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5 de Octubre del 2016
Ideas
Lectura: 5 minutos
5 de Octubre del 2016
María Fernanda Moscoso

Investigadora independiente, migrante y transdisciplinar, explora el mundo entre el arte, la escritura y la etnografía.

La educación sentimental (del violador)
Llama la atención que las campañas y los debates estén dirigidos solamente a las víctimas de violación y, aunque es innegable que la prevención es imprescindible, es por lo menos sorprendente que no se diga nada de los agresores.

Cuando James Rhodes toca Las variaciones Goldberg, de Bach, sabes que no es Glenn Gould y posiblemente nunca llegará a serlo. Rhodes es Rhodes. Tiene talento y trabaja mucho, pero sus interpretaciones no son exageradamente virtuosas. Sin embargo, en su imperfección hay una belleza que es casi secreta porque exige contemplación. Y si de algo sabe James Rhodes es de secretos. Su libro Instrumental. Memorias de música, medicina y locura, (2016) es una suerte de relato auto-biográfico en el que narra las sucesivas violaciones a las que fue sometido desde los 4 años de edad. Su violador, el profesor de gimnasia.

La historia de James Rhodes es la de miles de niños y niñas que han pasado experiencias traumáticas cuyos responsables son, según las estadísticas, las personas que forman parte de su círculo cercano: parientes, docentes, amigos de las familias. Bien. Si hacemos números, 3 de cada diez niños y 4 de cada diez niñas han sufrido algún tipo de abuso sexual en Ecuador. Y no hay familia que se salve. En consecuencia, si hacemos números, un porcentaje de nuestros amigos, de los profesores de las escuelas y de nuestros parientes, son abusadores sexuales o violadores.

Llama la atención, en este sentido, que las campañas y los debates estén dirigidos solamente a las víctimas y aunque es innegable que la prevención es imprescindible, es por lo menos sorprendente que no se diga nada de los agresores porque según esas mismas estadísticas, compartimos nuestra vida cotidiana con personas que han agredido o violado (o lo van a hacer) a un niño o a una niña.

¿Qué hacemos con ello? El asunto es que puede ocurrir que tus niños sean algún día víctimas de abusos o violaciones, pero también puede ocurrir perfectamente que tu hijo sea un abusador o un violador. Porque, digo yo, los abusadores y los violadores en Ecuador tendrán mamás, papás, abuelas, parejas e incluso sus propios hijos y nietos. Serán personas queridas, respetados médicos, buenos papás, parejas consideradas, grandes profesionales. Quién sabe.

No hay que mirar muy lejos: el vicepresidente de la república es hijo de un señor que violó y embarazó a una menor de edad (una niña de 13 años que era alumna de la escuela de la que él era director y propietario). Ese hombre ha sido juzgado pero no se tiene ningún dato de que guarde prisión. El señor Glas es el ejemplo del hombre de familia “bien” que es protegido por el mundo por su crimen, empezando por el propio Estado. Y una sociedad cuyo Estado protege al violador es una sociedad que lo acepta, lo ampara y por lo tanto, lo acoge.

El violador no es, por lo tanto, la excepción. Están a nuestro lado, son nuestros compañeros de oficina, las personas que nos venden el pan, quizás dormimos con ellos. Viven entre nosotros porque, entre otras cosas, existe una educación sentimental que socializa depredadores y que además, los protege. El tema del abuso sexual infantil tiene muchas aristas y es complejo. No puede ser, en este sentido, que la atención pública esté centrada solamente en las víctimas pues el abusador o el violador desaparecen de la escena.

Como los monstruos que se ocultan entre las sombras, las sociedades tienden a victimizar a los sobrevivientes y a proteger a los violadores. O más bien dicho, el sistema capitalista es una maquinaria que funciona a través de la violación porque es el instrumento principal de dominación de un sistema que es profundamente hetero-patriarcal y adultocéntrico. La socialización de la violencia sexual durante la infancia naturaliza el papel del agresor y por lo tanto, el de los sobrevivientes a quienes muchas veces se desacredita, se silencia y se excluye. Es imprescindible, en este sentido, hacer visible la violencia oculta, destruir la educación sentimental tal como la conocemos y construir algo radicalmente distinto. Porque se trata de nuestras víctimas, sí, pero también de nuestros violadores.

[PANAL DE IDEAS]

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