
La corrupción es como la levadura. Conduce a un régimen político a un proceso de fermentación parecido a la putrefacción. Corrompe todo lo que se ha mezclado con ella: jueces, ministros, servidores públicos, contratistas, corporaciones…, etc. Finalmente, las instituciones pierden consistencia y se vuelven moldeables, serviles al poder económico. Es como si la corrupción política hubiera sido privatizada. Como si corromperse fuera el precio que debe pagar un régimen para sobrevivir.
En el siglo IV a.C, Kautilya, consejero del Rey Chandragupta, escribió un famoso tratado llamado Arthsastra o «Ciencia de la Política» en el que recopiló las enseñanzas de los antiguos maestros sobre el arte de gobernar, los actualizó, reinterpretó y presentó una nueva guía de gobierno, tanto en lo político como en lo económico. Este tratado fue descubierto por Shamasastri a principios del siglo XX y transformó la concepción que algunos filósofos y politólogos tenían del sistema político indio. Llegaron a calificarlo, basados en la arrogancia y ese falso sentimiento de superioridad, como poco filosófico y hasta simplista pero, cuando apareció el Arthsastra, gran parte de la literatura moderna llegó a considerarlo -a Kautilya- como el «Maquiavelo de la India».
La importancia del Arthsastra tiene al menos dos razones: por un lado, porque describe tan sistemáticamente las estrategias políticas sobre el arte de gobernar que Weber le calificó como el verdadero maquiavelismo radical. Decía que si le ubicamos El Príncipe de Maquiavelo junto al Arthsastra, El Príncipe nos parecerá inofensivo, un librito inocente. Y por otro lado, porque abarca cuestiones sobre la correcta función de las instituciones públicas, así como los deberes y responsabilidades de los funcionarios públicos, entre los cuales se encuentra el combate contra la corrupción.
Por ejemplo, Kautilya clasifica más de cuarenta formas mediante las cuales los funcionarios corruptos pueden engañar al gobierno, al pueblo o a ambos movidos por su avaricia y señala metódicamente los castigos para cada uno, además describe una serie de pruebas que el Rey debeía realizar a sus colaboradores para cerciorarse de su lealtad: la prueba del miedo, de la honestidad, de la Kama, etc., y detalló las formas para prevenir el asesinato del Rey como: probar los alimentos, entrenamiento de aves para detectar venenos, barberos de confianza y esclavos especiales, distribución de plantas y aves para detener serpientes asesinas, construcción de pasadizos secretos, distribución de guardias de seguridad, etc.
En la sección sobre la Eliminación de personas que no favorecen a la sociedad, Kautilya dice que hay trece tipos de personas indeseables que acumulan dinero secretamente causando daño a la población como: los jueces y magistrados corruptos, los jefes de aldeas o departamentos que extorsionan al pueblo pidiendo dinero, los vendedores de narcóticos, etc. También menciona los tipos de delincuentes que pueden ser torturados y enumera dieciocho métodos de tortura: cuatro para delitos comunes y catorce para delitos graves.
En el siglo XV d.C, aparece El Príncipe de Maquiavelo, un tratado moderno “perversamente inocente” sobre el uso y la conservación del poder mediante cualquier medio. El 17 de mayo de 1521, Maquiavelo escribe a Guicciardini: «Creo que el verdadero modo de conocer el camino al paraíso es conocer el que lleva al infierno, para poder evitarlo». Lastimosamente, algunos regímenes políticos sólo conocen el camino que conduce al mismísimo infierno.
La esperanza que da Maquiavelo a los pueblos sumidos en la miseria política se encuentra en los capítulos finales de El Príncipe. Para conocer la virtud de un pueblo, dice Maquiavelo, es necesario verlo reducido a la indigencia en sus aspectos más visibles. Política y socialmente en estado de putrefacción. Sin rumbo, sin orden, arruinado, embaucado y víctima de toda clase de corrupción institucional.
En ese momento no hay otra alternativa más que la movilización nacional. Es un llamado a la acción. A combatir el fanatismo político, la corrupción y el dogmatismo ideológico para que las ideas vuelvan a vivir, a fluir. Cuando la corrupción ha infectado el corazón que sostiene a un régimen político, su razón de ser, su existencia misma se ve afectada. Entre otras cosas, lo que define la calidad de un régimen político es la consecución del bienestar público y cuando eso se ha degradado no hay nada más peligroso para un Estado, porque el servicio publico ha dejado de ser la principal fuente de motivación de un régimen que se ha inclinado por el bienestar privado.
Cuando las cárceles se llenan de pequeños ladrones mientras los grandes corruptos recorren el mundo, cuando la coacción y persecución se incrementa, cuando la libertad de expresión es censurada, cuando la tranquilidad social se encuentra alterada… En definitiva, cuando un régimen ya no tiene “la fuerza o la voluntad institucional” para combatir la corrupción, no es el fin del Estado, tan sólo es el final de un régimen corroído por la miseria de la corrupción.
Hannah Arendt, en su Diario Filosófico, se pregunta: «¡Qué aspecto tendría una filosofía de la política cien años antes de Platón!» Es decir, desde la decadencia de la Polis hasta la respuesta de Platón sobre la corrupción política es algo que todavía permanece abierto y, aunque han intentado explicar su declive y descomposición, es decisivo que la filosofía política y las ciencias políticas vuelvan a plantearse en tiempo presente el tema de la decadencia y la corrupción del Estado.
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