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3 de Septiembre del 2013
Ideas
Lectura: 6 minutos
3 de Septiembre del 2013
Fermín Vaca
Periodista político. Es editor de PLANV. Ha trabajado en los principales periódicos de Ecuador en la cobertura de política y actualidad. 
Historia de tres lobbies
Para tranquilidad del papa Francisco, en Ecuador no ha habido y no hay lobby gay.

Lo malo de gobernar sin ideología política es que hay que suplirla con opiniones. Y las opiniones, como bien ha explicado el filósofo español Fernando Savater, son como las narices: todo el mundo tiene una. No por tener opiniones, empero, se tienen ideas que hayan pasado por un mínimo trabajo intelectual y merezcan algún respeto.

Tres activismos nacionales se han desarrollado a la sombra de las opiniones del poder. Uno de esos colectivos, gracias a la propaganda del Estado que reemplazó el caballo blanco de acento heroico con la simple bicicleta, es la de los ciclistas urbanos. El lobby ciclista pinta “ciclovías” por las calles más angostas y deja sin parqueos barrios enteros. El lobby ciclista levanta la voz presumiendo de moda de ciudad europea y exige –a carajazos– que le creen espacios en una ciudad que fue hecha sin pensar en ellos. Mientras en Bogotá las ciclovías usan apenas el espacio necesario de amplias aceras, en Quito se cercenan las calles más estrechas para aumentar el trancón cotidiano, mientras circulan uno o dos ciclistas. Una minoría minúscula, que, con el total apoyo oficial, se apropia del espacio público contra quienes se movilizan, masivamente, en vehículos a motor.

Otro activismo, al cual las simples opiniones del poder robustecieron y legitimaron, fue el antitaurino. Lo que era una subcultura un tanto cínica (¿no comen carne de sufridas reses?) que deforma una tradición cultural ecuatoriana –tan válida como cualquier otra– hasta convertirla en un supuesto acto de sadismo, ganó con las justas un linchamiento plebiscitario donde uno no se explica por qué no consultaron si de plano se cerraba el Camal Metropolitano y nos hacíamos todos vegetarianos, a ver si dejan de sufrir esos pobres animalitos rumiantes de Dios, amén. El lobby antitaurino pasó de ser un puñado de agresivos en las afueras de la plaza de toros a la punta de lanza de un supuesto “cambio cultural”, frase que hace henchir el pecho de quienes creen que más que ser simples funcionarios públicos son verdaderos educadores y civilizadores.

A un tercer activismo, en cambio, cuya causa es sin duda más humana y sus militantes y simpatizantes son, seguramente, numéricamente más en todo el país que los bicicleteros y los amantes de las reses, como es el de los gais, no le ha ido tan bien.

Al enseñamiento escandaloso de la Constitución de Montecristi, donde de un plumazo se prohibieron tanto el matrimonio gay cuanto la adopción por parte de parejas del mismo sexo, hecho sin precedentes en ninguna Constitución de la región, pues ni las derechas más tenebrosas de los países vecinos han logrado semejante triunfo legal, se ha sumado la opinión condenatoria del poder, y la amenaza de montar otro linchamiento plebiscitario, similar al que hicieron a los taurinos, para asegurarse de que esta maltratada minoría no tenga los mismos derechos que países como Uruguay, Argentina o México, por mencionar solamente a otros países latinoamericanos, han otorgado ya a sus ciudadanos.

Decir que la “unión civil” es suficiente es, como se ha demostrado en países como Francia o España, una falacia. La unión civil permite que cualquier abogado malintencionado sabotee el espíritu de la norma, por lo cual es necesario un matrimonio igualitario pleno.

Para tranquilidad del papa Francisco, en Ecuador no ha habido y no hay lobby gay. Lo que trepó al cerro de Montecristi, a cuyos pies nació el General que nos enseñó a ser libres y laicos (en el maletín de esos “profesionales del derecho” que no faltan), fue el lobby homofóbico, para parafrasear en la Constitución de una República alfarista, laica y democrática la Biblia a la altura del Génesis: “el matrimonio es entre hombre y mujer”, pusieron. Faltó el “creced y multiplicaos”, como para emular las teocracias islámicas donde Estado e Iglesia siguen siendo la misma cosa.

La Constitución “garantista” de reses y ciclistas impide una simple reforma al Código Civil, como la que promovió Rodríguez Zapatero en España. Hace imposible una ley como la que el socialista Hollande pasó en Francia, a pesar de que la derecha provinciana de ese país llevó a París a una nutrida turba a protestar y amenazar.

La lucha por el matrimonio igualitario, entonces, es doblemente complicada en nuestro país. Mientras activismos minúsculos prosperan, siempre y cuando sintonicen con los hobbies y prejuicios de la clase política emergente, una causa que ha sido reconocida por gobernantes progresistas como Obama, Hollande y Rodríguez Zapatero no sólo como humana y justa, sino como digna, sigue en el congelador de una revolución a la cual no le ruboriza la cantinflada aquella de que son de izquierda para unas cosas sí y para otras no.  

 

[PANAL DE IDEAS]

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