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31 de Octubre del 2014
Ideas
Lectura: 6 minutos
31 de Octubre del 2014
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

La madre de Carlos Figueroa
Adela, la madre del médico Carlos Figueroa, en prisión por una sentencia de la justicia correísta, murió de cáncer mientras su hijo estaba en la cárcel. No pudo despedirse de ella.

Carlos Figueroa, médico, dirigente gremial, activista sindical, ha sufrido la muerte de su madre desde la cárcel. Nada, salvo la muerte de un hijo, puede ser tan duro: no ver partir a su madre para siempre, no poder despedirse, saber que por su prisión en una mazmorra no pudo atenderla como hubiera querido.

Carlos fue condenado a seis meses de prisión porque los jueces de la justicia del correísmo determinaron que él, junto a Cléver Jiménez  y Fernando Villavicencio, habían injuriado al Presidente por pedir al fiscal que investigue los sucesos del 30S, que costaron cinco muertos, y sobre todo que averigüe quien ordenó disparar al Hospital de la Policía Nacional.

El proceso, la sentencia y las consecuencias de esto ya son parte de la historia de una infamia. Los jueces que los condenaron, y que contribuyeron al drama de la familia Figueroa, tampoco serán olvidados.

El doctor Figueroa, gastroenterólogo, estuvo varios meses en la clandestinidad luego de dictada la sentencia, y junto con sus camaradas de infortunio reapareció protegido por la comunidad de Sarayacu. Esa fue la primera noticia que tuvieron de él su madre y su familia. Su madre quiso verlo entonces, viajar a la comunidad, pero un cáncer al páncreas lo impedía.

En un testimonio publicado por Plan V, una de sus dos hermanas, Zulema Mantilla, relató así el inicio del cáncer de su madre:

“Carlos, como médico, estuvo en la operación de nuestra madre. Fue operada del páncreas. Era una cirugía programada y los colegas de Carlos tuvieron el detalle de invitarlo a la cirugía. Ella debutó con un cáncer de páncreas, luego de una fuerte pielonefritis y empezó a deteriorarse. Esto fue en agosto del año pasado. A raíz de esto estuvo 40 días con fiebre en el hospital, no encontraban la causa, no sabían qué otros exámenes hacer. Carlos, con su ojo entrenado, pidió que se hiciera un Petcam y miró los resultados con detalle, hasta cuando encontraron un tumor en la parte posterior del páncreas. Luego empezó la quimioterapia, va por la sexta sesión. Está deteriorada físicamente, y emocionalmente ni se diga. Es muy difícil para mi madre sobreponerse, porque como ella dice, ya no tiene la fortaleza física. Ella tiene 75 años. Quiso visitar a Carlos en Sarayacu pero es imposible, no puede comer cualquier cosa, tiene una dieta especial y horarios estrictos, esos detalles no le han permitido verlo”.

Cuando Carlos fue detenido, el 23 de julio de 2014, estaba escondido en Quito. Su familia dijo que había abandonado la clandestinidad preocupado por la salud de su madre, entonces en quimioterapia. Desde entonces, su madre pudo verlo, aguantándose la angustia de ver a su hijo preso, aguantándose la enfermedad mortal, pero pudo verlo. Y eso de alguna manera fue un bálsamo frente al dolor adicional del cáncer pancreático, que finalmente la llevó a la tumba. Sin embargo, nada pudo paliar la angustia por la situación de su hijo.

Las primeras noticias sobre las últimas horas de la señora Adela dijeron que estaba en grave estado, en una clínica de Quito, y la defensa de Carlos, junto a la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos, había pedido a este gobierno que se permitiera al hijo preso asistir a los últimos momentos de su madre. No fue posible. Pidió también que pudiera asistir al funeral.

Ella murió el 31 de octubre del 2014, mientras el país político debatía sobre la decisión de la Corte Constitucional de negar la posibilidad al pueblo ecuatoriano de decidir vía referéndum si aceptaba o no la “reelección” indefinida para los detentadores del poder. La muerte simbólica de la democracia, de la participación ciudadana, del derecho a elegir. La muerte de la historia, porque pretender mantenerse eternamente en un punto fijo, aunque sea el más alto, solo equivale al estancamiento y finalmente a la descomposición y a la podredumbre. No se puede congelar la historia.

La muerte de la madre de Carlos Figueroa acontece el mismo día en que se quiere detener el tiempo. La muerte de una madre, sin poder ver a su hijo preso, es un símbolo de la ignominia y la vergüenza.

Al salir de esta lamentable digresión, debo enviar un mensaje a Carlos Figueroa y a Zulema. En su testimonio ella dijo varias frases maravillosas, salidas de su corazón sencillo: “No he podido hablar hasta hoy con mi hermano, pero sé cómo es él. Él es una maravilla, es un tipazo. Es un hombre cálido, dulce, bueno, solidario; él cuidaba de nosotras sus dos hermanas, con infinita ternura y cariño, porque mi mamá salía a sus actividades y él nos planchaba el uniforme, nos daba de comer, nos peinaba. Para nosotros es un hombre inmejorable, un hermano al cual respetamos porque nunca ha claudicado, su convicción siempre ha sido clara. Siempre ha sido de izquierda, un hombre del proceso social, de lucha”.

Y yo tampoco he podido hablar con Carlos, pero pienso lo mismo. Creo y sé que Carlos es un tipazo, que se la ha jugado siempre por lo que cree, que ha estado en pie de lucha siempre por la justicia y la libertad. Y que de esta dura prueba saldrá más fuerte aún, una mejor persona. No podrán destruirlo, y por eso conservo la esperanza.

[PANAL DE IDEAS]

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