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6 de Noviembre del 2023
Ideas
Lectura: 5 minutos
6 de Noviembre del 2023
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

La mafia de los jarrones chinos
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Antes de asumir el cargo, Daniel Noboa debe mirar con atención la realidad y aceptar que su principal desafío político será ahuyentar el fantasma de Lasso, reformar los aparatos de seguridad del Estado, pacificar las cárceles y las calles, abastecer los hospitales y crear empleo.

Si el presidente Daniel Noboa quiere gobernar, necesitará apoyarse en una coalición de partidos. A Adolphe Thiers, quien fue primer ministro del rey Luis Felipe I de Francia se le atribuye una expresión que seguramente dijo a mediados del s. XIX: “el rey reina, no gobierna”. Estos fueron tiempos de decadencia en la monarquía francesa y del surgimiento de la revolución de 1848, seguida por la instauración de la Segunda República y, finalmente, la elección de Luis Napoleón Bonaparte como presidente y la creación del Segundo Imperio después del plebiscito de 1852, que reconoció a Bonaparte como Napoleón III, Emperador de los franceses. 

Con esta expresión, Thiers sugería que Luis Felipe I era un rey cuya actividad política se limitaba a lo ceremonial. Sin embargo, sus debilidades crearon las condiciones para una revolución que derrocó a la monarquía, eligió un presidente y finalmente legitimó un emperador. Luis Felipe I gobernaba en una monarquía parlamentaria cuyos partidos dejaron de apoyarlo debido al descontento popular, las revueltas callejeras y las tensiones políticas entre liberales y conservadores.

Daniel Noboa es, sin duda, un presidente institucionalmente débil. Encabezará un gobierno de dieciocho meses con solo 14 de 137 escaños en el legislativo y se enfrentará a una situación preocupante en materia de seguridad y finanzas públicas. Si se somete al dominio del legislativo o destruye sus relaciones políticas, como Luis Felipe I, se dirá de él que “es un presidente que preside, pero que no gobierna”.

El presidente Guillermo Lasso fracasó inmediatamente después de incendiar todos los puentes de comunicación con las bancadas legislativas antes de su posesión en mayo de 2021. Si quería conservar el apoyo legislativo de su socio de campaña, el Partido Social Cristiano, pero, al mismo tiempo, negarse a pactar el indulto para los sentenciados del correísmo, Lasso debía negociar una salida ordenada. Sin embargo, no lo hizo, desde entonces cavó su propia tumba política y comenzó su larga despedida de Carondelet. Mientras tanto sus nuevos adversarios intentaron destituirlo una y otra vez debido al decidido desdén de Lasso por la política y los políticos. ¿Cuál es el mensaje de todo esto?

Un gobernante débil, que no ejerce control efectivo de su régimen y no maniobra eficazmente en el legislativo, creará las condiciones para el surgimiento de una protesta de proporciones masivas como ya amenazó un sector del movimiento indígena, un plebiscito constituyente y el regreso de alguien que se autoproclame emperador de los ecuatorianos, como quieren los correístas, tal y como pronosticó Adolphe Thiers en la Francia de Luis Felipe I. El manual es predecible porque nuestros revolucionarios también son personajes de manual.

Antes de asumir el cargo, Daniel Noboa debe mirar con atención la realidad y aceptar que su principal desafío político será ahuyentar el fantasma de Lasso, reformar los aparatos de seguridad del Estado, pacificar las cárceles y las calles, abastecer los hospitales y crear empleo. Tendrá que aceptar que nada de esto será posible sin un eficaz trabajo de operación política y que sin un bloque legislativo mayoritario tendrá que coexistir en la escena política con una pluralidad de partidos y la constante movilidad de legisladores entre los bloques asamblearios.

En la política ecuatoriana, hay un exclusivo club de conservación de tradiciones anticuadas. En el grupo hay desde fascistas polpotianos, hasta cheguevaristas y neoliberales. Son aquellos que desean que este gobierno fracase, que el país caiga en un caos desesperante, que se instale una asamblea constituyente y que regrese su emperador para tirar pétalos a sus pies y cantarle loas. Estos reaccionarios que se hacen llamar progresistas claman que sus estatuillas de museo vuelvan como si no hubiera nadie más para asumir el poder.

Aunque es ridículo ser revolucionario cuando no existe ninguna revolución, todavía quedan algunos en la Revolución Ciudadana que apuestan por el conflicto, la violencia y la ruptura constitucional. Muchos otros saben que esta etiqueta es superficial, que necesitan continuar sin depender de sus figuritas de anticuario y que el retorno del emperador es solo una superstición para asustar a los más tontos.

Hay 42 legisladores entre oficialistas, socialcristianos e independientes que podrían formar un bloque de 65 con los construye. Para hacer una mayoría invulnerable les faltarían 10. ¿Serán una decena de revolucionarios? Es posible, porque la otra opción es entregar el país a todo el bloque correista y socialcristiano, arrebatar el gobierno y la gobernabilidad al presidente, desatar su revolución violenta, traer el plebiscito constituyente y continuar con la absurda idea del retorno del emperador del cuadro y de su mafia de los jarrones chinos al poder.

@ghidalgoandrade

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