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20 de Noviembre del 2017
Ideas
Lectura: 5 minutos
20 de Noviembre del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

De la justicia maquiavélica a la justicia real
En medio de esta batahola de podredumbre no hay lugar para las quejas de pobres y desvalidos, de aquellos para quienes no existen paraísos de ningún orden, ni siquiera espacios para su voz. Hay muertos y desaparecidos que siguen clamando por una justicia que fuera tan pérfidamente organizada y blindada. Cuando alguien reclama por los abismales sobreprecios de las obras, cínicamente le responden: pero hay excelentes carreteras.

El país reclama un definitivo y eficaz advenimiento de la justicia pues por doquier se escuchan las voces de inocentes acorralados por juicios y sentencias ad hoc. Se habría producido, pues, una invasión  de la corrupción. Una peste que se expresa indecorosamente en millones de dólares impúdicamente recibidos y dados por contratos, por sobreprecios, por esos contratos otorgados a dedo al mejor postor. El caso Glas se ha convertido en el paradigma de esta abismal corrupción.

En medio de esta batahola de podredumbre no hay lugar para  las  quejas de pobres y desvalidos, de aquellos para quienes no existen paraísos de ningún orden, ni siquiera espacios para su voz. Hay muertos y desaparecidos que siguen clamando por una justicia que fuera tan pérfidamente organizada y blindada. Cuando alguien reclama por los abismales sobreprecios de las obras, cínicamente le responden: pero hay excelentes carreteras.

Tempranamente Correa aprendió a blindarse contra cualquier acusación. A lo mejor,  sus manos están limpias porque no tiene manos. No olvidar que aun es dueño de la justicia o, por lo menos, su copropietario. En una década de poder se puso a salvo tras una inmensa muralla legal levantada con el cinismo. El cinismo y la impunidad provienen de la misma madre. Desde el día uno de su década perdida dio muestras fehacientes de que caminaría al margen de la ley. ¿Quién recuerda que, al tomar posesión, la primera vez, no juró abiertamente cumplir y hacer cumplir la Constitución de la República, como manda la Ley? No lo hizo. Nadie reclamó ni acusó ni exigió. Los fascinados adláteres de entonces se comieron la complicidad como si nada sin ver que ese acto  se convertiría en el mudus operandi de quien se consideraría a sí mismo más allá de normas y de leyes. 

Meter sus manos en la justicia implicó, pues, un acto fundador de su posicionamiento político y jurídico sostenido en sus intereses y caprichos. Una vez cambiados todos los jueces del país, prevalecieron los designios de su omnímoda voluntad. Correa fue un fiel y sumiso esclavo de su propio deseo y de su propia ley. De hecho, los jueces ya empiezan a declarar inocentes a encarcelados encontrados con las manos en la masa de los millones del erario público.  

Su década perdida tuvo de todo aquello directamente relacionado con la arbitrariedad, la imposición de su voluntad omnímoda y el sometimiento del orden jurídico a las imposiciones de sus deseos. Pobre de aquel juez que se atrevía a desobedecerlo.  

Organizó de tal manera el país administrativo y jurídico que todo lo hecho y dejado de hacer por él apareciese siempre legal, justo y  hasta bondadoso, incluso cuando el país entero veía cómo sus manos se llenaban con la podredumbre del odio, la venganza, la arbitrariedad. Entonces fue siempre bueno como el pan, igual que todos sus colaboradores. 

Cómo se oponen sus subalternos de AP a que se consulte sobre la Corte Constitucional. Modificarla implicará echar por los suelos el aparataje judicial con el que se cobijó y se aseguró el correísmo con sus patrañas. La Ley se convirtió, pues, en una humilde y ciega esclava del señor que, en adelante, dictaminaría de antemano sobre el bien y el mal, sobre la inocencia o la culpa. En lo fáctico  fue como si Correa hubiese presidido todos los tribunales de justicia.  

Es anecdótica la primera selección de jueces. El verdadero documento que real y efectivamente otorgaba los máximos puntajes era aquel que certificaba la pertenencia del candidato a Alianza PAIS. Todo lo demás no fue sino una infame charada.  

Así se hizo de la vista gorda ante los grandes e incomprensibles actos de corrupción de los más allegados a su gobierno, comenzando por su vicepresidente, su amigo y compañero desde los viejos tiempos de los scouts. Y colocado en esa suerte de marginalidad beatífica, vocifera contra todos quienes se atreven a dudar de la honorabilidad de su amigo, repudia a los fiscales que lo acusan y amenaza a los jueces que, quizás ahora, podrían volver a los espacios de la verdadera justicia. ¿Será posible tamaña aventura? Lo más sensato es dudar.  

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