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5 de Noviembre del 2014
Ideas
Lectura: 6 minutos
5 de Noviembre del 2014
Cristina Burneo Salazar

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar. Trabaja en Letras, género y traducción.

La boca del lobo
La boca que se enciende y que no conoce la palabra serena no trabaja para el presente ni para el nosotros, se atraganta y se precipita, no traga saliva, no respira. La boca grita, ríe con vehemencia, desfigura el rostro que la rodea. La boca habla, habla, habla, se ratifica, ridiculiza. La boca despide una palabra pestífera.

“Nos hablaban de igualdad, y como idiotas les creímos. La democracia me da risa; si era el caso y lo hubiéramos sabido, ¿cuánto pesa nuestro voto frente a las leyes del mercado? Es muy estúpido, mis queridos compatriotas, pero nos han jodido bien. En el fondo, hay una sola regla: venderse más para vender más. La república se prostituye en la vereda de los dictadores. Ya no creemos en sus bellas palabras: nuestros dirigentes son unos mentirosos. Es estúpido, banal, hablar de paz, de fraternidad, cuando se les botan las migajas a los trabajadores solo para mantenerlos calmados, para que no se vayan contra los patrones millonarios, tan preciosos para nuestra sociedad. Nos indigna ver cómo están protegidos nuestros ricos y nuestros poderosos, no hace falta decir que ser amigo del presidente puede ayudar. Queridos camaradas, queridos electores, queridos ciudadanos consumidores, ha sonado el despertador, es hora de poner en cero los contadores.” Esta es una versión de algunos fragmentos de la canción “On lâche rien”, de la banda de Lille HK et les Saltimbaks. También es uno de los temas de la banda sonora de bellísima película La vida de Adèle.

En un asimismo bellísimo ensayo sobre la música, Apuntes sobre la canción, el artista y escritor John Berger dice que las canciones, cuando se cantan, llenan el presente. Las canciones, como los cantos de guerreros, le dan sentido al presente de un nosotros, hablan desde su propia coherencia y viajan a nuestro momento. Las acogemos y hacemos nuestras sus palabras. Nos arengan y hacen de nuestra indignación una vibración, una re-percusión.  “Mientras llena el presente –continúa Berger–, la canción espera llegar a un oído que escuche en algún futuro, en algún lugar. Se inclina hacia adelante, más y más. Sin la persistencia de esa esperanza, las canciones, creo yo, no existirían.” Las canciones se actualizan en la laringe de quien las canta, en la energía con que llenan el espacio. Nos hablan y hablan cuando no se puede hablar, cuando se censuran otros ámbitos de la palabra. La música, lo sabemos, es subversiva porque nos mueve y nos conmueve.

Frente a la palabra de la canción, la palabra empobrecida de la política, escribe Berger. El discurso algebraico, como él lo llama, formulaico y que no habla de la experiencia vivida, es la palabra del poder. Berger se refiere a Hollande, presidente de Francia, para decir que la palabra que viene desde allí nada puede decir de la vida de la ciudadanía: “La mayor de parte de los discursos y las declaraciones oficiales son mudos respecto de lo que vive e imagina la gran mayoría de la gente en su lucha por sobrevivir.”
En ese sentido, se puede decir lo mismo de casi cualquiera en el poder. El discurso seguro, invicto, es palabra vacua. “Nuestra Asamblea goza de un gran apoyo popular” (Rafael Correa, enlace ciudadano del 1/11/2014). ¿Qué dice esta frase, cómo se sostiene un cliché de esta naturaleza frente a la verdadera reflexión? “… que el 73% del pueblo ecuatoriano quiere consulta popular por las enmiendas. A la gente le gusta la consulta popular. Hay que ver si se puede gobernar consulta tras consulta. En este caso hay que ver si es lógico tener una elección para probar otra elección… Porque la gran consulta popular será en febrero del 2017.” (Rafael Correa, enlace ciudadano del 1/11/2014) Quien habla solo desde la boca, quien no reflexiona, afirma John Berger, “es porque ha renunciado a todo sentido de la historia y, por lo tanto, no tiene una visión política de largo plazo. Desde un punto de vista histórico, vive de y para la boca.”
La boca que se enciende y que no conoce la palabra serena no trabaja para el presente ni para el nosotros, se atraganta y se precipita, no traga saliva, no respira. La boca grita, ríe con vehemencia, desfigura el rostro que la rodea. La boca habla, habla, habla, se ratifica, ridiculiza. La boca despide una palabra pestífera. La boca habla para reafirmarse en sí misma y allí construye su historia sin sentido de la historia. La boca que ríe cuando se defiende se va moviendo a mayor velocidad, quiere convertirse en palabra de salvación.

En una detenida reflexión sobre poder y memoria, Gustavo Abad se ha referido a  las maneras en que esa boca ha dictado sentidos autorizados que nos fuercen a ver este presente político como algo coherente: “La edición de la memoria, tal como la practica el poder político, consiste en narrarse a sí mismo como la luz que irrumpe en un mundo de tinieblas, una mano organizadora del caos.”  La boca, justamente, “edita la memoria para borrar la huella de las luchas sociales, para anular su capacidad de acción y palabra, para negarle al otro su condición humana.”

La palabra pobre que sale de la boca espumante frente a la palabra de la canción. “On lâche rien” se traduce en “No nos rendimos”.

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