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8 de Diciembre del 2016
Ideas
Lectura: 4 minutos
8 de Diciembre del 2016
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

La derrota del correísmo
Este gobierno ha sido completamente funcional a la globalización. Al margen de la retórica barata en contra del imperialismo y de otros demonios, el correísmo ha impuesto tres condiciones fundamentales para los intereses del capitalismo mundial: la monopolización de la economía, la transnacionalización de la acumulación y la neutralización de la resistencia social.

Si en 1975 el Gral. Guillermo Rodríguez Lara convocaba a elecciones y se lanzaba de candidato a la Presidencia, seguramente habría triunfado. La explicación es simple: tres años de bonanza petrolera, clientelismo y una extensa obra pública le habían granjeado la simpatía y la adhesión de muchos sectores sociales. Los estratos populares urbanos y rurales, así como la clase media beneficiaria de las políticas económicas, no habrían tenido ningún empacho en apoyar a un militar que, desde su mismo remoquete (Bombita) tenía más de animador que de dictador.

El Gobierno Nacionalista Revolucionario de las Fuerzas Armadas (vale recordarles esta pomposa denominación a los devotos del correísmo que creen haber inventado el agua tibia) se cayó por el tsunami neoliberal que se originó en el sur del continente, y que se expandía como mancha de aceite.

En efecto, la voracidad del capital transnacional no podía aceptar veleidades nacionalistas ni soberanas, como la industrialización por sustitución de importaciones o la nacionalización de la industria petrolera. La disputa por los recursos del planeta se volvió feroz. Las dictaduras violentas fueron el correlato de esta nueva estrategia de acumulación de capital. Bombita estaba de más.

Hoy vivimos una situación parecida, pero no igual. Con más dinero y con más tiempo en el poder, el gobierno de Alianza País no ha logrado las transformaciones que alcanzó la dictadura militar de 1972 (aclaro que no fueron las transformaciones por las que yo abogaría, pero en todo caso no se puede negar que fueron transformaciones importantes).

No obstante, el gobierno verde-flex se ha prolongado por más tiempo. ¿Por qué? Más que por los altos precios del petróleo, porque este gobierno ha sido completamente funcional a la globalización. Al margen de la retórica barata en contra del imperialismo y de otros demonios, el correísmo ha impuesto tres condiciones fundamentales para los intereses del capitalismo mundial: la monopolización de la economía, la transnacionalización de la acumulación y la neutralización de la resistencia social.

Pero el modelo populista del correísmo se agotó porque la torta se achicó. Ahora el reparto es más dramático. A futuro será despiadado. Para el capital transnacional, la única opción frente a la crisis actual son las medidas de ajuste; de angas o de mangas, por las buenas o por las malas. Y para ello necesita un régimen que administre la escasez sin dejar de exprimir al pueblo.

Terminada la parranda, el prioste queda para el recuerdo (o, como dice el dicho, a la mierda los pastores, se acabó la Navidad). Por eso, y nada más, Correa no optó por la reelección, pese a que tenía todas las condiciones para hacerlo. Por la misma razón por la que Jaime Nebot ha desistido de correr para la Presidencia de la República: por miedo a la derrota, al fracaso, al ridículo. Difícil admitir el rechazo del pueblo; mucho más difícil tolerar el sarcasmo de los vencedores. 

En este escenario, el discurso del cansancio personal o del recambio democrático se parece a las lesiones del futbolista paquete. Es la zorra frente a las uvas, o hacer de la necesidad virtud. Correa no puede obviar la imagen derrotista que proyecta al común de los ecuatorianos. Es como si la selección de Brasil renunciara al Mundial de Rusia 2018 por miedo a que Alemania le clave otros siete goles. Es el anticipo injustificado de una derrota.

Para colmo, el chuchaqui se adelantó al calendario electoral del oficialismo. Lenín Moreno tiene que pagar la cuenta, reparar los destrozos y trapear el salón. Y no tiene con qué.

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