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10 de Marzo del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
10 de Marzo del 2020
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Ineficiencia encementada
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Otras expresiones que le llaman la atención son las siguientes: “¡Horas para un puto papel!”. “¡Ni cuando di a luz esperé tanto!”. “¡Cuánta plata se meten, carajo, por un simple papel!”. Cada documento apostillado cuesta veinte dólares y usted ha debido apostillar tres.

Lejos de todo, y más cerca de Latacunga que del norte de Quito, se encuentra el edificio más feo, el más grande y disfuncional del mundo. Se llama Plataforma Gubernamental del Sur.

Miles de metros cuadrados de construcción albergan decenas de entidades del Gobierno. Entre ellas, el Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana.

En la planta baja, se concentran las oficinas de atención al público y el propio público, haciendo cola o, si puede, sentado en unas sillas metálicas.

En una de las paredes de vidrio de las oficinas del Ministerio se lee:

“ATENCIÓN
El área de apostillas y legalizaciones atenderá hasta cien turnos diarios, desde las 8:00 hasta que se acaben los cupos. Gracias por su comprensión”.

Así que, si usted quiere hacer ese trámite, ya sabe a qué atenerse.

Cuando llegue al sitio, a no ser que viva en Quitumbe, el límite Sur de la ciudad, llevará, por lo menos, una hora de viaje a sus espaldas. Hará, al principio, una cola general. Y una vez que haya pasado ahí un cuarto de hora, una señora lo interceptará, le preguntará qué quiere, le pedirá que le muestre los documentos que porta y le trasladará, de ser el caso, a una cola lateral.

Ahí deberá permanecer otro cuarto de hora. Y si ha tenido la suerte de estar entre los cien favorecidos del día, recibirá un turno. Aunque, en realidad, lo turnos que se entregan son más del doble de los que señala el papel de la pared de vidrio (glass).

Son las doce y cuatro minutos de la mañana del nueve de marzo de 2020, y usted ha recibido el turno 248. Con el papel que lo certifica, se dirige a la sala de espera, y en una pantalla del tamaño de un televisor doméstico, cuyos mensajes solo pueden leerse desde las sillas de las filas centrales, descubre que está siendo atendido el turno 124. Se sienta y se dispone a esperar.

Dos horas y media después de su arribo: a las dos y tres minutos de la tarde, se entera de que se ha avanzado hasta el turno 145.

Afortunadamente, a esas alturas comienzan las deserciones. De manera que, en solo diez minutos, se ha pasado del turno 145 al 150. Le faltan solo 98 puestos.

Dado que usted acostumbra comer a la una y media de la tarde, comienza a sonarle la barriga, alimentada, hasta ese momento, solamente de aire. Un poco temeroso de perder el turno —aunque debe esperar el paso de más de noventa usuarios—, decide salir a buscar comida por los alrededores.

Dado que usted acostumbra comer a la una y media de la tarde, comienza a sonarle la barriga, alimentada, hasta ese momento, solamente de aire. Un poco temeroso de perder el turno —aunque debe esperar el paso de más de noventa usuarios—, decide salir a buscar comida por los alrededores.

Como no le convence el almuerzo manaba de dos dólares cincuenta y como, además, teme que mientras se halle comiendo se le pase el turno, opta por comprar un yogur y una funda de chifles. Con estos alimentos en una funda, vuelve a la sala de espera y se sitúa en un lugar cercano a la pantalla. Abre su funda y come, sin dejar, después de cada sorbo o bocado, de dirigir la vista a la pantalla.

Mientras digiere el yogur y los chifles, se adormece un rato y sueña en elefantes blancos. Cabecea, pero un fuerte tirón en el cuello lo obliga a despertarse.

A las cuatro y veinte de la tarde, unas tres horas después de haber dado cuenta de los chifles y el yogur, ve relucir LEG 248 en la pantalla. Mientras cruza la puerta que debe llevarle al módulo de atención número dos, se topa con un hombre que murmura “¡Qué verga!”. Término que apreciaba mucho el artífice de la construcción del elefante.

Otras expresiones que le llaman la atención son las siguientes: “¡Horas para un puto papel!”. “¡Ni cuando di a luz esperé tanto!”. “¡Cuánta plata se meten, carajo, por un simple papel!”.  Cada documento apostillado cuesta veinte dólares y usted ha debido apostillar tres.

En el módulo dos, el trámite le lleva tres minutos. Solo que la ventanilla de “Banecuador”, que se halla en el mismo espacio, cierra a la cuatro y veinte. Pero bueno, usted está de suerte, y la cajera, que ha atardecido de buen humor, condesciende a recibir sus sesenta dólares fuera de la hora cero.

Con el recibo del pago, vuelve a la sala de espera a esperar, qué más le queda, que le entreguen los documentos apostillados. Un guardia, con una mascarilla que le cubre la boca y la nariz, nombra a los favorecidos. Algunos, por obvias razones, no logran enterarse de que han sido llamados.

Van entregando los papeles en tandas de cinco personas. A las cinco y media le entregan los suyos. Pasadas ya las ganas de protestar, sale feliz con sus documentos apostillados. En las antiguas oficinas de la 10 de Agosto, el mismo trámite, que ahora le ha llevado seis horas, demoraba no más de veinte minutos. De todas maneras, sale feliz, con la parte de adelante tan plana como la de atrás.

 

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