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13 de Abril del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
13 de Abril del 2021
Ramiro J. García Falconí

Abogado penalista y defensor de derechos humanos. 

La peor tragedia del correísmo no es haber perdido las elecciones, sino su futuro
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Esa forma violenta de hacer política de Correa y sus seguidores, basada en la descalificación constante del otro, ya no es percibida con agrado por el gran electorado, que claramente hoy apuesta por un entorno de paz en el cual se pueda desarrollar tranquilamente la sociedad.

Las elecciones presidenciales ecuatorianas de 2021 han sido atípicas por donde se mire: una primera vuelta con diecisiete candidatos de los cuales apenas cuatro tenían alguna posibilidad de triunfo y una segunda vuelta en la que el ganador logró remontar una diferencia de doce puntos a su adversario, ya es como para poner a politólogos y estadísticos a estudiar el fenómeno.

Era previsible que el correísmo entre holgadamente al balotaje, con semejante dispersión de los demás sectores políticos. Lo que sí tomó a más de uno por sorpresa es la gran votación alcanzada por Yaku Pérez, que triplicó el número de votos obtenidos tradicionalmente por el movimiento Pachakutik, al cual representó. Y, sin duda, el otro factor con el que no se contaba fue la gran performance electoral de Xavier Hervas, que de ser un ilustre desconocido en la política pasó a un honroso cuarto puesto con más de quince puntos porcentuales de apoyo electoral.

Lo que pasó en la segunda vuelta sí se salió de todos los manuales tradicionales de estrategia y previsión política. Por una parte, un candidato supuestamente conservador que decidió dar un giro de ciento ochenta grados a su campaña y reinventarse completamente, incorporando nuevas formas de gestión electoral vía redes sociales y en lo material, invitando a dialogar sobre temas respecto de los cuales antes de toparlos se habría santiguado diez veces. Por el otro lado un candidato joven, que jamás pudo sacudirse la impronta de la tutela y vasallaje que sobre él ejerció Rafael Correa a lo largo de toda la campaña y que nunca pudo mostrar su supuesta formación académica superior; más aún, el debate presidencial, que era el escenario propicio, le fue notoriamente adverso.

Los errores fueron muchos e inexplicables para cualquiera con un mínimo de visión política. En un país desgastado por la pandemia y la crisis económica, el peor escenario a plantear era el de la venganza, la violencia y la confrontación. Pero Correa, fiel a su estilo y demostrando una vez más que su páncreas puede más que su cabeza, no se le ocurrió mejor idea que subir videos en los que amenazaba de forma desembozada a varias personas, empresas y agrupaciones.

El triunfalismo afincado en la certeza de que doce puntos de diferencia son irremontables, los hizo caer en prácticas propias de los peores años del autoritarismo de la década en que gobernaron y como siempre las amenazas de Correa fueron secundadas e imitadas por un ejército de seguidores y trols, que desde el anónimo y pese a su pequeñez ética, creyeron verse en posibilidad de acosar a quienes cuestionaban a su movimiento y candidato.

El resultado fue el triunfo de Lasso con una diferencia suficiente como para no dejar dudas de la legitimidad de su victoria y ubicar al correísmo en uno de sus peores momentos (sino el peor), no tanto por la derrota electoral en si misma, sino por los nubarrones que se ven en su horizonte a futuro.

Esa forma violenta de hacer política de Correa y sus seguidores, basada en la descalificación constante del otro, ya no es percibida con agrado por el gran electorado, que claramente hoy apuesta por un entorno de paz en el cual se pueda desarrollar tranquilamente la sociedad

El primer problema radica en la imposibilidad de reinventarse y rediseñar nuevas estrategias mientras la mano todopoderosa de Correa sea la que sujete las riendas de su movimiento. Sin duda el capital político de la organización se afinca en la popularidad del ex mandatario, pero sus límites de crecimiento también van anclados a las resistencias que este genera y que hoy por hoy son mayoritarias, como se corrobora en los resultados del domingo.

Esa forma violenta de hacer política, basada en la descalificación constante del otro ya no es percibida con agrado por el gran electorado, que claramente hoy apuesta por un entorno de paz en el cual se pueda desarrollar tranquilamente la sociedad.

El efecto sorpresa, que logró que en el 2006 irrumpa un semi desconocido Rafael Correa en el tablero político ecuatoriano, ya no existe más. Ya todos conocemos sus mentiras y nos hemos aburrido del discurso confrontativo y maniqueo, que no deja la menor posibilidad de aceptar la verdad y los argumentos que no provengan del “eterno presidente”. Se convirtió en una caricatura de sí mismo y sin duda una gran responsabilidad de la derrota de Arauz, sino la mayor parte, radica en la reacción que provoca Correa, para quien además mantener la boca cerrada y desaparecer estratégicamente no es una opción posible.

El otro gran problema que debe enfrentar el correísmo es la irrupción de nuevos actores del centro a la izquierda, con posibilidades electorales. Esa visión binaria que se nos ha planteado durante catorce años, que lee la estructura política ecuatoriana desde la dicotomía correísmo o derecha, simplemente no existe más y creo que ese es el mayor escollo que deberán superar si quieren sobrevivir a las próximas elecciones.

A diferencia de lo que pasó en Argentina, donde cada error de Macri era capitalizado por un kirchnerismo que se encargó de pulverizar a todos los demás actores de la tendencia, en Ecuador resulta evidente que las opciones políticas del centro hacia la izquierda tienen una presencia propia y no dependen en absoluto de lo que haga o deje de hacer el correísmo. Aún más, resulta claro que el voto de ese sector se decantó en la segunda vuelta por el candidato de derecha, al que vio como mejor opción o al menos, de inferior peligrosidad, que al representante de Correa.

El mapa político está claro y es una reedición del de 1997, en el que el roldosismo mantenía clara hegemonía en las provincias de la Costa a las que constituyó su bastión durante varios años. Ahora el correísmo ha tomado la posta y con su líder prófugo, su programa político fundamental se resume en el ya conocido “déjenlo volver”.

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