Back to top
19 de Septiembre del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
19 de Septiembre del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

La figura de Fernando Ortiz, a los 15 años de su muerte
Iniciador de la profesión de biólogo, fue maestro, muy hábil para transmitir a sus estudiantes su entusiasmo por la evolución, la ecología y las especies animales, y lo combinó con estudios y las primeras consultorías de ambiente del Ecuador. Fue también historiador de la ciencia, columnista de prensa y administrador del desarrollo científico del Ecuador.

Quince años han pasado desde la muerte de Fernando Ortiz Crespo, y la figura y recuerdo de este pionero de la conservación de la naturaleza ecuatoriana y de la enseñanza de la biología se mantiene en la memoria colectiva.

No solo entre nosotros, su familia cercana, sino también en un público más amplio, como se demostró en un coloquio celebrado la semana pasada, con la asistencia de alrededor de 150 personas, donde se resaltó su labor, y en el cual la Fundación Museos de la Ciudad anunció que su biblioteca científica, que es desde hace años de su propiedad, será por fin puesta a disposición del público en los centros de documentación del Museo de la Ciudad y del Yaku.

Como dice Héctor Abad Faciolince, “cuando uno tiene una familia numerosa, la ficción es casi innecesaria: en una familia grande, todas las cosas han ocurrido alguna vez”, y parte de esa ficción-realidad la viví al lado de este hermano que me llevaba con dos años y falleció en la laguna de La Mica en un malhadado accidente de bote el 13 de septiembre de 2001, cuando se hallaba investigando las aves acuáticas migratorias que, según nos explicaba, llegaban desde América del Norte hasta ese cuerpo de agua situado al pie del nevado Antisana, en la cordillera Oriental. En sus 59 años de vida, este hermano había descrito una trayectoria excepcional. Y no por él y por sus triunfos personales, sino por la naturaleza ecuatoriana, su conocimiento, su puesta en valor, su conservación.

Los colibríes fueron su pasión y su especialización profesional. Sobre ellos escribió sus tesis de maestría y doctorado en la Universidad de California en Berkeley. Él sabía claramente que esas tesis y sus otros trabajos académicos sobre los colibríes eran demasiado técnicos (“interesan a 400 personas” me dijo alguna vez), por lo que decidió escribir una obra de divulgación, para que muchas más personas conocieran, se aficionaran y protegieran a los colibríes.

Con esta obra, que aún circula, titulada Los colibríes historia natural de unas aves casi sobrenaturales, Fernando se propuso, en sus palabras, “subsanar la escasez de información detallada en castellano” sobre los colibríes, “intentando producir un tratado que pueda ser leído a dos niveles: el científico y el divulgativo. Así, aunque trato de no recurrir demasiado a tecnicismos, doy los nombres científicos de las especies tratadas, y debo recurrir a la terminología técnica para explicar cosas que no se pueden abordar de otro modo”.

La primera versión de ese libro lo que escribió en Roma, en donde residió entre 1992 y 1995. Quizás sentía nostalgia por los colibríes, pues como él dice, “Como sitio para observar colibríes, Roma y Europa son casi tan desoladas como la Luna y nos hacen apreciar más los amplios panoramas naturales y elementos de la fauna y flora de América”.

Fernando se inició en la admiración de los quindes desde niño, pues cuando una de estas refulgentes joyas aladas, sea rabilargo o diminuto, se descolgaba en nuestro patio a libar de las flores de los maceteros de la azotea y corredores, nuestra madre obligaba a todos a quedarse quietos y admirar su belleza y agilidad.

Pero para Fernando, la contemplación no era solo estética. Su espíritu inquisitivo le llevó a averiguar más sobre las aves... y sobre los ratones y los murciélagos y las lagartijas y los renacuajos. Como él mismo dijo en un artículo de julio de 1999 en el diario HOY: “Todo niño preescolar es un científico en potencia: se fascina ante los sonidos, las imágenes, los objetos, los movimientos, los animales, las plantas”.

Fernando pudo desarrollar el interés científico porque contó con un ambiente familiar favorable. A los dos años ya sabía los nombres de los animales del África, que los aprendió con nuestro tío Ricardo en unos álbumes de hermosos cromos que él había coleccionado. Y cuando yo nací sugirió que me pusieran por nombre “antílope”.

Nuestros padres cultivaron el amor por la naturaleza, sobre todo a través de constantes salidas al campo y de hacernos relatar en la mesa la crónica de nuestros paseos. Luego, en los colegios Loyola y San Gabriel, hicimos andinismo. Muy pronto, a los 19 años, fue a Galápagos como primer becario de dicha entidad y allí hizo de todo: lo mismo ayudó a la construcción de la Estación Charles Darwin, en Puerto Ayora, como actuó de traductor de los científicos que llegaban y de secretario pasando a máquina los planes para las futuras investigaciones (planes que hicieron cambiar el nombre original de “estación biológica” por el de “científica” pues había que dar cabida a expertos de otras ciencias, como la geología). Más tarde encontró en el profesor Gustavo Orcés, del museo de la Escuela Politécnica Nacional, un excelente guía para el estudio de las aves, lo que le volcó a colaborar en el naciente laboratorio de biología de la PUCE y le enrumbó hacia una carrera académica en Biología, a pesar de las objeciones iniciales de papá (quien le preguntaba que dónde se había visto que se pueda vivir de las iguanas y los colibríes).

Tras su carrera en las universidades de San Luis, Misuri, y Berkeley, California, Fernando fue el primer biólogo titulado de PhD en el Ecuador. Le antecedieron muchos sabios, de los que bebió ciencia y amor por el Ecuador, pero todos ellos autodidactas. Ortiz en cambio fue el primero con estudios completos formales en Biología.

Volvió al Ecuador y fue uno de los creadores del Departamento de Biología de la PUCE, del que fue profesor y primer director ecuatoriano. Así la Biología dejó de ser una especialización de Ciencias de la Educación para ser una carrera autónoma, lo que para entonces no existía en el Ecuador. Hoy ya no es así y muchas universidades tienen esa carrera, por lo que la Biología ya no es la rareza de entonces.

Iniciador de la profesión de biólogo, fue maestro, muy hábil para transmitir a sus estudiantes su entusiasmo por la evolución, la ecología y las especies animales, y lo combinó con estudios y las primeras consultorías de ambiente del Ecuador. Fue también historiador de la ciencia, columnista de prensa y administrador del desarrollo científico del Ecuador.

Su afán por la conservación medioambiental le hizo impulsar la creación de la Sociedad de Amigos de la Naturaleza “Francisco Campos” y también sus dos derivaciones: la Fundación Natura y el Museo Ecuatoriano de Ciencias Naturales. Fue socio fundador de la Corporación Ornitológica del Ecuador, hoy “Aves & Conservación”, que está cumpliendo 30 años de vida.

Ideó y luchó hasta establecer el Bosque Protector del Pasochoa y la reserva geobotánica Pululahua, así como varias otras áreas de reserva, en los altos Andes del Ecuador, en la selva amazónica y en la Costa ecuatoriana. Aparecía frecuentemente en los canales de televisión comentando temas de ciencia, y mantuvo por 15 años una columna semanal en el diario Hoy. Precisamente la última columna para este diario la escribió la madrugada del día de su muerte con una hipótesis científica de por qué se derrumbaron las Torres Gemelas en los atentados ocurridos dos días antes en EEUU. Como siempre, esa hipótesis resultó acertada, pero ya no estaba en este mundo para comprobarlo.

Se destacó también por una incansable labor por la conservación de las Galápagos, lo que se reflejó, además de haber sido presidente y gerente del Instituto Nacional Galápagos (INGALA), en sus escritos, trabajos de consultoría y su participación en el directorio de la Fundación Darwin.

Los últimos años de su vida fue director técnico de la Fundación para la Ciencia y la Tecnología (Fundacyt), en Quito, y, antes, del Instituto Ítalo Latinoamericano (IILA), en Roma.

Debido a sus estudios de historia de la ciencia, la Academia Nacional de Historia, le había nombrado su miembro correspondiente. Él preparó su estudio de ingreso y, como se produjo su muerte, en un caso único, la corporación lo incorporó post-mortem. El estudio, que fue publicado, se titula La corteza del árbol sin nombre, un original estudio sobre el descubrimiento y difusión de la quina, cascarilla o cinchona, la planta medicinal ecuatoriana que cura de la malaria. Fue un gran conocedor de la historia de las ciencias, sin que esto obste para que la mayor parte de su investigación haya estado dirigida a la biología y ecología de las aves, en especial de los colibríes; a la conservación de la naturaleza y al manejo de los recursos naturales, temas sobre los que publicó más de 35 artículos científicos en revistas internacionales.

Publiqué su biografía, dedicada a jóvenes lectores, titulada Fernando Ortiz, pionero de la conservación de la naturaleza ecuatoriana, con el apoyo del Ecofondo, y se la ha repartido gratuitamente a jóvenes estudiantes a través de la fundación Nahuel.

Además de un colegio particular gratuito en Zámbiza, llevan su nombre el Jardín de Colibríes en el Parque Metropolitano de Quito; el Centro de Interpretación del Bosque Protector del Pasochoa y dos programas de Becas: el de Jóvenes Biólogos de Conservation Internacional y el que otorga la Fundación Charles Darwin para pasantes ecuatorianos. Así, la labor pionera de Fernando se sigue extendiendo a nuevos defensores de la privilegiada fauna y flora de nuestro país.

[PANAL DE IDEAS]

Rodrigo Tenorio Ambrossi
Alexis Oviedo
Hugo Cahueñas Muñoz
Gabriel Hidalgo Andrade
Fernando López Milán
Consuelo Albornoz Tinajero
Oswaldo Toscano
Patricio Moncayo
Carlos Rivera

[RELA CIONA DAS]

La Tierra está perdiendo oxígeno
San Pablo de Amalí
Cinco grandes descubrimientos científicos de 2017
Ola Bini
La shiringa: el "oro blanco" de la Amazonía peruana
Bruno Bimbi / TN.com.ar
Caso Chevron: Relato de los olvidados
Daniela Aguilar
Íntag, un conflicto a ‘gran escala’
Desirée Yépez
GALERÍA
La figura de Fernando Ortiz, a los 15 años de su muerte
 
1

[CO MEN TA RIOS]

[LEA TAM BIÉN]

El sistema de salud en el Ecuador es una fábrica de enfermos
Redacción Plan V
La vida nómada de los refugiados colombianos en Ecuador
Redacción Plan V
Dos informes dan nuevas esperanzas a Íntag, el verde valle que podría convertirse en una mina de cobre
Fermín Vaca Santacruz
“Soy la única persona que puede decir que existen vínculos entre Serrano y el narcotráfico”
Redacción Plan V

[MÁS LEÍ DAS]

La empresa del Hotel Quito se descapitalizó por más de USD 28 millones
Fermín Vaca Santacruz
Arroz Verde: ‘Correa disponía, supervisaba y aprobaba’
Redacción Plan V
El arma del asesinato de Gavys Moreno fue hallada en la cárcel de Latacunga
Redacción Plan V
Todo se sabía
Juan Cuvi