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31 de Agosto del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
31 de Agosto del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

La plañidera de Carondelet
En vez de ser un estadista de verdad, Rafael Correa ya está llenando el vaso de lágrimas, igual que las lloronas de la antigüedad, que tenían esos vasos que se llamaban lacrimatorios y se depositaban junto al cuerpo de los difuntos ricos.

Mientras más avanza la crisis, más se le oye al presidente Correa quejarse de que no tiene política cambiaria, de que no tiene política monetaria, de que está maniatado frente a la apreciación del dólar y la depreciación de las monedas de los vecinos. Inclusive el jueves, cuando, en un gesto inusual se dignó conversar con los periodistas luego de la sesión de Gabinete, llegó a decir: “Dénme tipo de cambio y olvídense”. Verdades que reiteró que su Gobierno no abandonará la dolarización, porque él sabe que hacerlo implicaría un caos económico brutal, pero el martes ya había dicho que la decisión de dolarizar fue una “cantinflada”.

Correa no ha madurado desde la época del Foro Ecuador Alternativo. Muchos, y antes de que se constituyera ese foro, estuvimos en contra de la dolarización. Recogíamos las opiniones de los analistas de que era peor entrar en la dolarización que tener que salir de ella y ponderábamos la necesidad de una política monetaria soberana. Y sí, lo mejor habría sido que Mahuad no hubiera tenido que renunciar al sucre. Pero recuérdese cuándo y cómo se tomó la medida. Fue en una situación extrema, con el sucre hundiéndose a una velocidad pavorosa y una inflación desatada que rondaba 100%. Se dolarizó, y el ajuste fue durísimo, pero cuando vimos sus resultados tuvimos que rectificar: la dolarización trajo la calma y la estabilidad y ha resultado la mejor protección para el pueblo ecuatoriano, pues ha hecho que estos 15 años tengamos una inflación promedio de 4%, que haya relativa estabilidad en el valor de la moneda frente a los bienes, que la clase media pueda adquirir crédito para comprar una casa, un auto o emprender un negocio, teniendo la certeza de que la deuda no crecerá con una inflación incontrolada.

El problema no está en la dolarización. El problema está en que no tenemos reservas y que la política económica ha sido un desastre, con un gobierno despilfarrador y sin la más mínima previsión. Como bien se recordaba la semana pasada, si Correa sabía que no tenía política cambiaria ni monetaria, sabía que dependía de la política fiscal. ¿Y cuál ha sido la política fiscal del actual Gobierno? Peor que la de un tendero irresponsable: dinero que ha entrado en caja se ha gastado, sin jamás hacer un ahorro ni para pagar las cocacolas. Correa dilapidó los ahorros que el país había acumulado antes de su gobierno, a los que calificó como auténticos crímenes frente a las necesidades de la población y luego siguió gastando a manos llenas, en obras caras, en burocracia dorada, en viajes y en propaganda sin fin.

"El caso ecuatoriano es peor que el caso griego y español; tenemos moneda extranjera, importamos política monetaria extranjera, necesitamos que este momento se deprecie el dólar", se quejó Correa.  En Carondelet solo se oyen los plañidos por falta de moneda nacional. Y de un tiempo a esta parte el presidente se ha convertido en el gran defensor de las devaluaciones, ¿cómo así, si siempre todos los que teníamos un pensamiento progresista las condenamos? ¿No eran esas devaluaciones una de las características de lo que Correa, con tanto desprecio por su propio país, llama la “Banana Republic"?

Ecuador jamás fue una Banana Republic. Aquí no mandaron nunca la United Fruit o la Standard Fruit. Y la Revolución Juliana cortó de un tajo el poder de la bancocracia guayaquileña, representada en Francisco Urbina Jado, que ponía y quitaba ministros. Ni siquiera Luis Noboa, con todo el poder que tuvo, redujo al Estado ecuatoriano a fiel servidor de sus designios. Claro que influían en la política monetaria, en especial de ciertos gobiernos y lograban que se hicieran las devaluaciones, las que, en la época de las exportaciones prepetroleras de solo productos agrícolas de la Costa, fueron siempre una herramienta para enriquecer a los exportadores y empobrecer a la masa trabajadora. Con el petróleo cambió en algo el sentido de las devaluaciones, porque era La devaluación, que tanto añora Correa, era y es en los países que la practican, una herramienta para hacer pagar al pueblo el coste del ajuste, porque la moneda de un país que devalúa vale menos al día siguiente, por su propia definición. ¿O es que Correa cree que las devaluaciones de Colombia han hecho más rico a ese pueblo?

Tanta falta le hace a Correa la devaluación que no hay semana que no hable dos y tres veces de la misma. Porque, en el fondo, lo que quisiera es repartir al pueblo el costo de su imprevisión, de su gasto desbocado. En cuanto parece entrar en razón y achicar el tamaño del Estado sale a dar lecciones de periodismo y a decir a los comunicadores que allí no hay noticia, que es una cuestión de rutina, que es normal fusionar instituciones, y minimiza las acciones que su propio Gobierno pueden tomar para achicar el déficit, lo que manda una carga de mensajes que solo sirven para ahondar la brecha insalvable entre los verdaderos emprendedores y su gobierno (a los otros, a los rentistas les está yendo muy bien).

En vez de hacer sus deberes; de achicar en serio el tamaño del Estado; de recortar no US$ 2.200 millones que es apenas 6% del presupuesto, sino hacer una disminución en serio; de demostrar que le interesa el mediano y largo plazo y no la coyuntura inmediata; en vez de ser un estadista de verdad, Correa ya está llenando el vaso de lágrimas, igual que las lloronas de la antigüedad, que tenían esos vasos que se llamaban lacrimatorios y se depositaban junto al cuerpo de los difuntos ricos.

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