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11 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
11 de Abril del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Homosexualidad: del matrimonio al casamiento
Para que Roma acepte los matrimonios homosexuales, debería primero y ante todo, dar un significativo giro en su concepción del sujeto hecho en lo gozoso de su propia sexualidad. La tolerancia no es más que un gesto de cierta buena voluntad que se impone ante la imposibilidad de que la negación surta efecto.

La prensa internacional dice que el Papa habría aprobado la unión de hecho de las parejas homosexuales. Esto significaría haber dado un giro de ciento ochenta grados en la ideología y doctrina del catolicismo romano caracterizado por su actitud condenatoria a toda diferencia en torno al tema de la sexualidad que, en definitiva, es el tema del goce y de la libertad personal: temas álgidos en la enseñanza católica.

Al respecto, son necesarias algunas anotaciones. En primer lugar, probablemente, esta unión podría no llamarse matrimonio para dejar de lado el carácter reproductor que se explicita en la mujer y al que hace referencia el concepto de matrimonio. Tampoco sería buena idea hablar de enlace conyugal, porque los sentidos de conyugalidad se hallan demasiado ligados a una suerte de sometimiento inapelable y tal vez fatal: de hecho la pérdida de libertad, de ninguna manera, debería ser el corazón de la vida de pareja. El yugo constituye el paradigma del sometimiento.

La tradición judeo-cristiana ha sido patéticamente homofóbica. Todas las diferencias sexuales posibles se redujeron legal y éticamente a dos: lo masculino y lo femenino, el hombre y la mujer hechos para prolongar la vida humana. Su parecido a dios consiste precisamente en su capacidad generadora que hace nuevos seres, casi de la nada. Quizás propositivamente se ha puesto el acento en la maternidad-paternidad para que no se evidencien los ejercicios gozosos de la sexualidad. Algo que no rescató en su verdadera dimensión el cristianismo, sostenido en la enseñanza de Pablo de Tarso negador acérrimo de todo placer sexual. 

Para el cristianismo, la homosexualidad como estilo de vida siempre fue, primero y ante todo, el pecado de una lujuria llevada al extremo de la perdición. En la práctica, el homosexual se enfrenta, para negarlo, a uno de los principios básicos que determinan la mayor semejanza del hombre a dios pues contradeciría el mandato generador como elemento primordial de la sexualidad. El mito del deseo y la serpiente que le dicen a Eva: si tú y tu hombre comiesen este fruto, serán como dioses: gozarán y serán creadores. En principio, todo hijo de mujer debería ser el producto de su deseo y de su goce.

De hecho, la tradición cristiana, al tiempo que bendice la sexualidad en el orden de la reproducción, la repudia cuando no se la coloca en el orden de lo gozoso. Éste constituye, de hecho, el punto nodal de todas las discusiones sobre el tema. San Pablo, probablemente homosexual, incluso lleva al extremo de pedir a las mujeres que se abstengan de toda relación sexual, que no se casen, porque solo así caminarían la ruta de la perfección. Cuando la Reforma luterana rechaza el celibato religioso, Roma pone el grito en el cielo.

Para que Roma acepte los matrimonios homosexuales, debería primero y ante todo, dar un significativo giro en su concepción del sujeto hecho en lo gozoso de su propia sexualidad. La tolerancia no es más que un gesto de cierta buena voluntad que se impone ante la imposibilidad de que la negación surta efecto. Es una especie de opción por el mal menor. La tolerancia proviene de la buena voluntad del poder. También implica cierto grado de resignación porque no surge de la aceptación clara y distinta de la diferencia. Los homosexuales demandan que se acepte la realidad de las diferencias sin restricciones cuando desean casarse para sentirse incorporados a los ordenamientos de la ley y protegidos por ella.

El gobierno actual comenzó con un discurso de mentes abiertas y corazones ardientes. Esas mentes se cerraron y los corazones se enfriaron, a veces, hasta el congelamiento. El tema de la familia y, por ende, el de la sexualidad, pasó a manos de uno de los sectores más conservadores del catolicismo y en el que ni siquiera la tolerancia es una buena virtud cuando se trata de la sexualidad y de la familia. Un sector en el que la tradición es el cimiento de la vida y su eje transversal. De hecho, el Plan Familia no es otra cosa que un intento de salvar los muebles a última hora cuando ya el pensamiento contemporáneo sobre la sexualidad, la mujer, la libertad y el amor ha invadido la cultura y, sobre todo, los ejercicios gozosos de la sexualidad.

Menos mal que el actual Papa no forma parte del Opus Dei ni comparte su ideología que dice basarse en la verdadera verdad pues conoce cuál es el deseo de Dios respecto a la sexualidad y a los deseos de mujeres y hombres. Pero el Papa tampoco posee una posición tan abierta que lo lleve a asumir de manera más clara y abierta la contemporaneidad respecto a temas como el de la homosexualidad y el del matrimonio homosexual.

¿Qué es el casamiento sino la unión de dos personas que se proponen vivir juntas bajo el mismo techo para protegerse, amarse, construir proyectos de vida? Cuando se trata desde la homosexualidad, quizás convenga remplazar el término matrimonio por el de casamiento que habla de casa, de ese lugar real, imaginario y simbólico en el que nos hacemos los sujetos. El lugar de los tránsitos de ternuras, goces, dolores, amores, también desamores y hasta violencias. Insisto: el termino matrimonio hace referencia necesaria a la maternidad.

El Papa dijo: “El matrimonio es entre un hombre y una mujer. Los Estados laicos quieren justificar la unión civil para regular diversas situaciones de convivencia”. Primero, pensar que las uniones no pueden ser únicamente matrimoniales, es decir, ligadas al hecho de la maternidad-paternidad. Por otra parte, nuestros Estados son jurídicamente laicos y, en consecuencia, su legislación se produce desde esta laicidad que se sostiene en la libertad, la autonomía y también la economía de los deseos y de los derechos ciudadanos.

Finalmente, las relaciones amorosas, la maternidad y la paternidad no pertenecen al orden natural, como dice el vocero de Papa. Toda nuestra existencia en cada uno de sus momentos individuales y sociales pertenece al orden de la cultura. Por ende, desde ahí, y solo desde ahí, debería analizarse con profundidad teórica y ética la legitimación del casamiento homosexual.

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