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29 de Agosto del 2018
Ideas
Lectura: 5 minutos
29 de Agosto del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿La ignominia de ser mujeres?
A lo largo de la historia se ha pretendido negar que son ellas las que en realidad hacen el mundo y lo sostienen en su existencia simbólica. El niño conoce el mundo y lo integra a su vida a través de la madre. Sin las madres no serían posibles ni la vida ni la cultura. Y sin embargo, hay hombres que, ante el horror de tener que reconocer sus propias debilidades, vuelcan contra ellas sus frustraciones.

La escalofriante noticia proviene de Brasil: hace pocos días se produjeron más de 700, arrestos como parte de una lucha en contra del femicidio. De un total de casi 664.000 asesinatos, más de 4.500 corresponden a mujeres y de entre este grupo a casi 1.200 se las asesinó por el solo hecho de ser mujeres. Para ese machismo ancestralmente perverso y cruel, asesinar a una mujer no es cuestión del otro mundo sino más bien casi como una necesidad e incluso como un acto laudable. 

Existe una infame y perversa competencia producida de facto por el derecho a existir entre hombres y mujeres. Posición atávica que ha colocado a las mujeres en una suerte de lugar de excepción y de cierta ilegitimidad. Entre los ejemplos paradigmáticos están, en lo mítico, la virgen María, en la tradición cristiana, y el de Shehrezade de las Mil y una noches. Ambas mujeres dan cuenta de la contradicción existencial de su feminidad frente al poder de lo masculino constituido en el indicador primigenio y excepcionalmente bueno de lo humano. Ambas mujeres, para salvarse, fueron colocadas en el ara del sacrificio. Se salvan por la buena voluntad del otro, mas no por sus propios derechos. Se salvan porque han cedido al otro su derecho a ser ellas mismas. A la primera se le niega el derecho a su feminidad, incluso cuando se convierte en mamá, a la segunda su derecho a ser por sí misma y no por el  caprichoso deseo del otro-amo.     

A lo largo de la historia se ha pretendido negar que son ellas las que en realidad hacen el mundo y lo sostienen en su existencia simbólica. El niño conoce el mundo y lo integra a su vida a través de la madre. Sin las madres no serían posibles ni la vida ni la cultura. Y sin embargo, hay hombres que, ante el horror de tener que reconocer sus propias debilidades, vuelcan contra ellas sus personales y atávicas frustraciones. ¿No será, acaso, al poder político o religioso al que desearían destruir cuando asesinan a una mujer? En no pocos casos, el asesino (el agresor) de mujeres es un homosexual que pretende tomar venganza de su supuesto mal matando a su madre, que lo hizo tal, en esas mujeres que asesina.  

Según nuestra prensa, hasta comienzos de julio pasado, se habrían registrado 51 femicidios. Pero este escalofriante dato seguramente no ha quitado el sueño a nadie del poder. Una cifra más que no estremece la conciencia cívica ni levanta la voz de protesta del poder que o guarda silencio o farisaicamente se rasga las vestiduras. Quizás ellos no lo sepan, pero cuando los perversos del poder se rasgan las vestiduras, imposible no ver su propia podredumbre. Para no pocos hombres, solo el poder real o imaginario por más insignificante que fuese fortalece su masculinidad que les conduce a degradar a las mujeres.  

En algunos casos, el asesinato a la mujer es el corolario de un perenne acoso sexual rechazado por ella. En cierta medida, el acoso es la forma precaria y perversa de hacer evidente la inconformidad con su masculinidad. Es frecuente que un asesino de mujeres se vista de mujer para asesinarlas, herirlas o cubrirlas de vituperios. Es que la víctima tuvo la suerte de nacer y de ser mujer algo de lo que él carece y que tan profundamente envidia: una sexualidad  no atravesada por las dudas.  

En principio, siempre tenderá a ser más alto el número de mujeres asesinadas en países y ciudades dominadas por las intolerancias a las diferencias sexuales. Por el contrario, en comunidades en las que la homosexualidad es tolerada, respetada y, sobre todo, comprendida será menor el feminicidio. No se puede pasar por alto por lo menos la sospecha de que el machismo patológico no suele ser sino una forma de manejar las personales debilidades en la integración y dominio de la sexualidad. 

Volviendo a Brasil, la fuente dice que por lo menos una mujer mayor de 16 años de cada tres ha confesado haber sido víctima de acoso sexual o de violencia psíquica comúnmente mediante expresiones verbales o actitudinales que dan cuenta de que ellas son menos que los hombres o que son indignas ante ellos. 

Lo más grave es que, cuando es reiterativa e insidiosa, esta violencia se convierte en la antesala del femicidio. Por lo mismo, a muchas de estas mujeres no les queda otra tabla de salvación que someterse “de buena gana” al perverso deseo del otro.

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