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30 de Abril del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
30 de Abril del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La escuela y los valores
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Con la seriedad y prudencia que lo caracterizan, el ministro de Educación ha denunciado la propuesta absolutamente ideologizante de los textos educativos producidos editados y distribuidos por el correato.

Casi a diario aparece en la comunidad el tema de los valores que real o supuestamente deberían transmitir los establecimientos educativos a sus estudiantes en el ciclo básico y en el bachillerato. Por otra parte, cada vez y cuando chicos y muchachas se hallan implicados en hechos que, real o supuestamente, contradicen estos valores. Y también el alto número de maestros acusados de delitos muy graves como el abuso sexual. 

Erick Prairat es un filósofo de la educación. Él se pregunta, en Le Monde, sobre cuáles serían los valores que la escuela debería transmitir a los estudiantes. Porque, desde siempre, se ha afirmado que corresponde a la escuela, no solo introducir a los estudiantes en los mundos de las ciencias, sino también educarlos en los valores sociales que hacen a una comunidad. Solo de esta manera las nuevas generaciones se estarían habilitando para vivir en una sociedad acogedora y prometedora a la vez. 

Pero lo que no se dice es en qué valores habría que educar a las nuevas generaciones. El actual ministro de Educación, persona muy sensata, ha puesto el dedo en la llaga y con valentía ha denunciado lo que ya lo dijimos hace años: el sistema educativo en manos del correato se convirtió en un aula en la que se instruía a niños y muchachos en el pensamiento perverso de la revolución ciudadana escenario en el que Correa aparecía como el gran héroe de la liberación y el sumo pontífice que administraría el código de la verdad, la justicia, el código de las nuevas bienaventuranzas por él creadas y ofrecidas..

Se dice que corresponde a la escuela transmitir a los estudiantes los valores morales. Pero nadie especifica ni cuáles son estos valores ni su contenido ni sus dimensiones. En un Estado en el que prima el liberalismo social, no le correspondería al sistema educativo tomar partido por un sistema moral específico. Para un grupo sumamente minoritario, en un régimen liberal, al Estado no le correspondería tomar partido por una determinada ética “La institución educativa no tiene otra cosa que hacer que es no hacer nada”. 

Pero ni a la sociedad ni al Estado le haría bien posiciones absolutamente extremistas que consideran posible una neutralidad ética y moral. El mundo y nuestros actos no son neutrales y menos todavía las instituciones sociales que son instituciones de poder. 

Con la seriedad y prudencia que lo caracterizan, el ministro de Educación ha denunciado la propuesta absolutamente ideologizante de los textos educativos producidos editados y distribuidos por el correato.

Sin embargo, no se puede pasar por alto la pregunta sobre qué valores debe o debería transmitir el sistema educativo a las nuevas generaciones. Con la seriedad y prudencia que lo caracterizan, el ministro de Educación ha denunciado la propuesta absolutamente ideologizante de los textos educativos producidos editados y distribuidos por el correato. Allí, de manera patética, algunas veces, y otras veces camufladamente se patrocina el culto y obediencia absoluta al líder de la revolución, Rafael Correa, el sabio y santo.

Toda clase de culto a la personalidad implica una posición perversa, no solo porque en ella hay una especie de idolatría, sino porque implica aceptar que existe un dueño inapelable de la verdad y de la virtud. 

Se habla de una moral escolar que transmita a los estudiantes valores que repudien todo intento de idolatría y de sometimiento a los deseos perversos del poder. Por ende, una moral del bien social, es decir, la moral de un estilo de vida en medio de una sociedad abierta al cambio, eminentemente pluralista y solidaria a la vez. Ello exige que se deje de lado aquellos principios destinados a fomentar el personalismo y la prevalencia del bien personal sobre el social y colectivo, 

En una moral en la que prima la solidaridad, ya no se puede aceptar ningún tipo de personalismo perverso que fácilmente se disfraza con los harapos de todas las virtudes sociales. Se trata de formar ciudadanos indiscutiblemente abiertos al cambio y al futuro. 

Ya no más personalismos castrantes ni en los regímenes educativos ni en los políticos. En Venezuela, en Cuba, en Nicaragua, en Bolivia domina el imperio de los regímenes en los que se pretende enseñar a las nuevas generaciones la idolatría a esos supuestos héroes que a la fuerza se apropiaron de todos los poderes de sus Estados.

“Mientras el profesor enseña la justicia a un estudiante, no lo hace solamente para darle algunas luces sobre la idea de justicia, sino sobre todo para enseñarle cómo él debería comportarse de una manera justa”. Pero para asumir esta posición es indispensable que el maestro sea ciertamente un ejemplo de respeto permanente a los derechos de sus estudiantes. De lo contrario, no se trataría más que de un vil engaño producido desde la atávica hipocresía del poder. 

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