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13 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 11 minutos
13 de Abril del 2020
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La perspectiva global
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El caso de Ecuador no puede ser analizado al margen de los efectos de una globalización que acentuó los desequilibrios sociales y económicos y que le puso a la democracia de espaldas al desarrollo. El gobierno ecuatoriano puso por delante la vida sobre la economía, fue uno de los primeros países que tomó la dura decisión del confinamiento, el cierre de fronteras y el toque de queda.

Las críticas que formulan líderes políticos como Felipe González y Luis Rodríguez Zapatero, filósofos de la talla de Edgar Morin, o economistas Premio Nobel como Joseph Stiglitz, a la gestión de la globalización y al enfrentamiento de la actual pandemia, muestran la dimensión global de la crisis que el mundo está enfrentando.

“¿Por qué la globalización-una fuerza que ha producido tanto bien-ha llegado a ser tan controvertida?” se pregunta Stiglitz en El malestar de la globalización” (2002)
Entre las principales causas, Stiglitz destaca el papel jugado por las tres instituciones principales que gobiernan la globalización: el FMI, el Banco Mundial y la OMC. Las dos primeras surgieron a raíz de la Segunda Guerra Mundial, como “parte del esfuerzo concertado para reconstruir Europa y salvar al mundo de las depresiones económicas futuras”.

Sin embargo, el FMI sufrió cambios que le llevaron por un camino distinto al preconizado por el economista británico John Maynard Keynes. Dice Stiglitz: “Keynes se revolvería en su tumba si supiese lo que ha sucedido con su criatura”
Los préstamos de ajuste estructural desplazaron a los préstamos para proyectos de infraestructura. El desarrollo fue relegado a segundo plano. Ambas instituciones-el FMI y el Banco Mundial- fueron dirigidas por los gobiernos de los siete países más industrializados (G7)

Los ex gobernantes de España-González y Rodríguez Zapatero- suscriben “la carta abierta a los Gobiernos que conforman el G20 (distintas formaciones G que se han ido creando: el G5,  G7, G8 o G20 a lo largo del tiempo) de más de 200 personalidades que gozan de influencia intelectual o han mantenido responsabilidades de gobierno y en diversas instituciones supranacionales” (El País,8 de abril, 2020) En ella se les exige  “actuaciones concretas, cuantificadas, que atiendan a las dos prioridades existentes: la neutralización de los daños a la salud y el apoyo a las economías de los países con menor capacidad defensiva”.

Plantean la necesidad imperiosa de fortalecer mucho más la base de recursos sanitarios (personal, asignaciones a vacunas y terapias específicas). También recomiendan atender de manera preferencial a los países con sistemas de salud más débiles. En el terreno económico, señalan la necesidad de adoptar decisiones económicas igualmente globales  y que el FMI y el BM “desempeñen un papel activo en el suministro y movilización de apoyos financieros”, así como en la “suavización de la carga de las economías menos avanzadas”.           

Coinciden con Stiglitz en la necesidad de hacer al Estado más eficiente y sensible, ”reinventando la administración” Para ello, según el Premio Nobel de economía 2001, es fundamental ir a la reforma de las instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial, y que instituciones como la OMS (Organización Mundial de la Salud) tengan mayor apoyo en las actuales circunstancias.

Por su parte Edgar Morin, filósofo francés en entrevista con El País, 11 de abril de 2020, destaca los peligros del darwinismo social y la destrucción del tejido público en salud y educación. Sostiene que la interdependencia entre los países no ha llevado a un acercamiento entre los pueblos. Cada país está gestionando la pandemia de manera independiente, en unos casos haciendo prevalecer la razón económica sobre la razón humanitaria, en otra a la inversa.

O sea que la globalización, gobernada por las instituciones internacionales antes mencionadas, en las que no son los pueblos los que tienen voz ni voto, han privilegiado los intereses de ese capitalismo en el que se han generado los problemas de la pobreza y la desigualdad social, así como los daños al ambiente, la crisis general  de la democracia , la proliferación de armamentos, afectación de los derechos humanos y la emergencia de nuevos autoritarismos demagógicos. 

En ese marco en América Latina se han puesto en evidencia las complejidades del gobierno, como lo señala en el caso de Argentina, Carlos Pagni (La Nación, 6 de abril del 202). El debate en torno a las prioridades –vida o economía- así como una perspectiva de mediano y largo plazo, respecto de la “administración de la salida de las casa” luego del largo encierro al que nos ha sometido la pandemia, exige recurrir a la planificación.

¿Qué va a pasar una vez que termine la cuarentena en los más distintos campos del quehacer social?  Pagni muestra las limitaciones de las capacidades del estado y el gobierno que no pueden tener bajo observación los distintos aspectos de la crisis. No hay un control de la calidad de las decisiones.

El caso de Ecuador no puede ser analizado al margen de los efectos de una globalización que acentuó los desequilibrios sociales y económicos y que le puso a la democracia de espaldas al desarrollo.
El gobierno ecuatoriano puso por delante la vida sobre la economía, fue uno de los primeros países que tomó la dura decisión del confinamiento, el cierre de fronteras y el toque de queda.  

El caso de Ecuador no puede ser analizado al margen de los efectos de una globalización que acentuó los desequilibrios sociales y económicos y que le puso a la democracia de espaldas al desarrollo.

El Ecuador, se afirma en El País (abril 11 2020) “se ha convertido en el epicentro de la crisis en América Latina”. El Estado, “ha quedado desbordado ante la incapacidad de retirar cadáveres de los domicilios, especialmente en la ciudad de Guayaquil” Llama la atención el sesgo del calificativo usado por El País.

Guillermo Arosemena en Expreso (abril 12,2020) sostiene que el gobierno no dio los pasos  necesarios “para hacer un inventario del número de camas en los hospitales públicos y privados, estimar el número de los ecuatorianos que fallecerían con base a las estadísticas de los países atacados por el virus, estimar el número de ventiladores, respiradores y kits que se necesitarían para hacer las pruebas”.

En ese mismo rotativo, Francisco Huerta afirma “la pobreza extrema, la desigualdad social y un deteriorado Sistema Nacional de Salud, ya eran parte de nuestro paisaje antes de que llegue la Covid-19”
Según Morin, una de las grandes fallas en el manejo de la crisis de la pandemia es que “tenemos una conciencia dividida en compartimentos estancos, incapaz de ofrecer perspectivas unitarias. Hace falta, dice, entender las interconexiones: una crisis sanitaria puede provocar una crisis económica, que, a su vez, produce una crisis social, y por último, una crisis existencial.

El gobierno actual enfrenta una situación agravada por problemas no de ahora sino de décadas. El abandono del desarrollo y la extinción de la planificación, debilitaron la democracia reinstalada hace cuarenta años. No se puede esperar que en esas condiciones, el estado ecuatoriano tenga las capacidades que la crisis actual demanda.

Los gobiernos que se sucedieron desde 1979 se vieron asfixiados por la política que se impuso en los años ochenta, bajo el liderazgo de Ronald Reagan y Magaret Thatcher. Tales gobiernos se vieron obligados a someterse a la administración de la crisis según los lineamientos, precisamente del FMI. Tampoco la llamada “revolución ciudadana” pudo revertir esa tendencia y más bien se escurrió hacia oscuros intereses que malograron sus iniciales intenciones.

Las últimas medidas económicas responden a ese espíritu de conciliar las acciones para detener el avance de la emergencia sanitaria y trazar una estrategia para atender la emergencia económica, a través de una cuenta humanitaria manejada por representantes de la sociedad civil de la más alta y conspicua honestidad y conocimiento.

El debate en torno a estas medidas gira en torno a las responsabilidades del estado y del sector privado frente a la crisis.  Hay que evitar que en lugar de arribar a un consenso, se pretenda utilizar la emergencia con cálculos político-electorales.       

La posición de la Asamblea frente al Gobierno con relación al proyecto de emergencia económico   anunciado, no parece situarse en una perspectiva convergente.  Los conflictos entre los sectores políticos podrían prevalecer sobre la unidad que el país reclama para hacer frente con eficacia a la crisis que nos agobia a todos.

Pierre Burdieu, citado por Stiglitz, hace un llamado a   los políticos para que “se comporten más como estudiosos y entren en debates científicos basados en datos y hechos concretos”
Los políticos, sobre todo en época de campaña, apuestan a la oposición, sin entender que cuando sean gobierno, no podrán apartarse ni ignorar los dictados de la realidad, esto es, las restricciones de una crisis de magnitudes mayores a las que se enfrentaron gobiernos anteriores.

La ciencia médica y la legón de médicos que se juegan la vida por detener la ola expansiva de los contagios y la curación de los contagiados, es un ejemplo de cómo se puede aportar al enfrentamiento de la crisis del coronavirus, desde el conocimiento y la técnica.

Hace falta también que desde las ciencias sociales se aporte para lograr un manejo equilibrado  de las tres crisis que enfrenta no solo el Ecuador sino el mundo: la crisis sanitaria, la crisis económica, la crisis social, la existencial, y la política, sin ignorar sus interconexiones y los efectos de ida y de vuelta de las decisiones que se adopten en cada una.

[PANAL DE IDEAS]

Mariana Neira
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Gabriel Hidalgo Andrade
Gonzalo Ordóñez
Xavier Villacís Vásquez
Alexis Oviedo
Mauricio Alarcón Salvador
Consuelo Albornoz Tinajero
Pablo Piedra Vivar

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