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11 de Mayo del 2015
Ideas
Lectura: 3 minutos
11 de Mayo del 2015
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

La Dictadura del Hígado
Abofetear a aquellos que han escogido ser individuos en las sociedades colectivistas es, desde luego, una tradición común a los regímenes disciplinarios. Sin embargo este fenómeno tiende a erosionar los consensos que cualquier gobierno necesita para subsistir. En esos casos conviene buscar medios para legitimar el autoritarismo y así convencer al público que las bofetadas son por su propio bien.

El general Augusto Pinochet, haciendo gala de un histriónico derroche de ironía poética, llamó a su régimen criminal "dictablanda". De acuerdo a su propia percepción, el pueblo de Chile solo había recibido una suave dosis de autoritarismo, apenas el necesario para  enrumbar al país en el sendero del orden y el crecimiento económico. A Francisco Franco no le bastaba con ser General, pues España (grande, unida, y libre) merecía ser gobernada por los beatíficos esfuerzos de un líder ungido, un caudillo que conjugara la bravía militar con el misticismo religioso, de ese modo los brutales abusos del líder falangista fueron legitimados a través de su carácter redentor. Franco sería un generalísimo. 

Por su lado, los totalitarismos de orden marxista justifican sus brutales excesos desde una histérica ficción de orden mítico definida como  "dictadura del proletariado", de ese modo no es el déspota de turno quien abusa de su poder, es el "proletariado" quién está al mando y exige la debida obediencia que su alta condición merece.

Abofetear a aquellos que han escogido ser individuos en las sociedades colectivistas es, desde luego, una tradición común a los regímenes disciplinarios. Sin embargo este fenómeno tiende a erosionar los consensos que cualquier gobierno necesita para subsistir. En esos casos conviene buscar medios para legitimar el autoritarismo y así convencer al público que las bofetadas son por su propio bien. 

De este modo, el Coronel Lucio Gutiérrez se hizo llamar ¨dictócrata¨ esperando que la gente comprenda que sus torpes aventuras en otras funciones de estado (particularmente la judicial) se daban por el bienestar de la patria. El correismo, por su lado, acaba de declarar, en una de sus propagandas oficiales,  que la revolución ciudadana es una dictadura del corazón (ver video)

El spot en cuestión  seguramente habrá dejado estupefacto a más de un crítico literario, por su magistral alarde de cursilería y caretuquería. En todo caso deberíamos felicitar a los propagandistas gubernamentales al develar el  carácter dictatorial (en sus propias palabras) del proyecto correista. Así pues, de la misma manera que una decadente madame de burdel se atreve a salir a la calle a plena luz del día sin las bambalinas y maquillajes que camuflan sus encantadoras cicatrices sifilíticas, la propaganda oficial ha dejado ver el verdadero rostro de un proceso que cada vez está más lejos de ser una democracia. Pero no nos angustiemos, la dictadura debe tener  un carácter benévolo, pues esta proviene del corazón de nuestro amado líder… o al menos de su inflamado hígado rebosante de bilis revolucionario.

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La Dictadura del Hígado
 
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