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7 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 4 minutos
7 de Septiembre del 2015
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

La humanidad en el umbral de su destrucción
Haremos justicia al pequeño niño sirio asesinado, sino olvidamos su rostro, su pequeño cuerpecito sin vida, que nos interpela por justicia, que, como dice Bobf, nos convoca a la responsabilidad, la obligatoriedad de dar respuestas para detener la inhumanidad capitalista. Solo este acto ético puede devolver a la humanidad su humanidad.

Ha circulado por todos los medios de comunicación e información a nivel global, la imagen del cuerpecito sin vida del niño sirio arrojado en una playa de Turquía.

Una imagen  que corre el riesgo de volverse una imagen más de las tantas que ya no circulan y que han sido, por fragmentos de tiempo, la  muestra indiscutible  de la monstruosidad humana que dirige el mundo capitalista. 

Un pequeño cuerpo arrojado por el inmenso y obsceno mar de inhumanidad que se tragó a sus padres, a sus madres, a sus hermanos. Un pequeño cuerpo sin vida y lleno de razón humana, capaz de  denunciar la miseria del mundo del cual fue expulsado. Un pequeño cuerpo sin vida, cuya imagen por justicia humana debería quedarse grabada eternamente en la memoria de sus asesinos, habitantes de este muladar llamado mundo moderno, para recordarles sin tregua, y hasta el fin  sus tiempos, su infamia.  El asesinato de este pequeñito debería poner a la humanidad de rodillas pidiendo perdón frente a su cuerpecito.

Un pequeño niño sirio sin vida, que no  murió, que fue asesinado de la manera más salvaje e inhumana, ¡nos reclama! ¡nos exige justicia! Justicia que estamos obligados a realizar  para poder recuperar un mínimo de humanidad, un mínimo de razón, un mínimo de decencia, un mínimo de vida. La justicia, un valor humano universal, es solo posible en su concreción histórica singular, de ahí que haremos justicia al pequeño niño sirio, y con él a todas las víctimas de la depredación capitalista, renunciando de manera radical a todo acto de complicidad, por mínimo que éste sea,  con sus asesinos y su proyecto inhumano.

Sin embargo, no ser cómplice de la crueldad capitalista no basta, hay que combatir cada minuto de nuestra vida y en cualquier lugar del planeta a la hidra capitalista y a sus mercenarios (malos gobiernos, transnacionales, corporaciones, mafias, etc.)

Haremos justicia al niño sirio asesinado y con él a todos los seres humanos oprimidos, explotados, negados, desplazados, excluidos, expulsados, torturados, desaparecidos,  asesinados, cuando asumamos como propia la injusticia de la que fueron víctimas y  el dolor de su dolor. Haremos  justicia cuando seamos capaces de indignarnos y luchar contra el ataque asesino de las guerras mercantiles;  contra el extractivismo devastado de la naturaleza y  la destrucción de nuestros territorios; contra la explotación de nuestro trabajo;  contra la violencia  y el feminicidio machista; contra el genocidio  y el etnocidio de  nuestros pueblos; contra la xenofobia, el racismo y la indiferencia.

Haremos justicia al pequeño niño sirio asesinado, sino olvidamos su rostro, su pequeño cuerpecito sin vida, que nos interpela por justicia, que, como dice Bobf, nos convoca a la responsabilidad, la obligatoriedad de dar respuestas para detener la inhumanidad capitalista.  Solo este acto ético puede devolver a la humanidad su humanidad.

En lo que concierne a nosotros y nosotras habitantes de este territorio al sur, estamos obligados a acoger y hospedar en nuestro hogar a todo ser humano que lo requiere y más aún si este ser humano es víctima de la violencia del capital en otras tierras. Hacia dentro, en nuestra vida en común estamos obligados a defenderla de las amenazas que sobre ella hace la depredación capitalista a través de sus emisarios de la muerte, los malos gobiernos. 

La humanidad que no haga justicia al pequeño niño sirio asesinado por la hidra capitalista, será cómplice de ésta y habrá caído irremediablemente en su inhumanidad y estará condenada a su extinción.

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