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19 de Febrero del 2024
Ideas
Lectura: 6 minutos
19 de Febrero del 2024
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La historia la construimos nosotros
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Gracias a la firma de la paz, sostiene el general Gallardo, se abrió la posibilidad de vivir en paz y dignidad con el pueblo peruano, “con el que existen afinidades de sangre y cultura, y con el cual se pueden establecer intercambios mutuamente beneficiosos” en distintos campos.

El libro Guerra del Cenepa del general José Gallardo Román (r) recoge de manera documentada los hechos, circunstancias y acciones que permitieron al Ecuador restañar las heridas que provocó la usurpación de nuestro territorio en 1941-42.

El país, sin duda, no estuvo preparado ni política ni militarmente para entonces. La década de los 30 fue sacudida por golpes de estado provocando un desangre nacional que fue aprovechado por el Perú.

La imposición del Protocolo de Río de Janeiro a inicios de la Segunda Guerra Mundial contó con la venia de los países garantes para los que el conflicto territorial entre dos países suramericanos poco desarrollados carecía de importancia frente a la gravedad de la lucha contra el nazismo y el fascismo. 

El Ecuador no aceptó esta humillación derivada de la superioridad militar del Perú. Benjamín Carrión levantó la bandera de “volver a tener Patria” y en todos los frentes fue creciendo la voluntad de reparar esta monstruosa afrenta fraguada por intereses turbios del vecino país.

Tras la llamada “Gloriosa” del 28 de mayo de 1944, sobrevino en el Ecuador un período excepcional de estabilidad política, liderado por Galo Plaza Lasso. Las Fuerzas Armadas ecuatorianas, por su parte, experimentaron un desarrollo técnico profesional que los colocó a la vanguardia de la defensa del interés nacional. Las dictaduras militares de las décadas del 60 y 70 enrumbaron al Ecuador por la senda del desarrollo con ayuda de la planificación.

El retorno a la democracia en 1978  fue un gran paso para afianzar la estabilidad política y la alternancia en el ejercicio del poder.  El régimen de partidos redujo la fuerza de los caudillismos y sentó las bases de un estado de derecho.

Estos factores, los avances hacia la estabilidad política, el desarrollo económico y social y una democracia renovada crearon el marco para la adopción de una política estatal que articuló los eslabones de la defensa nacional. 

Los argumentos jurídicos del Ecuador, la inejecutabilidad del Protocolo de Río de Janeiro, se vieron respaldados por el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas en términos militares, logísticos, operacionales, pero también con una perspectiva no solamente bélica, sino social e institucional. 

El Ecuador no optó por la guerra sino por una defensa estratégica que obligara al Perú a sentarse en la mesa de negociaciones y a reconocer que en la ejecución del Protocolo de Río de Janeiro había “impases subsistentes” En esa negociación, de igual a igual, los Garantes asumieron otro rol, el de árbitros o facilitadores de un proceso no bélico sino orientado a encontrar acuerdos puntuales.

La limitada victoria del Ecuador en el Cenepa, generó un nuevo umbral en el centenario conflicto. Gabriel Marcella, un analista estadounidense de la Escuela Superior de Guerra del ejército de los Estados Unidos admitió que el Ecuador había logrado una victoria militar sobre Perú por primera vez desde la batalla de Tarqui de 1829, cuando el Ecuador aún no existía como estado soberano.

Las condiciones habían cambiado. Ni el Perú pudo imponer una salida militar como alentaron personalidades de sus estamentos gubernamentales. Alberto Fujimori no era uno de los suyos. Pudo tomar distancia de los representantes del ala dura de la diplomacia peruana que sentían que se les venía abajo el edificio que habían montado desde la suscripción del Protocolo de Río de Janeiro. 

La guerra total seguía siendo una amenaza que Fujimori supo impedir. La opción política era la única opción que quedaba abierta mediante conversaciones al más alto nivel.  Cabe advertir una apertura de Fujimori al diálogo. Mantuvo contactos con varios presidentes del Ecuador desde que asumió el mando. Con Rodrigo Borja, Sixto Durán Ballén, Abdalá Bucaram, Fabián Alarcón y Jamil Mahuad.  

En los dos países fue necesario vencer las resistencias al logro de una paz definitiva. No cabía la imposición militar. Los Congresos de ambos países debían dar su aprobación. Los medios de comunicación jugaron un papel primordial para lograr que la opinión pública aceptara tal arreglo.  El pueblo ecuatoriano, la sociedad civil, las propias Fuerzas Armadas debían aportar con su sacrificio, pues no era posible que el acuerdo de paz consagrara todos los derechos sobre nuestro territorio. Tampoco en el Perú fue fácil desistir de la opción de la guerra total y aceptar una transacción factible.

Gracias a la firma de la paz, sostiene el general Gallardo, se abrió la posibilidad de vivir en paz y dignidad con el pueblo peruano, “con el que existen afinidades de sangre y cultura, y con el cual se pueden establecer intercambios mutuamente beneficiosos” en distintos campos.

Los dos países podemos abocarnos a construir creativamente un futuro promisorio destinando los recursos de cada uno a la solución de los más graves problemas de la sociedad y de los más amplios sectores populares. Ello supone emplearnos a fondo para que nuestras democracias no sucumban a los autoritarismos y sus gobiernos demuestren capacidad ética y de gestión, en el entendido de que nadie es dueño de la verdad, lo que exige apertura para el diálogo como única vía para superar los desacuerdos, como nos enseñó la victoria del Cenepa.

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