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27 de Junio del 2022
Ideas
Lectura: 10 minutos
27 de Junio del 2022
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La dislocación de un sueño histórico
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Los diez puntos del reclamo de la CONAIE no atacan las profundas causas de su situación ni la de los 17 millones de ecuatorianos. La prosperidad no se da por arte de magia ni por invocaciones ancestrales.

La estrategia de guerra de la CONAIE tuvo como trasfondo la secular postración de los pueblos indígenas. La sociedad ecuatoriana reconoce el derecho de esos pueblos a reclamar su inclusión plena en los distintos campos de la vida social. Pero, la violencia desatada actuó como un acicate para congregar en una sola emoción al resto de la población ciudadana. 

Leonidas Iza exacerbó el resentimiento acumulado por décadas en el alma de los descendientes de quienes fueron víctimas de la conquista y colonización españolas. Hizo abstracción de todo el camino recorrido en la república, revelando una mente conservadora.  No tenía en mientes tender puentes. Su estrategia avivó el sentido de venganza. Escenificó simbólicamente la reivindicación de héroes como Rumiñahui y Atahualpa que asumieron la defensa del Imperio incásico, ofrendando sus vidas.  No obstante haber transcurrido más de quinientos años, Iza sigue atado a un pasado que ya no existe. Estamos en el siglo XXI y el mundo de hoy es irreconocible para quienes no han salido aún del siglo XVI. 

¿No existe para Iza la historia?  ¿Sabe lo que significó “volver a tener Patria”, consigna lanzada por Benjamín Carrión con la creación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1944? Hoy la Casa de la Cultura convertida en depósito de artefactos de guerra, no contra el Perú sino contra la vocación espiritual de “volver a tener patria”, de la que también son parte los pueblos y nacionalidades indígenas.   

“La Casa de la Cultura es nuestra coraza mejor, nuestra más eficaz defensa. Un país que arraigue esa posición en la conciencia americana, no será atropellado nuevamente ante la indiferencia general y el fracaso de todas las doctrinas de fraternidad” (Benjamín Carrión, Informe del año 1952, a los ocho años de vida de la Casa de la Cultura) 

Hoy enfrentamos una amenaza insólita, una suerte de genocidio perpetrado desde adentro contra la vida nacional en todas sus dimensiones y pertenencias. El país corre el riesgo de sumirse en la postración económica, alimentaria, sanitaria, educativa, energética, laboral, diplomática. Este azote no viene de afuera. Se configura como la materialización de una venganza atávica. “Que la tortilla se vuelva”, dirán. 

Con ella, tampoco la sociedad indígena va a salir de su postración. Los diez puntos del reclamo de la CONAIE no atacan las profundas causas de su situación ni la de los 17 millones de ecuatorianos. La prosperidad no se da por arte de magia ni por invocaciones ancestrales.  

Hacerle aparecer a la masa, que Iza arrastró con fines de dudosa intención revolucionaria, como el “gran animal”, incapaz de la inteligencia del lenguaje, es lo peor que podía hacer la cabeza de una protesta social. Sus seguidores actuaron como seres privados de logos, sin entender que la política “es la disputa sobre la cuestión de la palabra misma”. El rechazo al diálogo situaba la confrontación fuera de un escenario común en el que se hiciera posible debatir algo. El paro estalló como ruido, como revuelta, como algazara, sin que fuera audible el logos, es decir la palabra que sirve para discutir. En lugar de ello, sonó la piedra que lastima, la quema de llantas, los ataques a los convoyes con alimentos y medicinas, los atropellos a policías, militares y ciudadanos, el grito de guerra. 

“La lengua oficial de las guerras, es el estruendo”, dice El Roto (El País)  

La estrategia de la CONAIE ahondó la división en el seno del pueblo, lo que impide que éste se constituya como tal.  Los campesinos, pequeños comerciantes, artesanos, empleados, estudiantes, profesionales, médicos, pacientes, transportistas, usuarios, consumidores, mujeres, padres y madres de familia, niños, niñas se vieron afectados en sus intereses, necesidades y derechos. El cierre de vías, los actos vandálicos, la destrucción de bienes públicos y privados configuraron una situación de guerra indiscriminada que ha colocado al país al borde del precipicio.   

La situación de caos provocado por el paro y las movilizaciones indígenas no es objeto de preocupación de los asambleístas. Lasso aparece como el único responsable de la miseria en la que se debate el pueblo.  Sigue en pie el plan golpista del correísmo.

La dirigencia del paro hizo total abstracción del contexto.

De la herencia de gobiernos anteriores, en especial del de Rafael Correa, que le endeudó al país en plena bonanza petrolera para deslumbrar a la población con obras mal hechas, sin licitación y con sobreprecios, que no remediar la situación de pobreza de los sectores vulnerables de la población y que más bien permitió la corrupción de las altas esferas de ese gobierno.  Pese a ello una parte de la dirigencia indígena mantiene vínculos solapados con el correísmo, olvidándose de la criminalización de la protesta social practicada en dicho gobierno.

También hizo abstracción del azote de la pandemia que se tradujo en pérdidas de vidas humanas, en el ahondamiento de la crisis económica, en la agudización del desempleo y el subempleo. Cuando la pandemia fue medianamente controlada, se organizó un paro similar al que irrumpió en octubre del 2019, con alcances todavía mayores y más devastadores. 

La clase política incrustada en la Asamblea Nacional dio las espaldas a los efectos de estos males, no dio paso a los proyectos de ley enviados por el gobierno, a sabiendas de que así le impedía a Guillermo Lasso ejercer su mandato. Socavó la gobernabilidad del régimen, para cosechar réditos políticos de corto plazo a nivel electoral. La amnistía concedida por la Asamblea a los autores de los desmanes de octubre del 2019, puso al descubierto un contubernio orientado a convulsionar la república. Los mismos gestores de una insensata y planificada conmoción interna, se valieron de ella para plantear la destitución del presidente de la República.

La situación de caos provocado por el paro y las movilizaciones indígenas no es objeto de preocupación de los asambleístas. Lasso aparece como el único responsable de la miseria en la que se debate el pueblo.  Sigue en pie el plan golpista del correísmo. 

El Gobierno no cayó en las trampas que se le tendieron.  Supo sortearlas con ánimo conciliador. Evitó que el estado apareciera como un estado de clase, explotador y opresor. Manejó la crisis con prudencia. La Policía y las Fuerzas Armadas no incurrieron en un uso desmedido de la violencia. Pero lo más importante de todo fue su invocación al diálogo. A diferencia de Iza y demás dirigentes del paro, el Presidente Lasso actuó no como patrón sino como un demócrata que valoraba la capacidad de discernimiento de sus detractores indígenas.

Lasso no trató a los indígenas como seres privados de logos. Apeló a su conciencia, a su racionalidad. Habló de consensos, no de imposiciones. No adoptó una posición intransigente. Cedió a condiciones formuladas por la dirigencia indígena en la perspectiva de viabilizar el diálogo y mostró fehacientemente de dónde venía la intransigencia e inmadurez.   

El Gobierno esperaba que la dirigencia indígena se armara no de garrotes sino de una palabra que no expresara meramente la necesidad, el sufrimiento y el furor, sino que manifestara la inteligencia para dolerse por el país y reparar el daño infringido a todos los ecuatorianos, incluidos los propios actores de la paralización.    

La Casa de la Cultura fue un experimento de síntesis de perspectivas e intereses contrapuestos.  Iván Carvajal, sintetiza su recorrido:  “Los intelectuales de la “pequeña gran nación” pusieron al día la “sustancia” histórica de la nación-estado: su prehistoria, su historia colonial, su historia republicana, sus valores culturales.  Proyectaron ideales para la nación. Tejieron la continuidad de sus mitos y sus héroes: el Reino de Quito, Atahualpa, Rumiñahui, Espejo, Rocafuerte, García Moreno, Alfaro…Narraron la indisolubilidad de los vínculos entre las distintas regiones, entre los diferentes grupos sociales y étnicos. Forjaron el sueño de una patria” 

Mal podía, entonces, la Casa de la Cultura ser utilizada como trinchera de una asonada contra la inteligencia y la memoria histórica.  Sigue vigente el llamado de Benjamín Carrión: “volver a tener patria”, esta vez no por la violación de las fronteras patrias, como en 1941,  sino por la violación del derecho soberano a nuestra autodeterminación, que es la esencia de la democracia.   

 

[PANAL DE IDEAS]

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