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11 de Septiembre del 2020
Ideas
Lectura: 4 minutos
11 de Septiembre del 2020
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

La exculpación de los correístas devotos
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La pregunta de rigor es muy simple: si desde los primeros meses del anterior gobierno muchos sabíamos de los negociados que se estaban fraguando en las alturas del poder, ¿cómo es posible que ellos y ellas no estuvieran al tanto?

¿Cómo reaccionarán los correístas devotos a las sentencias en el caso Sobornos 2012-2016? Pues negando los hechos. Será la única forma de exculparse a sí mismos y a sí mismas por haber sido parte, o haber respaldado, un proyecto político abiertamente delincuencial. Porque a la luz de los hechos, todo alto funcionario del anterior gobierno, todo alto dirigente de Alianza PAIS, tiene un dilatado rabo de paja; por acción o por omisión.

La pregunta de rigor es muy simple: si desde los primeros meses del anterior gobierno muchos sabíamos de los negociados que se estaban fraguando en las alturas del poder, ¿cómo es posible que ellos y ellas no estuvieran al tanto? Luego vinieron las investigaciones y los reportajes que denunciaban, con evidencias tamaño catedral, las interminables irregularidades que se cometían en el manejo de los dineros públicos, denuncias que eran sistemáticamente desestimadas o descalificadas por las autoridades. Del caso del Gran Hermano se empezó a comentar ni bien iniciado ese régimen.

El silencio que guardaron durante tantos años puede ser interpretado desde distintos ángulos, ninguno de los cuales sirve como descargo. Un primero puede ser el profundo temor a denunciar los ilícitos y hacerse acreedores a represalias que iban desde el escarmiento público hasta la persecución; un segundo puede ser la preservación de las generosas prebendas que les garantizaba la adhesión al caudillo; un tercero puede ser la complicidad. En cualquier caso, existe un grado de responsabilidad que puede derivar hasta en el ámbito penal.

La pregunta de rigor es muy simple: si desde los primeros meses del anterior gobierno muchos sabíamos de los negociados que se estaban fraguando en las alturas del poder, ¿cómo es posible que ellos y ellas no estuvieran al tanto?

En su célebre estudio sobre los crímenes del nacismo y del estalinismo, Hanna Arendt desmenuza ese complejo proceso de alienación colectiva que tolera los más inimaginables desafueros del poder. Frente a los campos de concentración, los gulags o los juicios fraudulentos, la gente reaccionaba con distintas formas de encubrimiento. Unos con incredulidad, aduciendo que las denuncias de los crímenes eran parte de una campaña de desprestigio del enemigo. Otros con temor, porque preferían la seguridad de la tiranía a la incertidumbre de la libertad. Y otros con cinismo, justificaban los atropellos como efectos secundarios en la esforzada construcción del camino al paraíso.

Inclusive personajes con un alto nivel de información, conciencia e inteligencia terminaron defendiendo la insensatez de esos regímenes. El caso de Adolf Eichmann, magistralmente analizado por Arendt en el libro donde acuña la frase sobre la banalidad del mal, es paradigmático: seres que cumplen órdenes sin siquiera reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. Zombis convencidos de su inocencia y hasta de su bondad.

O el caso de los dirigentes comunistas críticos que fueron víctimas de las purgas estalinistas: terminaron autoinculpándose como traidores a los principios revolucionarios para finalmente justificar su propio fusilamiento.

Este comportamiento, sicológicamente tan enmarañado, explicaría en buena medida la reacción de los correístas devotos: no pueden, o no quieren, estar conscientes de los crímenes que se cometieron a nombre del cambio social. Banalizan la corrupción. Buscan convencerse (porque difícilmente convencerán a los demás) de que todo fue por un bondadoso bien superior. No tienen empacho en abogar por la repetición.

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