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12 de Mayo del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
12 de Mayo del 2019
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

En la gaveta del morenismo
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Lo intuitivo sería que una alianza de partidos de oposición e independientes se coaligara para nombrar a un presidente, compartiera las vicepresidencias y las vocalías de minoría del Consejo de la Legislatura, así como las presidencias de las comisiones, pero todo indica que el oficialismo seguirá mandando sigilosamente, tapando los escándalos de corrupción y filtrando solo lo que le convenga contar.

El gobierno del presidente Lenín Moreno se prepara para gozar de dos años más de sigiloso control asambleario. Mientras la teoría sobre los presidencialismos asegura que en condiciones de fragmentación multipartidista lo idóneo es la coalición, el morenismo consigue coaliciones a la sombra para bajar el perfil de los escándalos de corrupción que salpican al gobierno anterior del que éste formó parte como sobre los nuevos escándalos de su propio periodo.

Lo intuitivo sería que una alianza de partidos de oposición e independientes se coaligara para nombrar a un presidente, compartiera las vicepresidencias y las vocalías de minoría del Consejo de la Legislatura, así como las presidencias de las comisiones, pero todo indica que el oficialismo seguirá mandando sigilosamente, tapando los escándalos de corrupción y filtrando solo lo que le convenga contar.

Por eso emerge con aceptable fuerza el nombre de César Litardo, un asambleísta correista convertido al morenismo, de bajo perfil y mínima resistencia que, al parecer, ganó en la disputa partidaria interna a Daniel Mendoza que tendría menor apoyo tanto en las filas de las morenistas, como en las ex AP y en la oposición. Los sectores que votarían abstentiva o afirmativamente por él lo harán pensando en la necesidad de un bombero que extinguiría los fuegos del escándalo con el hielo de apatía.

Lo intuitivo sería que una alianza de partidos de oposición e independientes se coaligara para nombrar a un presidente, compartiera las vicepresidencias y las vocalías de minoría del Consejo de la Legislatura, así como las presidencias de las comisiones, pero todo indica que el oficialismo seguirá mandando sigilosamente, tapando los escándalos de corrupción y filtrando solo lo que le convenga contar.

Esta vez, los jugadores con poder de veto son los correistas y los integracionistas. Son los bailarines que pueden desequilibrar la balanza del poder y por la vía del negociado colarse en las principales comisiones legislativas para mantener estancados los procesos de fiscalización. Así podrían reelegir a Marcela Aguiñaga en la comisión de justicia, en régimen económico a Pavel Muñoz o en educación restituir a Augusto Espinosa, por ejemplo. Entre los ex AP y la BIN podrían capitalizar entre 25 y 39 curules legislativas, lo que concentra 28% de la representación legislativa que en números es lo suficiente para atribuir el dominio a cualquiera de las facciones en disputa por buscar la presidencia del órgano legislativo.

Mientras tanto, la oposición sigue fragmentada, polarizada y debilitada. Más poder tienen los jugadores con poder de veto que los 20 de CREO, los 16 del PSC o los 6 de SUMA que juntos representan un poco más del 30% de la representación legislativa, pero aun con esos generosos números no le hacen ni calor al oficialismo. Parece que a todos estos resulta más conveniente mirarse con distancia.

Se presume que los socialcristianos no votarán por correistas, morenistas o integracionistas, que son tres variantes del aliancismo, pero tampoco se coaligarán con la oposición. Se abstendrán, no presentarán un candidato propio, ni siquiera a alguien del talante de Henry Cucalón, y se jugarán por un tibio morenista que abra las puertas para el ejercicio de una oposición contundente. Se abre el tiempo de la campaña. 

Mientras CREO se desintegra y SUMA transita entre el oficialismo y la oposición, el PSC parece esperar la oportunidad para capitalizar la acefalía de liderazgo que se produciría con un presidente morenista de bajo perfil. En este clima ¿quién se alzará con el liderazgo de la oposición nacional en el último tramo del tambaleante gobierno de Lenín Moreno y en el trayecto preparatorio para las próximas presidenciales? ¿Reaparecerán Guillermo Lasso o Mauricio Rodas para personificar a la oposición? No. Este momento le permitiría a Jaime Nebot, tras dejar la alcaldía de Guayaquil, principal carta del socialcristianismo y socio a la sombra del oficialismo, ejecutar en una estrategia que lo apuntale como el principal líder nacional de la oposición. 

¿Y los casos de fiscalización pendientes? Todo quedará guardado en la gaveta del morenismo. Mientras unos juegan al caos otros ya piensan en las presidenciales del 2021.

@ghidalgoandrade

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