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22 de Febrero del 2015
Ideas
Lectura: 11 minutos
22 de Febrero del 2015
Lizardo Herrera

Es PhD  por la Universidad de Pittsburgh y tiene una maestría en estudios de la cultura en la Universidad Andina Simón Bolívar y una licenciatura en historia en la PUCE. Es profesor en Whittier College, California, Estados Unidos. 

José Hernández y las contradicciones de la derecha
Hernández tiene razón cuando reclama que la acusación de traición a Correa no es correcta. Estos sectores de la izquierda no hicieron bien sus cálculos políticos y al aliarse con Correa se aliaron con alguien que por su misma concepción de Estado iba a combatirlos.

Whittier College

En su texto, “¿La izquierda anti correísta padece de desmemoria?”, José Hernández exige una autocrítica a los sectores de la izquierda que apoyaron la candidatura presidencial de Rafael Correa Delgado en el 2006 y que ahora están en la oposición.

Hernández cuestiona duramente su defensa a la Constitución de Montecristi (2008) ante el paquete de reformas o enmiendas (entre ellas la reelección presidencial indefinida) que plantea el gobierno. Según este periodista, estos líderes de izquierda se rasgan las vestiduras al tildar de traidor a Correa eludiendo su responsabilidad ante “la regresión política” o “atropello a la democracia” que ocurre en el Ecuador gracias a la Constitución que ellos ayudaron a redactar. Hernández entiende que la concentración de poder ha sido una de las constantes en el pensamiento de la izquierda ecuatoriana, última que en lo social ha tenido posiciones progresistas; pero en lo político, afirma, siempre ha sido retrógrada y no ha aprendido la lección tras la caída del muro de Berlín. Para el periodista, el autoritarismo o caudillismo de Correa no es fruto de la traición del líder, sino “la expresión concreta del modelo político y constitucional que ellos [la izquierda opositora] ayudaron a cimentar desde que llegaron a Carondelet”.

Mi intención no es defender la Constitución de Montecirsti ni a los otros grupos políticos que apoyaron la candidatura de Correa en el 2006. Tampoco quiero alinearme con el gobierno, pues considero, por un lado, que su modelo de Estado efectivamente es autoritario y, por otro, que ha dado un giro hacia la derecha fortaleciendo aún más su posición autoritaria. En este texto, me interesa más bien cuestionar algunos de los supuestos de Hernández, quien aunque está en lo correcto al exigir una autocrítica a la izquierda, pasa al ataque sin ofrecernos una crítica consistente de la crisis política, económica y social que resultó en la llegada de Correa a la Presidencia. Peor aún, Hernández no hace un análisis de las diferentes tendencias al interior del correísmo en donde grupos o individuos afines a la derecha –el vicepresidente Glas, los hermanos Alvarado, Alexis Mera, por nombrar unos pocos- tienen cuotas muy significativas de poder dentro del gobierno y quizás sean ellos los verdaderos arquitectos del modelo de Estado vigente.

Hernández habla de una “regresión política” argumentando que la situación política ecuatoriana actual es peor que la que teníamos antes de la llegada de Correa. A pesar de que acierta cuando dice que se ha dado una mayor concentración del poder político a partir del 2006 y que la Constitución del 2008 falla en su parte orgánica permitiendo tal concentración en el ejecutivo; también es cierto que desde 1995 hasta el 2005, la política ecuatoriana se caracterizó por una permanente inestabilidad (cayeron tres presidentes) y una gran concentración de la riqueza que hundió al país en una profunda crisis social.

Cuando el periodista recurre a los ejemplos de Lenin, Stalin o Fidel Castro para calificar a la izquierda opositora de retrógrada, a mi juicio, comete dos errores. Primero, se alinea con un modelo liberal de democracia también autoritario y con una visión institucionalista que privilegia el estatus quo. En el sistema ecuatoriano anterior al del 2006, el poder político estaba manejado por los caudillos de unos pocos partidos políticos; esto es, la estructura caudillista y autoritaria que critica este periodista tiene una larga historia en el país y también era una de las características más destacadas del modelo estatal y de los gobiernos neoliberales anteriores al correísmo.

Bolívar Echeverría, en su introducción al texto de Max Horkheimer, Estado autoritario, señala que el capitalismo es un modo de producción autoritario que introduce el imperativo de acumulación o enriquecimiento en la esfera mercantil o de intercambio. El liberalismo político se torna en un Estado autoritario, según Echeverría y siguiendo al pensador alemán, cuando la decisiones del capital dejan de necesitar la mediación del Estado y lo transforman en “instrumento directo de su puesta en práctica”. En el siglo XX, de acuerdo con Horkheimer, se inauguró un nuevo momento de la modernidad y el “estado liberal [maduró] hasta convertirse en un ‘estado autoritario’, es decir, obediente hacia arriba, hacia el capital, e impositivo hacia abajo, hacia la sociedad”.

Los movimientos sociales que cuestiona Hernández impugnan el autoritarismo liberal, en particular en su forma neoliberal, haciendo evidente que trae consigo una deshumanización de las personas a quienes transforma en objetos o fuerza de trabajo, es decir, en mercancías. Si utilizamos las contribuciones de Echeverría podríamos decir que en lo político, por el hecho de plantear el respeto a la diferencia y la diversidad, estos movimientos proponen un funcionamiento similar al de la esfera mercantil o comercial anterior a la cooptación capitalista en la medida en que su objetivo es promover la libertad en los intercambios y la igualdad entre quienes participan en ellos. Los movimientos sociales no proponen la eliminación de los derechos individuales de las personas, sino que amplían la esfera de los derechos –como reconoce Hernández- debido a que se construyen y ven a sí mismos como asociaciones entre personas libres.

Segundo, las organizaciones a quienes el periodista acusa de carecer de valores democráticos, crearon formas de organización bastante democráticas que les permitió oponerse con relativo éxito a las estructuras caudillistas y autoritarias dominantes en el país antes del ascenso de Correa. Más tarde, ya plena Asamblea, se produjeron varias tensiones entre los ex-asambleístas de estos movimientos y el grupo más cercano a Correa, quien acusó a los primeros de tener agendas personales y no someterse a los lineamientos del buró político de Alianza PAIS. Dicho de otro modo, se evidenció una fractura importante entre estos sectores y el correísmo, fractura que Hernández apenas la menciona cuando nombra a Fernando Vega y no analiza con el debido detenimiento.

Desde mi punto de vista, esta división es clave porque da cuenta de una diferencia irreconciliable entre el modelo de Estado que promovía Correa y el de estos movimientos de izquierda. El error de los últimos fue favorecer una alianza de tipo electoral con Correa, quien siempre tuvo una postura a favor de un Estado autoritario que de entrada se contradecía con los reclamos de autonomía de los movimientos sociales. En este sentido, las formas organizativas de la izquierda organizada chocan con el modelo de Estado vertical y centralista, pues ellas se originan en una dispersión del poder político, no en una concentración del mismo.

El correísmo, por su parte, pretende corregir por medio de un Estado fuerte e interventor tanto los desequilibrios económico-sociales como la eliminación de la mediación estatal que trajo consigo la implementación del modelo neoliberal. No estamos, sin embargo, ante un aparato estatal totalitario estalinista, como confunde Hernández, sino ante un Estado autoritario instrumentalizado o puesto al servicio de una modernización capitalista muy agresiva que contradictoriamente fortalece los intereses del capitalismo global de matriz neoliberal. En el Estado correísta, los ideales de libertad y la división de poderes, tal como sucede con el Estado liberal autoritario del que da cuenta Echeverría siguiendo a Horkheimer, se subordinan a los imperativos de la acumulación capitalista y a las necesidades de disciplinamiento social. Es por esto que, a mi juicio, no debe sorprendernos el continuo fortalecimiento de sectores claramente identificados con la derecha al interior del gobierno y la salida de la izquierda opositora.

Hernández tiene razón, sin embargo, cuando reclama que la acusación de traición a Correa no es correcta. Estos sectores de la izquierda no hicieron bien sus cálculos políticos y al aliarse con Correa –por su discurso o plataforma anti-neoliberal- se aliaron con alguien que por su misma concepción de Estado iba a combatirlos debido a que estos movimientos intentan conservar sus formas de organización autónomas y no se subordinan al aparato estatal. Tampoco es la primera vez que establecen mal sus alianzas electorales, antes sucedió lo mismo con el ex-presidente Lucio Gutiérrez, quien provocó una profunda división en las organizaciones indígenas, crisis que hasta el día de hoy no ha sido superada y que el correísmo ha radicalizado.

Para concluir tal como es necesario reconocer la falta de visión y destreza política en las izquierdas opositoras que antes apoyaron a Correa, entre las que me incluyo; la derecha ecuatoriana debe reconocer que el liberalismo que reivindican es autoritario (coincide plenamente con el Estado liberal autoritario al que se refiere Echeverría) y que favorece a las élites económicas en detrimento de la mayoría de los ecuatorianos. La derecha además debe aceptar que sus políticas de austeridad económica, reducción o abandono de los servicios públicos, privilegios para los grandes inversionistas, privatizaciones, beneficios para el capital financiero, entre muchas más, sumieron al Ecuador en una profunda crisis política, económica y social y fue este contexto de crisis el que Correa, beneficiándose de las luchas de la izquierda organizada, aprovechó para legitimar su visión autoritaria del Estado ante los ecuatorianos.

[PANAL DE IDEAS]

Carlos Arcos Cabrera
Giovanni Carrión Cevallos
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Rodrigo Tenorio Ambrossi
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María Amelia Espinosa Cordero
Carlos Rivera
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