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16 de Agosto del 2021
Ideas
Lectura: 6 minutos
16 de Agosto del 2021
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La estética de la corrupción
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Los ciudadanos se espeluznan cuando escuchan los miles de millones que se han llevado, como si fuesen limosnas, muchos servidores públicos elegidos y designados. Y, como si fuese poco, viven en paz.

Nuestras obras dan cuenta de lo que realmente somos, pensamos y deseamos. Imposible que amemos la belleza y la transparencia de la luz si nos movemos en los lodazales y la escoria. El alcalde de la capital pone en entredicho más de un principio ético. Si nos alimentamos de estrellas, nuestras palabras serán de luz. Si de engaños y maldades, serán oscura y malolientes.  

Hablamos de corrupción política porque los implicados, primero, estuvieron o están dentro de los ejercicios de la política del país. Luego porque hicieron una opción personal de asesinar la ética social, de corromper el cuerpo de la verdad para luego alimentarse de esa informe y maloliente masa cadavérica. 

No se trata de ningún malabarismo lógico o ético. Cuando asumieron su cago público, ya sea porque lo obtuvieron en elecciones locales o nacionales o fueron asignados por el poder tomaron la más antisocial de las decisiones:aprovechar de la circunstancia para enriquecerse ilegítima y vilmente. 

Y lo hicieron bien, siguiendo al pie de la letra todo lo que dice el manual del corrupto que, pese a no estar escrito, todos ellos lo saben de memoria. Y lo conocen porque es transmitido horizontalmente de unos a otros, entre iguales. Y verticalmente, desde los que ejercen mayor poder a los subalternos: el presidente, el ministro, el director a sus mejores y más leales colaboradores. El papá a su hijo.

No es difícil ser leales, honestos, honrados cuando la vida ha comenzado y se ha desarrollado en un ambiente de honorabilidad, pulcritud y verdad. La verdad y la honorabilidad atraen. Luego llegan a formar parte consustancial de la axiología personal. Entonces se distingue con claridad el bien del mal, lo propio de lo ajeno. Lo justo de lo injusto, lo honorable de lo vil. Los jueces honestos dan sentencias legal y éticamente justas, 

El honesto sabe que ser justo y verdadero no es una virtud particular sino un principio universal al que deben someterse todos. Al juez probo no le va a pasar por la cabeza vender su conciencia jurídica por un plato de lentejas.

Es probo el fiscal que estudia con serenidad y profundidad cada caso. No mira la cara del acusado o del acusador: va a las pruebas. Calla, escucha, investiga. Acusa o no porque es justo hacerlo, porque ciertamente existen o no suficientes razones para lo uno o lo otro. En todo caso, mira los hechos, los analiza tomando como referente la ley. No se deja alucinar por el brillo de las monedas o las cifras de las cuentas bancarias que el mal pone ante sus ojos.

El honesto sabe que ser justo y verdadero no es una virtud particular sino un principio universal al que deben someterse todos. Al juez probo no le va a pasar por la cabeza vender su conciencia jurídica por un plato de lentejas, aunque estas representen mucho dinero sonante y contante. 

Lo que acontece en el cabildo de Quito es un asunto político. Sin embargo, no se puede desconocer que de por medio existe un hecho eminentemente ético. El tema de la adquisición y venta de los kits para el diagnóstico del COVID-19 es ante todo ético. No solo por el feo negocio de comprar en dos y vender en diez. Sino porque el alcalde no puede hacer negocio con la salud pública de los ciudadanos de su ciudad a los que representa. 

Un alcalde, a lo mejor, no resulta muy listo para hacer de su ciudad un pequeño paraíso o, por lo menos, para mejorarla sustancialmente. Pero sí tiene la obligación política y ética de ser honorable a carta cabal.  

Por desgracia, la honestidad no ha sido una de las características fundamentales de no pocos políticos del país. Por el contrario, parecería que ser inmoral en toda la extensión de la palabra, se ha convertido en la primera y más fuerte virtud de un importante grupo de políticos que han hecho del robo en todas sus modalidades su modo de vivir y de actuar políticamente. Sin embargo, se consideran honorables. Los ciudadanos se espeluznan cuando escuchan los miles de millones que se han llevado, como si fuesen limosnas, muchos servidores públicos elegidos y designados. Y, como si fuese poco, viven en paz.

La deshonestidad y el engaño huelen a podredumbre. La facticidad de lo corrupto lo hace perder todo sentido moral. Pretende llevarnos de la mano a ese mundo en el que hacer el mal no solo es fácil sino también laudable. En consecuencia, se habría producido un viraje absurdo de la ética: ella que se sostiene en el bien-hacer de pronto determina que aquello que es malo y repudiable se convierta en bueno y ejemplar. El papá alcalde enseñando al hijo las mejores estrategias y rutas de la corrupción.

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