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19 de Julio del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
19 de Julio del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La clase "magistral"
El aspecto de la confianza y la credibilidad del presidente y de su gobierno no entran en las ecuaciones que el catedrático/presidente dibujó en la pizarra. Tampoco el hecho de que el presidente está ya de salida, y que está moviendo todos los resortes para quedarse él mismo, o asegurar la elección de un sucesor. Los recursos bien podrían ser utilizados para la campaña electoral del oficialismo.

En la “lucida” clase magistral que pronunciara en la ESPOL, el presidente Correa dio una muy provechosa lección: la distancia que existe entre un catedrático y un gobernante al tratar de explicar teóricamente el acierto de sus medidas económicas.

El alza del IVA “no tiene efectos recesivos“, porque “el gasto público tiene un efecto expansivo que domina el efecto recesivo de los impuestos”. Una verdad, a su juicio, irrebatible, puesta en duda por “seudoanalistas” que son invitados a los medios de comunicación. Llamó la atención a la Academia por no “elevar el nivel del debate político”, a través de “argumentos firmes, conceptos reales y fórmulas no manipuladas por intereses particulares”. Se entiende, siempre que tales argumentos refuercen los suyos.

Aquello que luce perfectamente claro en la cátedra o en la teoría,  dista mucho de cuadrar con la realidad. Un problema real suele ser más complejo que “un problema algebraico con un número determinado de ecuaciones”. En dicho problema no hay “relaciones precisas entre sí”. Gonzalo Maldonado Albán, en su columna del diario El Comercio, de julio 17 del 2016, rebate las ecuaciones del presidente con argumentos técnicos y afirma: “según el presidente, las ecuaciones que presentó son suficientes para zanjar de forma inambigua (sic) un debate infructuoso que hubo en torno al último paquete impositivo. No obstante la forma matemática correcta de plantear este problema -que ha sido expuesta aquí- muestra que el efecto contractivo de los impuestos puede ser alto”.

Si se toma en cuenta el contexto en el que dichas medidas se adoptaron -la contracción económica, la crisis fiscal y la proximidad de las elecciones-, el problema abordado por el presidente deja de ubicarse en el terreno exclusivamente técnico y pasa a ser parte del debate político. Pretender legitimar el paquete impositivo como si el debate fuera “científico-técnico” y, a la vez, sostener  que las medidas contempladas en la Ley de Solidaridad han sido pensadas en el “bien común sobre el interés propio”, es confundir “la verdad objetiva de una proposición con la validez de la misma en la aprobación de los contendientes y oyentes”.

Arthur Schopenhauer, filósofo alemán, lo explica: “para establecer la dialéctica con perfiles nítidos hay que considerarla, sin preocuparse de la verdad objetiva (que es el campo de la lógica) simplemente como el arte de tener la razón; lo cual será tanto más fácil si objetivamente se tiene razón”.

El “arte de tener la razón” es lo que Correa puso en práctica en su clase “magistral” en la ESPOL, dando a sus argumentos políticos un barniz científico. Hay muchas razones para desconfiar que con los recursos generados por la Ley Solidaria y Corresponsabilidad Ciudadana vaya el Gobierno a “crear mecanismos de financiamiento para propiciar la reactivación productiva y ayudar a reconstruir la infraestructura afectada por el sismo en Manabí y Esmeraldas”.

El aspecto de la confianza y la credibilidad del presidente y de su gobierno no entran en las ecuaciones que el catedrático/presidente dibujó en la pizarra. Tampoco el hecho de que el presidente está ya de salida, y que está moviendo todos los resortes para quedarse él mismo, o asegurar la elección de un sucesor. Los recursos bien podrían ser utilizados para la campaña electoral del oficialismo.

El gasto público podría ser utilizado, como lo sostuvo Pablo Lucio Paredes en Radio Democracia, para sembrar en el imaginario popular la ilusión de un nuevo boom, asociado a la construcción de la Refinería del Pacífico, y ello traería aparejados réditos electorales, así en la práctica los beneficios que el país obtuviera de la Refinería fueran magros y los riesgos muy altos.             

Hay, pues, un número de variables  no consideradas en la conferencia magistral del presidente. Las medidas económicas tomadas a raíz del terremoto ¿son de aceptación de todos? El Gobierno en sus análisis no puede hacer abstracción de las opiniones ni  “planes” de sus adversarios. “Él no está solo en la cancha: los otros también juegan”. Los costos y beneficios de las medidas económicas no pueden circunscribirse a la economía. La economía y la política andan muy juntas. Tampoco cabe hacer caso omiso de los factores subjetivos en juego, encarnados en la gama de actores involucrados. 

No  es posible disociar al catedrático del gobernante. El catedrático ve la realidad desde fuera de ella; su propósito es conocer la realidad, no actuar en ella. El gobernante, por el contrario, explica la realidad desde “adentro”, con el ánimo de cambiarla,  lo cual hace que esta explicación carezca de la objetividad propia de una explicación científica. La explicación del presidente es “situacional”; a lo mejor cuando deje de ser presidente y tome distancia de la situación en la que ahora se encuentra, partirá de premisas diferentes para su análisis, pues sus intereses serán otros, o mejor, ahí sí, académicos.

La academia se sitúa de distinto modo que la política frente a la realidad. Está más distante del frente inmediato de acción. Los académicos no están involucrados en la “acción”; “miran los toros desde lejos”, o desde “afuera”. Esto no quiere decir que entre académicos y políticos sea imposible el diálogo. Pero debe darse sobre bases conceptuales nuevas, en las cuales lo técnico y lo político se articulen.

Hay un conflicto entre conocimiento departamentalizado y praxis, entre la “sectorialización de la realidad” producto de tal departamentalización y la “unidad de la realidad”. El político, intuitivamente, capta la “unidad”, pues los problemas que enfrenta no tienen las fronteras rígidas de las ciencias. Éstas no exploran sus áreas de conexión, mientras los políticos enfrentan problemas que cruzan horizontalmente la realidad. Ello impide un mayor y mejor aporte de la academia a la política.

Pero, esto a condición de que los políticos jueguen limpio. Lolo Echeverría en su columna del diario El Comercio del 16 de julio del 2016, coincide con Schopenhauer en que los políticos en su “juego” “pretenden derrotar al otro con la palabra, no necesariamente con la verdad”. Las estrategias que emplean se orientan a “engañar al adversario” y también al público que presencia el juego. Unos y otros saben que se engañan. “El resultado de los juegos es impredecible”, dice. Y por ello, no cabe basar la política en certezas ni en conocimientos “científicos”. La política, agrega Echeverría, “tiene todavía mucho de juego, de azar”. Los griegos sabían la diferencia “entre el filósofo que buscaba la verdad y el sofista que buscaba vencer”.

Las campañas electorales son, sin duda, un juego “lúdico”; convertirlas en un espacio de reflexión serio y responsable es tarea de los partidos políticos que no deben apostar al marketing , pues, más tarde o más temprano, los pueblos contrastan los ofrecimientos de campaña con los resultados de los gobiernos, y de ese contraste se derivan recurrentes frustraciones colectivas.

Hay que cambiar el estilo de hacer política. El profesor chileno, Carlos Matus, apostaba a los políticos, pues, “nadie puede reemplazarlos” pero, agregaba, hay que llamar su atención para que se “renueven y revaliden su imagen ante el pueblo”. Esto significa que los políticos deben afrontar “la incapacidad dramática de gobierno”. No partir de cero cuando llegan al poder, a través de ensayos e improvisaciones. Los gobiernos deben saber “acumular” los logros de cada administración, en lugar de “desandar” e iniciar todo de nuevo.

Saber gobernar significa entender que al presidente entrante le puede pasar lo mismo que al presidente saliente, si sólo confía en sus dotes personales y no en métodos avanzados de gestión y organización de los asuntos públicos.  Hay que crear sistemas de gobierno que rebasen las coyunturas y que den sostenibilidad a las acciones que la población valora como necesarias y ajustadas a sus intereses no sólo inmediatos, sino de mediano y largo plazo.

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