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10 de Octubre del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
10 de Octubre del 2018
Alexis Oviedo

PhD en Educación por la Universidad Católica de Lovaina, Maestro en Estudios Culturales y Desarrollo, Graduado en Economía. Ex gerente del Proyecto de Pensamiento Político de la SNGP. Docente universitario.

La mujer del César…
En todos los países donde gobernó y gobierna el “progresismo”; miles de sus simpatizantes devinieron en sus aborrecedores ante las declaraciones de Marcelo Odebrecht; pero, sobre todo, al ver la metamorfosis ocurrida en los otrora revolucionarios, izquierdistas y radicales.

Varios diarios citan la frase de un votante en las últimas elecciones presidenciales de Brasil: “Prefiero un presidente homofóbico o racista, a uno ladrón”. Sin duda la frase es desproporcionada, pues el racismo y la homofobia están entre los peores males de este mundo, vinculados a la intolerancia y al irrespeto a la alteridad, connatural al ser humano.

Desde otra perspectiva, el votante, más allá de su simpleza de razonamiento, responde a un fenómeno que ha vivido en estos últimos años.

Las razones de la victoria de Bolsonaro en la primera vuelta son diversas y pueden estudiarse desde la politología. Sin embargo, la frase del votante refleja una arista del descontento que lleva aparejada la decepción. Aunque los defensores de Lula digan que no hay pruebas contundentes en su contra, sus detractores desde la Operación Lava Jato dejaron ver cómo presuntamente él recibió dinero de Petrobras. En cualquier caso, quedó sembrada la duda. La mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo, dice el antiguo refrán.

Luego de una década de intentos fallidos, el Partido de los Trabajadores llegó al poder en 2003. Después de largos años de brega, millones de brasileros humildes se sentían representados por su presidente, el ex obrero metalúrgico. Desde los lejanos años 80 del siglo pasado, Lula representaba la antítesis de tipos como el expresidente Collor de Melo, acusado y destituido por escándalos de corrupción. Lula y el PT estaban del otro lado, en esa orilla izquierda que mundialmente se había ganado un imaginario de incorruptible, de representante verdadera de los pobres y adalid de la justicia. Esa, que tácitamente cumplía las palabras del expresidente Mujica, izquierda militante que no amaba el dinero, tan diferente a los políticos gamonales.

No solo votantes como el que prefirió creer en las vacuas promesas de un tipo con actitudes fascistas como Bolsonaro —antes que votar a los que traicionaron su confianza— crecieron en estos años. Y no solo en Brasil. En todos los países donde gobernó y gobierna el “progresismo”; miles de sus simpatizantes devinieron en sus aborrecedores ante las declaraciones de Marcelo Odebrecht; pero, sobre todo, al ver la metamorfosis ocurrida en los otrora revolucionarios, izquierdistas y radicales.

Las mieses del poder, el puesto de funcionario público de alto rango, el carro a la puerta con chofer y guardaespaldas, la posibilidad de hacer negocios directos o el convencerse que no tendrán una segunda oportunidad de tener un puesto así, sedujeron a muchos militantes “progres” a adscribirse a valores burgueses, que durante décadas –antes de hacerse con el poder– combatieron. Una vez insertos en los mandos de la estructura estatal, fueron hacia esa escala axiológica como un niño va hacia una bolsa de caramelos.

En esta ciudad, por ejemplo, me encontré hace poco con un amigo ex ministro, quien me saludó tranquilo. Pero hace un par de años, cuando ostentaba su cargo de secretario de Estado, miraba al horizonte y no conocía a nadie que no fuera de las altas esferas. Cuando me despedí del antiguo camarada recordé a aquellos compañeros de barrio devenidos en revolucionarios ciudadanos que ahora viven en “Cumbayork” y solo van al sur a cazar votos (no vivían en barrio burgués por opción militante, sino más bien por falta de plata). Evoqué a los que aún roban a sus asesores, mientras ejercen su calidad de asambleístas, a los que todavía ejercitan poses y boato, elegante actitud real, y todavía miran al horizonte de Mordor. Capaz que cuando se les caiga del dedo el anillo de Sauron, pensé, volverán a la normalidad, cómo mi amigo ex ministro.

Pero esa “inconsecuencia” no solo es patrimonio de los denominados “progres”.  Una ferviente activista antiminera y antipetrolera, tiene a su hijo en uno de los colegios más caros de la capital, donde los padres de los condiscípulos son precisamente eso, petroleros y mineros. Quizás ella ignora que la escuela es la institución reproductora por excelencia, de los valores del sistema a los que dice combatir y forjadora de identidades funcionales al mismo. ¿Defiende la educación pública, pero que tus hijos no estudien en ella?

Otra amiga feminista, mientras escanciaba un fino vino francés me dijo que la consecuencia no es fácil. A muchos izquierdistas, esta les resbala con aceite, pensé. Por un lado son más rojos que el ají y por otro, lucen delicadas carteras Louis Vuitton. Defienden la agroecología campesina y a la vez adoran consumir exclusiva y abundantemente en grandes centros comerciales Se espantan por la basura que inunda el planeta y desperdician comida sin medida. Dicen luchar junto a los pobres y buscan vivir en sitios alejados de ellos... Ser coherente es difícil, nos decía en la universidad un conocido docente trotskista, que adoraba frecuentar restaurantes caros. Cuando subrayábamos su contradicción, él decía con sorna: soy comunista, no franciscano.

Y sí, parece que lo más difícil es la coherencia con el ejercicio diario de la vida de uno mismo y ese aprendizaje constante parte de la autovaloración y la autoaceptación, pero sobre todo desde una buena formación política temprana, que valora la axiologia de comunidad y no el arribismo.

La mujer del César… Sí. Pero en cualquier caso, parece que Brasil será presidido por un facho evangelista, gracias también a inconsecuentes prácticas de sus oponentes.

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