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20 de Abril del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
20 de Abril del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La inseguridad social del IESS
Es grave y psíquicamente oneroso crear dudas, pesares e inseguridades en las personas mayores que cada día que pasa cuentan con menos estrategias posibles para trabajar y producir. No se trata de ningún pesimismo enfermizo sino de la conclusión de la visión de una realidad monda y lironda a la que no se la puede edulcorar con palabras bonitas.

Me parece que pocos, quizás desgraciadamente muy pocos, de los que constituyen los grupos que toman decisiones, grandes y graves decisiones sociales, reflexionan lo suficiente sobre lo que significa la jubilación. La vorágine de las pasiones que provocan las lealtades y los sometimientos políticos es una enfermedad que, entre otras cosas, produce un tipo especial de ceguera, a veces, absolutamente incurable. La ceguera selectiva que impide ver más allá de lo que ofrece, dice, dispone el poder al que se halla anexada.

Es absolutamente lógico e inclusive legítimo que la mayoría gubernamental vote en favor de una propuesta que proviene de su líder político. Rozaría lo absurdo cualquier otra manera de proceder. Sin embargo, pese a esa legitimidad, sí se esperaría que el bloque de mayoría tome con mejor seriedad política ciertas propuestas del Ejecutivo o que por lo menos las matice. ¿Demasiado sometimiento? Tal vez.

Jubilación, esa palabra que a no pocos asusta, significa júbilo, gran alegría, regocijo. Por fin, luego de una larga vida laboral, nos quedamos en casa. Quizás ya no para dormir más, pero sí para realizar muchas tareas perennemente postergadas. El júbilo porque, sin necesidad de ir al trabajo, mensualmente se recibe un sueldo suficientemente honorable, producto de los ahorros realizados en el IESS más los aportes gubernamentales.

La jubilación no es el tiempo para pensar en la muerte, como darían a entender ciertos discursos. Es el tiempo para construir y vivir nuevas dimensiones del goce.

La jubilación implica una nueva forma de vida: sin las eternas preocupaciones de la cotidianidad laboral que pasan, de una vez por todas, a la historia personal. El jubilado se torna eminentemente familiar: quizás redescubre la familia, en particular a la pareja con la que se establecen nuevas formas de convivencia.

No puede ser sino muy gratificante el hecho de recibir un salario honorable, que cubra las necesidades de la vida diaria con cierta holgura. Nadie te regala ese salario pues lo has ahorrado a lo largo de las décadas de trabajo. En estricto rigor, la atención en salud tampoco es gratuita pues es el producto de tus aportaciones mensuales realizadas durante tus años de trabajo y las de los otros. Te engañan cuando te dicen que esos servicios son gratuitos pues mes tras mes, año tras año, has ido acumulando un capital, a lo mejor pequeño, si se quiere, para tu jubilación.

El seguro social tiene otra virtud: es absolutamente solidario. En efecto, quienes mensualmente más aportan aseguran las mismas atenciones para los que aportan quizás con lo mínimo. Sin embargo, esa solidaridad no es suficiente. Por eso la Ley determinaba que el Estado contribuya anualmente con una cantidad de dinero que asegure esta solidaridad.

¿Quién es el Estado? ¿El presidente de la República? ¿La Asamblea Nacional? El Estado somos todos. El país geográfico con todos nosotros, con los bienes naturales, con el petróleo y el mar, con la cultura. El gobierno de turno es solo un administrador del Estado, no su dueño. La ley disponía que de los fondos nacionales anualmente se tome un porcentaje para la seguridad social porque los fondos originales no necesariamente cubren todas las demandas de los afiliados. Además, la población de jubilados crece día a día.

Estos fondos consolidan la seguridad nacional en toda la dimensión de la palabra. Lo dice el artículo que fuera derogado: “Las prestaciones de la seguridad social se financiarán con el aporte de las personas aseguradas en relación de dependencia y de sus empleadoras, (…)  y con los aportes y contribuciones del Estado. Los recursos del Estado destinados para el seguro universal obligatorio constarán cada año en el Presupuesto General del Estado.”

Las pensiones que en la actualidad recibe la  mayoría de los jubilados están muy lejos de asegurar una vida digna y, menos aun, jubilosa. Se sobrevive y, para no pocos, la pensión no alcanza ni para la sobrevivencia, pese al mandato de que el Estado se asegure de que todos los jubilados vivan decorosamente.

Es grave y psíquicamente oneroso crear dudas, pesares e inseguridades en las personas mayores que cada día que pasa cuentan con menos estrategias posibles para trabajar y producir. No se trata de ningún pesimismo enfermizo sino de la conclusión de  la visión de una realidad monda y lironda a la que no se la puede edulcorar  con palabras bonitas. Para el gobiernos nacional y también para los locales debe ser de interés prioritario la vida de los jubilados y no solo de los ancianos. Por favor, no todo jubilado es anciano.

¿A mal a tiempo buena cara? Sí y no. No porque las nuevas generaciones que se jubilan tienen cada vez nuevas y más amplias necesidades que las generaciones pasadas de jubilados. Existen nuevos estilos de vida que los compete y afecta. Jubilarse a los sesenta años ya no presupone romper con la contemporaneidad, sus exigencias y demandas de todo orden. Tener hoy sesenta o setenta años no implica estar en la incapacidad de ningún orden y menos aun en el callejón de la muerte.

La vida biológica se alarga cada vez más. La vida psíquica no solo que se extiende sino que además se torna cada vez más creativa y enriquecedora. Cada día es menos imposible aquella inmortalidad en la que soñaban los pueblos helénicos.

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