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18 de Enero del 2021
Ideas
Lectura: 8 minutos
18 de Enero del 2021
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

La palabra adulterada
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Llevados por la costumbre aceptamos la corrupción y la palabrería de los malos políticos. Y también el ridículo, incluso lo esperamos. Su escenificación es, quizá, la mayor satisfacción que la política nos brinda, como si estuviéramos en un circo.

En Ecuador, como en todos aquellos países donde la mala política domina sobre la buena política, la palabra se emplea como un instrumento para deformar la realidad. No es un medio de comunicación, sino de manipulación. Los mecanismos de adulteración más usuales —hay muchos y pueden ser clasificados de diversas maneras— son de seis tipos: éticos: la mentira, la verdad a medias; la división: buenos-malos; lógicos: la ruptura de la lógica pregunta-respuesta y de la relación causa-efecto; retóricos: la hipérbole, el circunloquio, el eufemismo; tecno-burocráticos: siglas, tecnicismos y otras formas de metalenguaje; programáticos: los eslóganes; cognoscitivos: dogmas y lugares comunes.

A través de estos mecanismos, los políticos presentan una versión falsa o ficticia de la realidad, una “realidad alterna”. Convencidos como están de que el pueblo, siendo vulgo, se contenta con las puras apariencias, a la necesidad de certezas de la gente responden con el engaño y pretenden hacerle creer lo que ellos mismos no creen.

La palabra adulterada no es solo un atentado cognoscitivo, es también un atentado contra la dignidad de las personas. Basada en retorcimientos lógicos, la palabra adulterada permite al político presentar soluciones irracionales a los problemas públicos: los 1000 dólares por cabeza que ofrece el candidato Arauz en la actual campaña electoral son la muestra más palmaria de esto.

Aturdir, confundir, congelar al interlocutor, a través del uso del circunloquio es una habilidad que se enseña en la escuela de los malos políticos. En la mala política, las personas son libres (no siempre) de preguntar y los interrogados, absolutamente libres de responder cualquier cosa. Que no venga al caso, no importa. O, más bien, importa que no venga al caso, porque de esa manera se defienden y ocultan su ignorancia y sus verdaderas intenciones.

El circunloquio es una forma de hablar sin decir nada, que rompe la relación lógica entre la pregunta y la respuesta. Y, en este sentido, es un instrumento antiheurístico: aleja a las personas de la verdad y las desvía del camino del conocimiento. Cuando el político usa el circunloquio atenta contra el derecho del ciudadano a estar debidamente informado sobre los asuntos públicos. Y se burla de su buena fe y de su legítimo deseo de saber.

Basada en retorcimientos lógicos, la palabra adulterada permite al político presentar soluciones irracionales a los problemas públicos: los 1000 dólares por cabeza que ofrece el candidato Arauz en la actual campaña electoral son la muestra más palmaria de esto.

La hipérbole, dice el diccionario, “es la exageración de una circunstancia, relato o noticia”, una figura retórica que se utiliza para aumentar o disminuir algo de manera excesiva. A través de la hipérbole los malos políticos magnifican las ofertas electorales y los logros de su gobierno y minimizan sus errores, exagerando al mismo tiempo los errores de sus adversarios.

Con el uso de la hipérbole los malos políticos pretenden neutralizar las sospechas de la población en relación con sus actuaciones. A veces lo logran, pero los ciudadanos avisados saben que cuando más grita un político contra alguna conducta indebida, es muy probable que lo haga para alejar la vigilancia sobre sus propias malas conductas.

Toda comunidad es un sistema de convenciones y la más importante de ellas es la lengua. A partir de esta se han ido construyendo las convenciones del discurso político. El discurso que tiene como materia la palabra adulterada rompe con ellas. Su referente no son los hechos, sino la imaginación de los malos políticos; carece, pues, de correlato objetivo. Así, mientras el conocimiento nos conduce a los hechos, la imaginación del político nos conduce al vacío.

Como señala Mark Thompson a propósito del discurso de Donald Trump, en el discurso de la mala política reina la indeterminación. Un recurso retórico que reduce la responsabilidad del político sobre lo dicho, pues el margen de interpretación de sus palabras es muy amplio. Mientras mayor sea el nivel de abstracción discursiva, mayor será el margen de interpretación y equivocidad del discurso.

En un medio en el que reina la confusión a causa de la precariedad vital y el exceso de información, la gente está dispuesta a aceptar como plausible y verdadera la información que desafía la experiencia común y las explicaciones razonables. El pensamiento mágico es el pensamiento de la crisis, y la palabra adulterada es el elemento a través del cual puede expresarse. El discurso de la mala política es discurso mágico. Por eso, en las circunstancias que hemos mencionado, resulta más eficaz que el discurso razonable. Sobre todo si, mágico como es, nos remite al mito del líder, encarnación sintética del mago y el héroe.

Hacemos política como vivimos. Por lo tanto, la política es cultura. Es esta la que modela la forma en que la gente ve lo público y, eventualmente, maneja el poder del Estado. Si la mala política persiste y domina sobre la buena política es porque se ha convertido en costumbre. Y las costumbres, la mayoría de veces, se aceptan y practican de manera acrítica.

Llevados por la costumbre aceptamos la corrupción y la palabrería de los malos políticos. Y también el ridículo, incluso lo esperamos. Su escenificación es, quizá, la mayor satisfacción que la política nos brinda, como si estuviéramos en un circo.

El trasfondo de todos estos cambios es el buen uso de la palabra. Las instituciones educativas tienen un papel fundamental en esto. Si desde niños desarrollamos el amor por la palabra bien dicha —y lo bien dicho implica precisión, veracidad, coherencia y cohesión— no daremos oídos a los charlatanes. La cháchara política volverá, entonces, al sitio que le corresponde: el de las malas costumbres, las que por su capacidad para dañar la convivencia civilizada deben ser desechadas.

La academia tiene también un papel relevante en la educación política de los ciudadanos. Y debe buscar las mejores vías para cumplir esta tarea. El periodismo es una de ellas, pero con seguridad hay otras. El desafío es ponernos a pensar. Cuando gracias a una elevación del nivel intelectual general de la población haya más gente pensando sobre la política, tendremos una mejor clase política. Así, los políticos, con un mayor nivel intelectual que sus antecesores, estarán obligados a convencer y a rendir cuentas a una masa crítica, a la cual habrá que escuchar y convencer con las mejores razones.

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