit Faggoni.
La jugada de Correa fue maestra: entregó al derrocado presidente las instituciones de control encargadas de auditar la gestión del mismo Gutiérrez.

Después haber sido despedido del poder bajo serias acusaciones de corrupción, abuso de autoridad y nepotismo, el derrocado presidente, ahora podía respirar tranquilo, pues Correa, su socio político le cedió los poderes de control estatal y los puso a su servicio. 

Pero primero Acosta y luego Pólit, traicionaron a su antiguo presidente. Jorge Acosta, como presidente del Tribunal Supremo Electoral se encargó de defenestrar a los 57 diputados que se opusieron a la Asamblea correísta de plenos poderes (aunque lo hicieron tarde, porque antes ya habían votado a favor de la instalación del órgano constituyente, pero después intentaban destituir a Acosta). Este bloque de diputados que correspondía a más de la mitad de todo el Congreso Nacional fue despedido sin juicio político y con una simple resolución legislativa, que fue el mismo procedimiento para destituir entre noviembre y diciembre de 2004 a los magistrados y vocales de los tribunales supremo de justicia, constitucional y electoral durante el gobierno de Lucio Gutiérrez. Tanto con Gutiérrez como con Correa sucedió lo mismo.

Jorge Acosta fue el padre de lo más parecido a los actuales “alzamanos”, los tristemente célebres “diputados de los manteles”, que Aguiñaga se esmera en rechazar, aun después de reconocer que es “orgullosamente sumisa” al proyecto político que les dio vida.
Después, Pólit fue ratificado en la Contraloría por la Asamblea Nacional Constituyente, dominada por correístas. Jorge German solo fue sustituido por la misma Asamblea, y por su compañero de terna, el entonces fiscal de Pichincha Washington Pesantez.
Volvamos a nuestra actualidad. Carlos Pólit fue reelegido hace poco por el Consejo de Participación Ciudadana, un órgano creado por la Constituyente correísta de 2008 para elegir a las autoridades de control. El organismo, copado por correístas, no ha hecho más que validar a los preferidos por el ex presidente Correa para ocupar los altos cargos de control del Estado. De hecho, el mismo Pólit en el caso de la Contraloría, como Galo Chiriboga en la Fiscalía, consiguió su puesto con notas absolutamente perfectas, pero inverosímiles.

Pero este Consejo, ahora puesto bajo la mira por el escándalo de Odebrecht, no es un invento de Rafael Correa, de Alianza País o de la Asamblea Constituyente. ¡No, es un invento del gutierrísmo, padre del correísmo!
En mayo de 2003, a pocos meses de su posesión como presidente constitucional y en medio de la amenaza de ruptura con el movimiento indígena, el coronel Lucio Gutiérrez buscaba acercamientos en el Congreso Nacional para reformar la Constitución de 1998 e introducir este mismo órgano, con un nombre muy parecido, la misma composición de instituciones del Estado, la misma integración de vocales y con el mismo objetivo de elegir a las autoridades de control bajo el dominio del Ejecutivo.
La verdad es que el correísmo es un retoño del gutierrismo y una prolongación de sus prácticas autoritarias.
Sin esto no se explica cómo calzan tan bien en ambos momentos políticos altos funcionarios que en el 2003 participaron en la invasión de las cortes y en el retorno de Abdalá Bucaram, y que cambiaron de sombrero del gutierrísmo al correísmo sin ningún sonrojo. 

Este es el caso de Carlos Pólit Faggoni que personifica de cuerpo entero la ficción de la anticorrupción, cuyo embuste es el mismo con Lucio Gutiérrez que con Rafael Correa.

¿Quieren historia? Su revolución ciudadana es lo mismo que Carlos Polit, una prolongación del gutierrismo, y una piedra en el zapato que Lenin Moreno, tarde o temprano, tendrá que patear.  

@ghidalgoandrade

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