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29 de Febrero del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
29 de Febrero del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La letra con sangre entra
El poder se justifica como tal cuando aplasta rebeliones que, a veces propositivamente provoca e incluso alimenta. En efecto, esa rebeldía estudiantil sirve para que el poder se manifieste como tal, como el que es capaz de atacarla con el ánimo de sofocarla e incluso de suprimirla.

Imposible dejar pasar sin más lo acontecido en el colegio Montúfar. Profesores que son trasladados a otros establecimientos, supuestamente, por bajo rendimiento profesional. Y la reacción del estudiantado que ve en esta decisión una incursión arbitraria del poder. Los estudiantes no aceptan las justificaciones oficiales para esos traslados de los que no han sido ni informados ni menos aun tomados en cuenta.

Esas son, aparentemente, cosas de adultos, de autoridades, del poder que, por definición, solo exige sometimiento. Además, si el poder desea mantener su fortaleza, no le conviene consultar a la última rueda del coche del proceso de educativo que son los estudiantes. ¿Qué pueden decir unos muchachos que carecen de criterios políticos y que están interesados en otras realidades que hacen su cotidianidad? ¿Para qué tomarlos en cuenta si una de las características de la fortaleza del poder consiste, justamente, en ser capaz de actuar por sí y ante sí? Además, existen poderes que creen fortalecerse precisamente cuando son capaces de producir confusión y enojos.

El poder se justifica como tal cuando aplasta rebeliones que, a veces propositivamente provoca e incluso alimenta. En efecto, esa rebeldía estudiantil sirve para que el poder se manifieste como tal, como el que es capaz de atacarla con el ánimo de sofocarla e incluso de suprimirla. Desde siempre, la fortaleza del poder se alimenta con cada acto de dominación e imposición. El verdadero castigo impuesto a Sísifo no está en tener que cargar cuesta arriba la roca, sino en tener que arrojarla al abismo una y otra vez, eternamente. En ese acto se revela el poder de los dioses. El poder no se expresa tanto en el traslado de los profesores como en la represión a los estudiantes.

¿Qué sería del poder si no tuviese la capacidad de administrar una y otra vez, indefinidamente la vida y la muerte? La historia no cesa de repetir el hecho de que los poderes en sí mismos débiles únicamente se fortalecen en la persecución, en la abominación, en la muerte. Los campos de concentración nazis no sirvieron tan solo para eliminar a los judíos sino primera y fundamentalmente para fortalecer hasta el infinito el poder de quien, siendo en sí mismo débil, en su insania, se consideró dueño absoluto del bien y del mal, de la vida y de la muerte. Y sin ir tan lejos, bastaría con regresar la mirada para contemplar a los militares argentinos, uruguayos, chilenos solazándose con sus muertos inocentes. La mayor degradación del poder consiste en el asesinado de la libertad.

Un grupo de maestros es separado del colegio Montúfar. A estudiantes y colegas no satisfacen las justificaciones oficiales. En esta clase de decisiones existen tanto razones manifiestas como motivaciones ocultas. Las unas sirven para la justificación social. Las segundas, que son las verdaderas, no deben aparecer porque no siempre son ni suficientemente justas ni verdaderas. Sin duda, los estudiantes conocen bien este doble juego de los lenguajes que han intervenido en el traslado masivo de sus profesores. ¿Por qué no reconocer que las nuevas generaciones son más suspicaces de lo que comúnmente se acepta? Ello explicaría su beligerancia, pues es probable que sientan que las autoridades los han considerado tontos e ingenuos. Los maestros se fueron pero ese vacío fue inmediatamente cubierto con las voces de protesta, con acciones físicas que dieron cuentan de frustraciones y de rabias. Las autoridades leyeron el enojo pero no quisieron saber nada de sus legítimos orígenes.

¿Hay, acaso, en la ciudad establecimientos educativos a los que van los profesores mediocres despedidos de los “buenos” colegios que no los aceptan? Si la respuesta fuese afirmativa, entonces se agotarían las razones, las dudas y sospechas pues probablemente ya se habría pronunciado la última palabra del poder.

Desde luego, los estudiantes poseen sus propias sospechas. Ellos realizan otras lecturas como, por ejemplo, un afán de separar a profesores que quizás son críticos del régimen político o quizás de las autoridades ministeriales o colegiales.

Es posible que existan también razones ocultas para ese traslado masivo de profesores. La autoridad afirma que se debió a un bajo rendimiento profesional. La pregunta que se impone es sencilla ¿por qué no se les ha exigido más? ¿Es que acaso, con el traslado, van a rendir más y mejor en otro establecimiento educativo? De las explicaciones dadas por las autoridades se deduce que existen establecimientos educativos a los que van a parar los profesores mediocres de otros establecimientos. ¿En qué principios profesionales y éticos se sostiene la lógica de esta distribución?

Nadie sabe en qué punto se produce la chispa que enciende el fuego de las protestas. Pero para que ello acontezca es necesario que rápidamente se haya construido una mecha lista a encenderse con pedernal del primer roce de palabras, de gestos, de descalificaciones. Como es normal y repetitivo, el fuego procede del maltrato, del irrespeto, de los engaños, de las insatisfacciones, de los abusos de poder. Se ha conseguido lo que se había previsto. Hay un solo vencedor: el poder que cree fortalecerse con profesores sancionados, con estudiantes sancionados, con heridas que en el colegio harán historia. Sin embargo, la institución permanecerá y superará infinitamente al tiempo de lo político que es eminentemente lábil y perecedero.

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