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14 de Agosto del 2023
Ideas
Lectura: 6 minutos
14 de Agosto del 2023
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La inmolación de Fernando Villavicencio
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El candidato Villavicencio afirmó que recordaba perfectamente el caso de Galán, pero advirtió que los ecuatorianos necesitaban un liderazgo valiente y que solo se sobrevive cuando se pierde el miedo.

El Ecuador vive un momento inédito, distinto de los precedentes. El escenario actual está marcado por la pandemia y el crimen organizado. Esto no significa que los problemas no resueltos de las etapas pasadas estén ausentes.  Pero hay nuevas corrientes que se superponen.

En la década anterior la economía fue el eje de la contienda política. El predominio de una concepción de libre mercado en la administración del Estado fue resistida desde los sectores sociales afectados por su aplicación. El correísmo encarnó esa resistencia, ello explica su fuerza electoral. Pero más allá del contenido de su orientación económica, su estilo de gobierno acarreó otras características en el orden político. La utilización del Estado como motor de la economía trajo aparejada la falta de transparencia en el manejo de los fondos públicos.

La concentración de las funciones del Estado y el dogal impuesto a los medios de comunicación no oficiales posibilitó la impunidad de los atracos al erario público. De ahí que el periodismo de investigación jugó un papel fiscalizador de dicho régimen.  Fueron sus protagonistas, sin duda, objeto de persecución. Este combate duró toda la década. Y aún están pendientes los cargos y sanciones legales correspondientes.

El intento del correísmo de volver al poder puso nuevamente en riesgo la convivencia democrática. Su derrota electoral en el 2021 le llevó a una soterrada conspiración parlamentaria que desembocó en el juicio político al presidente Lasso y a la muerte cruzada. Las elecciones anticipadas lucían aparentemente favorables a los mentalizadores de la conspiración.

Pero nuevamente el periodismo de investigación se batió con esta tendencia, mostrando nuevas evidencias de los abusos de poder que llevaron a millonarios perjuicios al tesoro público. En esta lid la acción de Fernando Villavicencio desenmascaró, de manera documentada, los turbios manejos de la contratación pública y de las negociaciones con China.

Su incursión en la política, como asambleísta amplificó sus denuncias. Sin temor asumió el papel de tribuno del pueblo, lo que le abrió las puertas a su postulación presidencial.

Su arrojo, sin duda, es un ejemplo de un compromiso frontal sin contemplaciones con la erradicación de la corrupción en el manejo del estado.   

En la entrevista que le hiciera Carlos Vera, su fuerza moral aparece de cuerpo entero.

“-¿No es mejor estabilizar el país, enderezar el barco y dejar eso para el segundo período”- le preguntó el periodista. A lo que Villavicencio respondió. “Dejar un barco conducido por delincuentes sería peligroso; me sentiré orgulloso de tener enemigos y un país entero de amigos, con educación, con salud y con obra pública. No tengo nada que perder”

Vera, entonces, le advirtió sobre la posibilidad de que le ocurriera lo mismo que a Luis Carlos Galán, aspirante a la presidencia de Colombia por el Partido Liberal de ese país y máximo favorito en las encuestas, acribillado por las mafias narcotraficantes  en una concentración en una plaza pública en el municipio de Soacha.  

El candidato Villavicencio afirmó que recordaba perfectamente el caso de Galán, pero advirtió que los ecuatorianos necesitaban un liderazgo valiente y que solo se sobrevive cuando se pierde el miedo.

Pienso que Fernando Villavicencio tuvo plena conciencia del nuevo momento que vive el Ecuador azotado por una extrema vulnerabilidad institucional y social de la que no solo es responsable el correísmo, sino una clase política medrosa que no ha sido capaz de proponer alternativas que le saquen al país de su postración.

Dicha conciencia le llevó a ofrendar su vida para darle al país un camino y una esperanza.

Hoy el Ecuador se bate en un dramático dilema. O adherimos a la ley y el orden para cerrar el paso a la delincuencia, cueste lo que cueste, aun en desmedro de los derechos humanos y de la democracia, al estilo de Bukele o Bolsonaro; o restablecemos la ley y el orden sin quebranto de la democracia y los derechos humanos. Optar por lo uno o por lo otro es hoy la primera prioridad, como antes lo fue optar por el estado o por el mercado.

La gran expectativa parece ser la ley y el orden, “mas que una exigencia de ingresos y distribución de la riqueza”. Héctor Aguilar Camín en la Nueva soledad de América Latina afirma que en la crisis que cruza la región va a ser más interesante mirar hacia Emile Durkheim que hacía Marx, pues ya hay grandes contingentes de la población que viven en una especie de anomia, categoría usada por Durkheim, o sea que se han quedado sin referentes que regulen la vida cotidiana y la convivencia social.

Esta segunda opción implica la lucha contra el terrorismo, y la corrupción que minó la solvencia moral del Estado.  Fernando Villavicencio, en vida, fue víctima de la retaliación del poder político que aupó la práctica de la corrupción, convertida en un pecado venial, y de las mafias criminales que terminaron con su vida.

Su legado entraña una nueva manera de entender la política y el rol de los gobiernos democráticos frente al autoritarismo de líderes que apelan al uso de los instrumentos punitivos del estado y que, no obstante sus excesos, gozan de legitimidad.

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