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23 de Julio del 2018
Ideas
Lectura: 5 minutos
23 de Julio del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La caretucada del cinismo
¿Representa Correa la parte absurda de nuestra política? ¿Cómo olvidar que fueron denigrados aquellos que se atrevieron a mencionar a los organismos internacionales cuando sintieron que sus derechos fueron atropellados por él y los suyos? Ubicado en la más sublime de las ironías y desprecios, Correa los calificaba de caretucos, mientas de esas instituciones decía que eran cómplices de las políticas antiamericanas. Acudir a esas instituciones constituía la sublime caretucada de la semana tan animosamente celebrada por él y la cohorte de sus fieles servidores.

Rafael Correa ha acudido a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Él que se burlaba no solo de quienes mencionaban a esa Comisión, buena para nada, sino que además decía que la Comisión nada tiene que ver con esos ciudadanos a quienes él persiguió, juzgó, sentenció o simplemente hizo que desapareciesen como efecto de sus malabarismos y perversas abracadabra legales. 

Sí, él acude a la CIDH para denunciar que es víctima de persecución política no precisamente por algún crimen, puesto que es limpio e inocente, sino únicamente porque se ha atrevido a pensar diferente. ¿Pensar diferente no quiere decir ser libre? Sí, justamente por eso lo persiguen sus acérrimos enemigos que no respetan su individualidad, el afán que ahora lo ha invadido por sembrar a lo largo y ancho del mundo la semilla del respeto a las diferencias. ¿Acaso no es ese el anti-discurso que predica y aplica el socialismo del siglo XXI, esencialmente alérgico a la libertad y autonomía de ciudadanos y de pueblos? Ese movimiento que patrocinó que falsos líderes se apropiasen del poder para siempre. Ese socialismo que justifica su incondicional amistad con Maduro, Ortega, Morales que defienden a sangre y fuego su derecho a ser amos y verdugos de sus pueblos. 

¿Representa Correa la parte absurda de nuestra política? ¿Cómo olvidar que fueron denigrados aquellos que se atrevieron a mencionar a los organismos internacionales cuando sintieron que sus derechos fueron atropellados por él y los suyos? Ubicado en la más sublime de las ironías y desprecios, Correa los calificaba de caretucos, mientas de esas instituciones decía que eran cómplices de las políticas antiamericanas. Acudir a esas instituciones constituía la sublime caretucada de la semana tan animosamente celebrada por él y la cohorte de sus fieles servidores. 

¡Cómo despreciaba a todas las organizaciones de derechos humanos que se hacían eco de las demandas de ciudadanos que sentían que sus derechos eran atropellados por su presidente. A algunos de esos ciudadanos incluso acusaba de planificar su asesinato. En tanto dueño del país, de la justicia, del bien y del mal, el que alguien tan solo mencionase que acudiría a la CIDH u a otros organismos de derechos constituía en sí misma una pesada prueba de que era culpable. ¿Acaso habrá perdido la razón ahora que va, rabo entrepiernas, a que la CIDH lo proteja a él, limpio de manos y puro de corazón? 

Ahora sí se ha producido la verdadera caretucada de la semana, del mes, del año, de la década ganada: Rafael Correa, expresidente, ciudadano común y corriente, que vive en Lovaina, sin su cohorte de aduladores y ante un periodista que lo aborda intempestivamente, vuela a refugiarse en la CIDH. ¡Pobre narcisismo herido de quien se creía el verdadero sabio, el más honorable y justo de todos los presidentes producidos por el perversamente inefable socialismo del siglo XXI! 

¿Cuántos perseguidos políticos? ¿Cuántas víctimas de su justicia y sus jueces de bolsillo condenados con sentencias dictadas desde su oficina? ¿Él que hizo alarde de poder y de venganza, de crueldad y quemeimportismo? Él, que se inventó el 30spara dar rienda suelta a su sed de venganza y a su insaciable apetito de poder, acude a los ordenamientos mundiales porque se siente amenazado por aquello que no se cansó de denigrar. El que enjuició y ordenó la detención de quienes, habiendo sido designados por él mismo, concordaron en afirmar que él, Rafael Correa, conocía bien los negociados de su gran hermano. Él busca protección en la CIDH.

Si Cicerón, el político y orador romano, estuviese entre nosotros, no dudaría en lanzarle a la cara lleno de indignación su: ¿hasta cuándo, Rafael Correa, (Catilina) seguirás abusando de nuestra paciencia? ¿Qué pasará con él cuando la justicia, ya independiente y justa lo involucre en otros casos de violación de los derechos humanos y en actos de corrupción moral y económica?

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