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21 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 9 minutos
21 de Septiembre del 2015
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La metamorfosis de la ideología
En "La historia me absolverá", Fidel Castro asumió su propia defensa haciendo gala de un gran conocimiento de las leyes y el derecho, así como de las doctrinas políticas de liberalismo, Montesquieu, Locke y Rousseau. Se advierte en su argumentación una ardorosa defensa de la democracia. “No nos alzamos en armas en contra de los Poderes Constitucionales del Estado; sino en contra de un poder único, ilegítimo, que ha usurpado y reunido en uno solo los Poderes Legislativo y Ejecutivo de la nación”, dijo.

La condena a trece años y nueve meses de la “justicia venezolana” a Leopoldo López por el delito de convocar y dirigir una marcha antigubernamental el 12 de febrero de 2014, recuerda a la que la “justicia cubana” impuso a Fidel Castro en 1953, tras el asalto al cuartel Moncada. En ambos casos, el alegato de los detenidos giró en torno al derecho a la rebelión de los pueblos que viven y sufren los abusos del despotismo.

En La historia me absolverá, Fidel Castro asumió su propia defensa haciendo gala de un gran conocimiento de las leyes y el derecho, así como de las doctrinas políticas de liberalismo, Montesquieu, Locke y Rousseau. Se advierte en su argumentación una ardorosa defensa de la democracia. “No nos  alzamos en armas en contra de los Poderes Constitucionales del Estado; sino en contra de un poder único, ilegítimo, que ha usurpado y reunido en uno solo los Poderes Legislativo y Ejecutivo de la nación”, dijo.  Pero el argumento central de su alegato fue la defensa de la resistencia frente al despotismo. “El derecho a la rebelión contra el despotismo, ha sido reconocido, desde la más lejana antigüedad hasta el presente, por hombres de todas las doctrinas, de todas las ideas y todas las creencias”.

Cincuenta años después en Venezuela, Leopoldo López, sin haberse alzado en armas, es condenado por un gobierno que ha incurrido en excesos similares a los de Fulgencio Batista, al  haber concentrado igualmente el poder y  abolido los derechos individuales y políticos de al menos la mitad de la población políticamente activa. La diferencia entre Batista y Maduro está en que el primero fue fruto de un golpe militar, mientras que el segundo fue electo en las urnas, en forma muy apretada y en condiciones de  muy dudosa transparencia. Maduro sucedió a Chaves, bajo su patrocinio, y ambos han gobernado a Venezuela por diez y seis años. La situación económica de Venezuela no es boyante y tampoco ha avanzado en cambios estructurales. La escasez de alimentos, el racionamiento, la inflación, han asolado al país. A lo que se suma la privación de los derechos políticos, de la libertad de expresión, la discriminación política y social.  Pero además el poder se sustenta no tanto en el apoyo civil de la población, cuanto en  las Fuerzas Armadas, convertidas en apéndice del gobierno.

López, igual que Fidel Castro,  se vio sometido a un proceso amañado, en el que no tuvo ni siquiera la posibilidad de exponer sus argumentos y razones como sí pudo hacerlo, con elocuencia y mucho sustento, Fidel Castro.

En ambos casos no hubo el debido proceso, los gobiernos tanto de Batista como de Maduro se ensañaron contra hombres idealistas que se jugaron la vida por salvar a la democracia.  Tanto Castro como López entendieron que su encarcelamiento no les implicaba solo a los dos, en tanto individuos, sino que perseguía detener y desarmar moralmente  la resistencia contra regímenes políticos opresivos. 

Las circunstancias, por cierto, fueron distintas, así como la ideología de estos líderes. Pero al margen de que el uno optó por el  socialismo y el otro, adhiera al pensamiento  liberal, ambos fueron víctimas de similares atropellos. Esos atropellos no se justifican por el color ideológico de un gobierno. En la ex Unión Soviética, el estalinismo acabó con la revolución de Octubre y mostró que la igualdad sin libertad no es la mejor manera de superar la dominación del capital.

La revolución cubana siguió un rumbo distinto del que Fidel Castro trazó en La historia me absolverá. Cuba no ha podido construir un régimen democrático.  Que ello se  deba en gran parte al bloqueo económico de los Estados Unidos, no le exime a la revolución de esta omisión. Quizá ello explique que Raúl Castro, a nombre de Cuba, haya reiterado su respaldo “absoluto” a la condena contra Leopoldo López, “frente a las campañas de descrédito contra la gestión del presidente Nicolás Maduro”. Nótese que tales campañas no son lo mismo que el bloqueo económico que impusieron los Estados Unidos a Cuba.

Ello supone una desmemoria histórica. El derecho a la insurrección en Cuba se asoció a los principios de la democracia; una vez alcanzado el poder el régimen cubano los abandonó, en nombre de la revolución y de la lucha antiimperialista. Algo semejante ha ocurrido con los gobiernos “progresistas” de América Latina, en especial el de Venezuela.  Tampoco ellos han sido respetuosos con los principios democráticos. Todos ellos alardean del monopolio de la representación. Ellos solos representan al Estado. Los gobernados son súbditos, no ciudadanos. El argumento de que hay una campaña internacional para dañar la imagen de estos gobiernos en modo alguno justifica las arbitrariedades del régimen de Maduro. Cuba está respaldando actos que en su momento fueron condenados explícitamente por Fidel Castro en su memorable alegato.

Pasar por alto  el ensañamiento  de un gobierno, que ya lleva diez y seis años usufructuando el poder, sin haber sido capaz de realizar una transformación de las estructuras económicas y sociales de Venezuela, contra un individuo al que se lo responsabiliza por los sucesos ocurridos en la marcha de febrero del 2014, supone terminar dando la razón a Batista por las medidas adoptadas en contra de los insurgentes del 26 de julio de 1953 en Cuba.

Y por cierto que hay una diferencia entre un levantamiento militar y una marcha pacífica. Pero aún así Fidel Castro tuvo razón en su alegato. Con mayor razón López que no se atrevió a tanto. López se entregó a la “justicia”, a pesar de las consecuencias y sufrió un castigo similar al que motivó la impugnación valiente y ardorosa de Fidel Castro.

El Estado cubano al solidarizarse con Maduro por la cobarde condena a Leopoldo López incurre en una condena postrera a la acción rebelde del líder de la revolución cubana. Si hubiera sindéresis en la conducta política de ayer y de hoy, habría podido y debido esperarse otro pronunciamiento del régimen hoy presidido por Raúl Castro. Las palabras que entonces, pronunció Fidel no dejan lugar a dudas:

“A medida que se desarrolló el juicio, los papeles se invirtieron: los que iban a acusar salieron acusados, y los acusados se convirtieron en acusadores. No se juzgó allí a los revolucionarios, se juzgó para siempre a un señor que se llama Batista… ¡Monstrum horrendum!... No importa que los valientes y dignos jóvenes hayan sido condenados, si mañana el pueblo condenará al dictador y a sus crueles esbirros”. 

Reflexión muy parecida a la de López:  “Con el corazón les digo que en estos momentos nadie puede estar más indignado, nadie más tentado a caer en la desmoralización y en la frustración que yo. Pero lejos de ello, les confieso que estoy más fuerte y más tranquilo que nunca y decidido a levantarme una y otra vez hasta lograr pacífica y democráticamente el cambio que tanto necesita nuestro país”. 

En el balance que Fidel Castro (1976) hizo de la trayectoria que siguió la revolución  para alcanzar la victoria sostuvo: “lo importante para abrir el camino hacia el futuro en determinadas circunstancias es la voluntad inquebrantable de lucha y la propia acción revolucionaria.”  También López exhorta a los venezolanos a no desmayar en su lucha por restablecer la democracia. La fe en la victoria de una u otra causa es la divisa de los combatientes por ideales superiores.

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