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10 de Julio del 2017
Ideas
Lectura: 7 minutos
10 de Julio del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La hechicera corrupción
Pérez Alonso calificó al petróleo como excremento del demonio. Este decir podría extenderse al dinero en sí mismo, a ese dinero convertido en el objetivo y sentido de la existencia. Ese dinero que enloquece de tal manera a ciertas personas que son capaces de perder todos los límites posibles con tal de poseerlo.

¿Es que será algo tan difícil y oneroso ser honrado y veraz? Aunque parezca mentira, la mentira aparece en los primeros textos míticos como el elemento primordial del decir y del saber. En efecto, el engaño se constituye como la condición primera y necesaria de la existencia misma. Como si los grandes relatos que hacen a la humanidad desde sus orígenes reales y míticos no se sostuviesen precisamente en el la fortaleza inquebrantable de la verdad sino en la dureza artificial y porosa del engaño intencional, de la mentira finamente armada. Todo poder, del orden que fuese, también tiene su origen en el engaño.

La primera gran mentira fue, seguramente, la oferta tanto de la felicidad como de la vida eterna a condición de un sometimiento irrestricto y omnímodo al poder. Y la segunda fue que la primera había sido aceptarla como cierta. Nadie posee la felicidad. Los mentirosos no cesan de ofertarla incluso luego de la muerte. Sin embargo, atrapados en la trampa, todos no cesamos en el afán de hallar y vivir la felicidad. Aunque la posibilidad del paraíso sea una farsa, es casi imposible dejar de soñar en la bienaventuranza eterna. Este sería el origen primero de toda corrupción.

Pérez Alonso calificó al petróleo como excremento del demonio. Este decir podría extenderse al dinero en sí mismo, a ese dinero convertido en el objetivo y sentido de la existencia. Ese dinero que enloquece de tal manera a ciertas personas que son capaces de perder todos los límites posibles con tal de poseerlo hasta no poder más. El ladrón de la calle que roba al transeúnte cualquier cosa, por nimia que sea, para convertirla en un poco de dinero no es igual al empleado público que transforma su empleo en barita mágica que le permite convertir en oro para su casa todo lo que toca. Al primero se lo persigue y encarcela. Al segundo se lo llena de honores.

Hay sujetos empecinados en enriquecerse como si en ello se jugase el destino y el sentido de su existencia. Por lo mismo, su arribo al poder se convierte en la oportunidad, no solo de percibir un buen salario, el de ministro, por ejemplo, sino en la oportunidad calva de utilizar ese poder para sacar el mayor provecho posible para sus propias finanzas. Lo importante es convertir esa tarea administrativa en la gran oportunidad calva para llenar bolsillos, cajas fuertes, bancos.

Hay bolsillos pequeños y hay otros inmensos, casi impensables. Desde luego, cuanto más alto el poder, más grandes serán las oportunidades de manejar millones de millones. Para eso están las construcciones de edificios de todo orden, las carreteras, los puertos y aeropuertos, las construcciones faraónicas de las que nadie da cuenta. Para eso ha estado el petróleo con sus refinerías (algunas tan solo hechas de papel billete real), sus oleoductos, sus ventas anticipadas, las entregas y las postergadas. Y mil cosas más. Con ese excremento se podría escribir otra “Historia interminable”, la historia de este país que cayó en manos rateras. Alguien, ya ido, pretendió enriquecerse acusando a los acusadores del latrocinio. Claro que ganó el juicio a El Universo porque el precio de la conciencia y ética de algunos jueces no es mayor que el de los cacahuates.

Para llenar bolsillos de la noche a la mañana está la piadosa y cínica diosa llamada corrupción. Diosa omnipotente que es capaz de absolutamente todo con tal de satisfacer su hambrienta e insaciable barriga.

La historia nos ha enseñado a tener mucho cuidado de aquellos predicadores de la honradez, la virtud, la santidad, la equidad. Del agua mansa, líbrame dios, que de la brava me libro yo. Es urgente el develamiento de las hipocresías.

 Esa es, sin lugar a dudas, la más pérfida de todas las maldades políticas y sociales. La corrupción nace del cuerpo vejado, violado y despedazado de la honradez, de la verdad, de la lealtad, de la honorabilidad. Porque se ordena perseguir, detener, encarcelar y sentenciar con todo el rigor de la ley a los ladronzuelos de la calle, a los pequeños traficantes de drogas, a los periodistas que critican o que lo hacen sin respetar la majestad del poder. Y se manda de vacaciones a los grandes ladrones del dinero de todos.

La corrupción es esa justicia bizca que se llena de autoalabanzas y felicitaciones por la droga incautada y los pequeños traficantes encarcelados y no ve que se llevan en andas buena parte de la riqueza el país para depositarla en bancos y empresas que saben ocultar muy bien estos crímenes de lesa patria. Se ha hecho y se sigue haciendo todo lo posible para que no salga toda la podredumbre acumulada en Odebrech producida acá, en este país en el que no se cesó de predicar el discurso de las manos limpias y los corazones ardientes.

Justicia cínica que dio a los pescados in fraganti el tiempo suficiente para que arreglen bien sus maletas y se vayan fuera del país. Al cuarto día, cuando se habían puesto a salvo, la justicia salía con su vocecilla de dama tísica y ciega a dar órdenes de prisión.

Da pena reconocerlo, pero este es el país en el que vivimos y en el que el presidente Moreno deberá ejercer su presidencia. Cómo se lo presiona para que cierre ojos y boca. Para que se corte las manos y no toque esos innumerables espacios porque se sabe que, si lo hace, se producirá una inundación de pus que pondrá en entredicho algunos de los principios que sostienen al país. 

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