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28 de Marzo del 2020
Ideas
Lectura: 8 minutos
28 de Marzo del 2020
Francisco Chamorro

Libre pensador

La gran deuda china
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Sería una especulación decir que una China democrática hubiese evitado la crisis sanitaria mundial, pero es una certeza sostener que, si la información hubiese sido transparentada y compartida oportunamente, los niveles de respuesta actuales serían mucho más eficientes.

Varias son las hipótesis acerca del origen del COVID-19 que circulan en las distintas redes sociales y medios de comunicación, muchas de ellas basadas en la cautivadora teoría de la conspiración pero que hasta el momento ninguna ha podido ser confirmada. Lo contrario ocurre cuando se visualizan hechos comprobables que comprometerían la responsabilidad del Gobierno chino en la prevención de la actual pandemia; la temprana detección del nuevo coronavirus, así como el encubrimiento de información, son hechos irrefutables que a futuro pondrán contra las cuerdas al régimen chino.

La ligereza con la cual ese régimen manejó la compleja situación desafía ahora la eficiencia de los sistemas de salud pública a escala mundial. Hasta el momento se contabilizan más de 621 mil casos confirmados, de los cuales alrededor del 4,6% han perdido sus vidas.  La deuda moral china frente al mundo esincuantificable.

Libertad anulada

Alejados de los principios que estructuran la democracia liberal, el régimen comunista chino históricamente ha anulado toda posibilidad de libertad en sus ciudadanos, implementando mecanismos de coerción propios de regímenes totalitarios, como el ocurrido en la masacre de Tiananmén de 1989, en el que la fuerza pública causó la muerte de alrededor de 800 estudiantes que manifestaban en contra del gobierno que creían demasiado represivo y corrupto.

Ese sometimiento de la población se evidenció una vez más en diciembre del 2019 a través de otros métodos de coerción. En esta ocasión, varios médicos de Wuhan, que conocieron y trataron de informar sobre la existencia de un tipo de neumonía de origen desconocido similar al SARS, sintieron la implacabilidad del régimen opresor.  Los obligó a silenciar su hallazgo intimidándolos con sufrir castigos severos bajo el delito de difusión de “falsos rumores”, entre ellos el doctor Li Wenliagn, director del departamento de emergencias del Hospital Central de dicha ciudad.

Asimismo, en enero 2020, cuando entre la población china se escuchaban los primeros rumores sobre una nueva enfermedad relacionada con un virus desconocido, el poder opresor chino lanzó otro dardo letal. A fin de mantener la situación encubierta, aplicó la censura en el servicio de mensajería WeChat, al puro estilo del gran hermano de la novela de George Orwell, limitando el uso de ciertas palabras que podrían relacionarse con el descubrimiento del COVID-19. WeChat, además de ser la aplicación de mensajería instantánea más popular en China, es una herramienta de vigilancia y espionaje del gobierno a más de 1.000 millones de personas, catalogada como la “navaja suiza” del ciberespacio chino.

Bajo estas circunstancias, quienes ven en el régimen chino un liderazgo ejemplar debido a su alto crecimiento económico en los últimos años, posiblemente no conocen las prácticas tiránicas de su política interna, totalmente contrapuestas a los valores de libertad e igualdad que caracterizan a una verdadera democracia, y otros simplemente las comparten. Sería una especulación decir que una China democrática hubiese evitado la crisis sanitaria mundial, pero es una certeza sostener que, si la información hubiese sido transparentada y compartida oportunamente, los niveles de respuesta actuales serían mucho más eficientes.

Ahora, la desconfianza generada hace pensar que si ante un segundo posible brote del COVID-19 o el surgimiento de otro tipo de virus de igual o mayor capacidad devastadora, ¿el régimen chino u otro de corte totalitario serán solidarios con la comunidad internacional y emitirán alarmas oportunas o se ocultará nuevamente la información, tal cual ocurrió con el COVID-19 y el SARS?

Proyección interrumpida

China, que en chino es Chung-kuo y significa “reino medio”, desde sus orígenes se ha visto a sí misma como la centralidad natural del mundo; una raza superior a las otras, que alimentada por un intenso nacionalismo siempre ha buscado configurar una jerarquía mundial en la cual su Estado se sitúe en la cúspide.

Así, siguiendo su tradición imperialista de controlar todo lo que se encuentre debajo del cielo, en las últimas décadas China ha encausado sus esfuerzos en procura de una reconfiguración del orden mundial. Pero, a pesar de la determinación empleada, aún no le es posible alcanzar su objetivo. La equivocada priorización de los intereses de proyección internacional por sobre los del bienestar de su población, resta legitimidad y aceptación en los demás actores del sistema para el liderazgo global chino.

La equivocada priorización de los intereses de proyección internacional por sobre los del bienestar de su población, resta legitimidad y aceptación en los demás actores del sistema para el liderazgo global chino.

Para ilustrar lo mencionado, a pesar de que el PIB de China es el segundo más alto del mundo, los indicadores sobre desarrollo humano no son tan eficientes para un Estado que pretende el liderazgo mundial. Empleando el índice de Capital Humano (HCI) del Banco Mundial que mide la cantidad de capital humano que un niño nacido hoy puede esperar alcanzar a los 18 años, dados los riesgos de mala salud y educación deficiente que prevalecen en el país donde vive; China (con un índice de 0,67) se encuentra más cerca de países subdesarrollados como Nicaragua (0,53) que de países desarrollados como Japón (0,84).

De igual forma, el poder chino en el concierto internacional pierde contundencia. Guiada por la teoría del poder inteligente desarrollada por Joseph Nye, China pretendía alcanzar una combinación balanceada de poder blando y poder duro que le permita persuadir y atraer adeptos a su política. No obstante, la deshonestidad demostrada en la emergencia del COVID-19 restará confianza en sus simpatizantes, afectando la efectividad de los medios diplomáticos, culturales e ideológicos que moldean su poder suave. En cuanto al poder duro, su poder militar aún no ha sido probado en ningún escenario de conflicto, lo cual indicaría que su centro de gravedad se concentra en el principio de masa debido a las exorbitantes cantidades de efectivos y medios, pero que podrían carecer de eficientes procesos de conducción y alistamiento.

Así las cosas, China será uno de los principales perdedores de esta pandemia. Su aspiración para hacerse del liderazgo global sufrirá un revés considerable que será más notorio una vez se supere la compleja situación actual. En dicho momento, los distintos países afectados por el COVID-19 estarán en condiciones de voltear su mirada hacia el causante de la emergencia sanitaria y exijir aclaraciones y reparaciones. 

No obstante, la deuda china va mucho más allá de lo económico. Existe y permanecerá una deuda moral con la comunidad internacional que será imposible de pagar y que perdurará por un buen tiempo. Aunque el régimen chino entienda que provocó dicha deuda, jamás la aceptará. Por lo pronto, los efectos de esta pandemia se verán reflejado en una reconfiguración política, económica y social a corto plazo, con implicaciones geopolíticas de largo alcance.

[PANAL DE IDEAS]

Fernando López Milán
Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
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Carlos Arcos Cabrera
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