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14 de Febrero del 2022
Ideas
Lectura: 7 minutos
14 de Febrero del 2022
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Inhumanismo
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El 19 de enero de este año murió congelado el fotógrafo René Robert, en una transitada calle de París, en la cual permaneció tirado durante nueve horas, expuesto al frío del invierno. Cientos de personas lo vieron pero, sin inmutarse, siguieron su camino. ¿Por qué murió Robert? Porque no era un perro.

En días pasados, la Corte Constitucional dictaminó que los animales son sujetos de derechos, consecuencia directa del reconocimiento en la Constitución de 2008 de la naturaleza como titular de derechos.

La decisión de la Corte, celebrada por muchos, es un paso más en el camino hacia el inhumanismo que han emprendido las sociedades de Occidente y, entre ellas, la ecuatoriana.

El 19 de enero de este año murió congelado el fotógrafo René Robert, en una transitada calle de París, en la cual permaneció tirado durante nueve horas, expuesto al frío del invierno. Cientos de personas lo vieron pero, sin inmutarse, siguieron su camino. ¿Por qué murió Robert? Porque no era un perro.

Los derechos han sido creados por los seres humanos para afirmar jurídicamente su igualdad, no solo como entidades biológicas, sino, sobre todo, morales. Los seres humanos nos relacionamos entre nosotros y con los animales desde nuestros instintos y emociones pero, y de manera importante, desde nuestra conciencia moral. Una conciencia que nos impone obligaciones hacia los otros, sean estos personas o animales. Pero nuestras obligaciones con estos últimos no se establecen, como las que se refieren a las personas, porque seamos iguales. Motivo por el cual no pueden entenderse como la satisfacción o el respeto de un derecho. Nuestras obligaciones con los animales, como el no someterlos a tratos crueles son, en el fondo, obligaciones con nosotros mismos, con códigos de conducta y leyes creados por nosotros y por cuya inobservancia debemos dar cuenta a otros seres humanos.

El 19 de enero de este año murió congelado el fotógrafo René Robert, en una transitada calle de París, en la cual permaneció tirado durante nueve horas, expuesto al frío del invierno. Cientos de personas lo vieron pero, sin inmutarse, siguieron su camino. ¿Por qué murió Robert? Porque no era un perro

En las relaciones de los animales con los humanos y otros animales, la dimensión moral no interviene. Los animales no tienen la capacidad de obligarse y, en este sentido, no pueden ser sujetos de derechos.
Las emociones e instintos se manifiestan de modo automático; las acciones morales son voluntarias. Actuar moralmente significa, en muchos casos, actuar a pesar nuestro y contra la presión de las circunstancias.

Se ha dicho que la naturaleza ejerce los derechos a la manera de los niños y las personas aquejadas de locura o una discapacidad intelectual severa, es decir, bajo la tutela de un tercero responsable. Sin embargo, se espera que los niños, en la medida en que vayan creciendo, asuman más y más responsabilidades, y las personas con discapacidad intelectual severa, en tanto humanos, tienen, aunque afectada o disminuida, la posibilidad de actuar moralmente, algo absolutamente negado a los animales.

Suena extraño, pero mientras más insensibles nos hemos hecho al dolor de nuestros semejantes, más sensibles nos hemos vuelto al dolor de los animales: los distintos. Así, la sensibilidad hacia los asuntos humanos se ha ido embotando en la misma medida en que se ha aguzado la sensibilidad respecto de los animales.

“Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”, escribió alguna vez Lord Byron, el poeta romántico, proclamando de esta manera su visión aristocrática de la vida.  Pues bien, esto, que alguna vez fue un sentimiento aristocrático, por minoritario, ahora se ha masificado.

El animalismo, en su biologismo extremo, al igualar a los seres humanos con los demás animales por su condición de seres sintientes, los deshumaniza, pues prescinde en su afán igualador de aquello que, por propio y exclusivo, los hace diferentes: su capacidad moral.

Sin embargo, promover la deshumanización se considera progresista. Y las actuales sociedades progresistas pueden ufanarse de cuidar mejor de los perros y los gatos que de las personas. Resulta inquietante, al mismo tiempo, que mientras más nos esforzamos en igualarnos con los animales, más nos empeñamos en diferenciarnos entre nosotros, en función de la etnia, la religión o el género. ¿No conduce esto al debilitamiento de los lazos sociales, a la ruptura de la simpatía, a una innecesaria conflictividad?

Hemos perdido el sentido de la realidad. Y, con el pretexto de combatir el antropocentrismo, visto como el enemigo de la vida no humana, hemos perdido de vista nuestro lugar y papel en la Tierra.

Es el antropocentrismo el que nos ha llevado a discutir nuestra relación con los otros seres de la ecología terrestre. Y la conservación del actual equilibrio ecológico no puede plantearse sino desde una perspectiva antropocéntrica: una acción que va de los hombres a los otros seres del planeta.

Ha habido, a lo largo de la existencia de la Tierra, al menos cinco extinciones masivas de especies, en las que ha perecido entre el 76% y el 96% de todas ellas. Después de cada catástrofe se han formado nuevos equilibrios ecológicos. La última extinción, la del Cretácico, fue favorable a los mamíferos y gracias a ella estamos aquí.

A la naturaleza, pues, ya que se insiste en personalizarla, no le importó lo más mínimo que los derechos a seguir viviendo de los dinosaurios y cerca del 80% de las especies del Cretácico fueran violados por un meteorito. La naturaleza, simplemente, no está obligada con sus partes o componentes. Tampoco es conservacionista, porque el cambio, incluido el cambio catastrófico, le es inherente.

A fin de mantener el actual equilibrio ecológico los conservacionistas extremos desean una Tierra sin humanos, ignorando que, como ya se ha señalado, los procesos naturales están sujetos a la contingencia y nada garantiza que, aun sin humanos, el actual equilibrio no colapse y dé paso a un orden favorable a nuevas especies. Otros activistas, como lo que promovieron el reconocimiento de los derechos de la naturaleza en la Constitución ecuatoriana del 2008, han optado por la igualación jurídica entre la naturaleza subjetivada y los seres humanos.

A diferencia de ellos, a los humanistas les interesa evitar el desastre ecológico para garantizar nuestra continuidad como especie. Solo desde el humanismo, que reconoce nuestra esencial desigualdad con el resto de animales, podemos plantearnos obligaciones con ellos. Lo otro, la igualación entre especies, es una vía directa a la deshumanización.

[PANAL DE IDEAS]

Fernando López Milán
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