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29 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
29 de Septiembre del 2015
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La caída de una ilusión
No es la hora de la confrontación; se requiere que el gobierno reconozca que su sueño quedó atrás y que la realidad exige ponerse a la altura de las nuevas circunstancias. Correa debe renunciar al liderazgo de popularidad y asumir con responsabilidad la tarea de estadista que hoy la historia le ofrece.

El presidente Correa enfrenta los embates no solo de la crisis económica sino de la “caída de una ilusión”. Su gobierno emergió como un rechazo justamente al abandono de  proyectos y programas de los gobiernos que le precedieron ante la arremetida de circunstancias económicas adversas. Su discurso “redentorista” pretendió llenar ese vacío.

El liderazgo de Correa se fraguó en el campo de la opinión pública. Venció en las elecciones sin el apoyo de los partidos tradicionales y con esa legitimidad pudo marcar distancia con los partidos de izquierda que creyeron en su palabra. Apostó a la “democracia electoral” más que a la identidad ideológica. Entendió que ésta no compagina con aquella. En esa perspectiva no tuvo problema en apartarse del discurso ideológico y desafiar a sus ex aliados a medir fuerzas con él en las urnas.

En efecto, Correa convirtió la competencia electoral en una nueva fuente de discriminación política: el que no vence en las  elecciones no tiene derecho a hablar ni a proponer agenda alguna.

Su gobierno se ufanó de haber cumplido con sus promesas de campaña. El Ecuador con él,  dejaba atrás la ingobernabilidad que había caracterizado a la democracia reconquistada tras la prolongada dictadura de los 70.  Sin duda, Correa gozó de una popularidad como ningún otro presidente del período democrático. Rompió el récord de permanencia en el poder.

Quiso demostrar que la economía podía ser manejada con criterios diferentes a los que predominaron en la “larga noche neoliberal”. Más que al ahorro y a la inversión privada, y a los equilibrios macroeconómicos, Correa apostó al gasto público en obras de alta rentabilidad política. Consecuente con su discurso priorizó los derechos sociales de amplios sectores de la población. Su enfoque de la política social adoleció de ingredientes paternalistas. O sea, a su juicio, los beneficiarios del gasto social requerían del apoyo estatal, dado que por sí solos no podían salir de la pobreza.

La revolución ciudadana que pregonó puso a un lado a los ciudadanos que podían valerse por sí mismos y se apoyó en aquellos que carecían de medios para ser ciudadanos propiamente dichos. Los derechos sociales de éstos, paradójicamente, anularon sus derechos políticos, en la medida en que su dependencia respecto del favor del Estado los colocó al margen del debate promovido por los ciudadanos autónomos.

De esta manera, Correa pudo conservar su popularidad y mantener altos niveles de aprobación de su gestión en las encuestas, y ser reelecto en tres ocasiones. No es posible, sin embargo, pasar por alto, los porcentajes de reprobación de su estilo de gobernar que han ido creciendo en los últimos años.

Consciente de la importancia de la opinión pública como soporte de su liderazgo libró una lucha frontal contra los medios de comunicación privados; esta lucha fue fundamentalmente ideológica, dirigida a deslegitimar  a los actores y enunciadores contrarios al gobierno.  Éstos, a juicio del gobierno, representaban los intereses de los dueños de las empresas de comunicación, los que, a su vez, estaban asociados a los poderes fácticos.

O sea, además, del “milagro económico” Correa se erigió en un presidente con una autoridad superior a la de los usufructuarios de tales poderes. Con dicha autoridad Correa asumía la representación política de los pobres que quedaron sin identidad  y sin voz propia.     

El poder acumulado por Correa mostró la vulnerabilidad de la institucionalidad democrática. Ésta no resistió los embates del híper presidencialismo que la Asamblea de Montecristi le otorgó sin beneficio de inventario. Dicha institucionalidad, cierto es,  había perdido credibilidad; nadie salió a defenderla. Correa capitalizó la deslegitimación de las funciones del Estado en provecho de su poder personal. En eso consistió la “democracia directa”, basada en la comunicación  sin intermediarios entre el líder y su “pueblo”. Las sabatinas se constituyeron en un escenario en el que Correa inauguró un nuevo estilo de comunicación. Su palabra debía prevalecer sobre las opiniones de los medios masivos de comunicación, con lo cual la población era conducida a juzgar con prejuicio tales opiniones.   

Las estrategias de la confrontación y la polarización, si bien le fueron rentables en el corto plazo, crearon serios problemas para el mediano y largo plazo. La nueva institucionalidad que implantó, por ejemplo, tendrá vigencia mientras dure la administración de Correa, pues carece de la legitimidad necesaria para sostenerse, al no haber sido producto del consenso sino de la imposición sectaria de sus adláteres.   

La democracia electoral, así entendida y practicada, dejó al gobierno en manos de un poder personal, cuya volatilidad ha entrado en conflicto con la racionalidad del Estado.  Así, la técnica ha sido subordinada a la política y la razón a la pasión.  El liderazgo personal se antepone e impone a la autoridad del Estado que es impersonal y ajena a la inmediatez. La coyuntura prevalece sobre la visión que la trasciende y ello le deja fuera a la previsión.

Esto, sin embargo, tiene un alto costo. En circunstancias como las que se presentan en el país, por la baja del precio del petróleo, la apreciación del dólar, el agotamiento de fuentes de crédito internacional, el presidente Correa ve derrumbarse el edificio institucional  que creó y que al final resultó tan vulnerable como el que desmanteló.

La gobernabilidad que alcanzó el gobierno en el escenario anterior, se ve disminuida no solo por factores externos sino por la imprevisión reiterada en los años de bonanza. El tan publicitado “milagro económico”, como la tan decantada derrota de los poderes fácticos, muestran ya preocupantes grietas. El discurso neoliberal vuelve a cobrar fuerza frente a los desatinos gubernamentales, y los otrora poderosos representantes de los poderes fácticos ya no lucen tan despreciables como hasta hace muy poco.

El gobierno se ve cada vez más obligado a recurrir a los adversarios de ayer en procura de salvar el bache; sin embargo, ellos dudan de su palabra. La embestida de los sectores sociales identificados ideológicamente con la izquierda dejan sin piso la acusación del gobierno de ser víctima de la “restauración conservadora”. Hoy se le ocurre endilgar a esa izquierda un acercamiento con la derecha para deslegitimar la protesta social que emerge poderosa en las calles.

El estado de excepción decretado para afrontar posibles calamidades naturales exige del gobierno mayor prudencia y apertura para contar con la colaboración de propios y extraños en el caso de que tales eventos pudieran producirse.
No es la hora de la confrontación; se requiere que el gobierno reconozca que su sueño quedó atrás y que la realidad exige ponerse a la altura de las nuevas circunstancias.  Correa debe renunciar al liderazgo de popularidad y asumir con responsabilidad la tarea de estadista que hoy la historia le ofrece.

Es una oportunidad que el país sabrá evaluar.

[PANAL DE IDEAS]

Gabriel Hidalgo Andrade
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Patricio Moncayo
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