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27 de Octubre del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
27 de Octubre del 2021
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La polarización del estallido social
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El caso de Ecuador, difiere de Colombia y Perú. Mientras en estos países también ha sufrido una derrota el modelo neoliberal, en el Ecuador, tras el nefasto régimen de la revolución ciudadana, ha triunfado un proyecto que va en dirección opuesta al marcado por el correismo. Este Gobierno enfrenta la presión de los dos lados: la de quienes representan al correismo, y la de los sectores más duros del neoliberalismo.

Las rebeliones ocurridas antes de la pandemia, en Ecuador, Chile y Colombia, contrastan con las registradas durante la pandemia en Nicaragua, Venezuela y Cuba.

En ambos casos, hay un juego entre la ideología y la política. En los países sometidos a regímenes de fuerza, la protesta social aboga por la libertad y los derechos humanos. La sociedad civil busca emanciparse del verticalismo estatal. En los países donde rige el Estado de Derecho, las reivindicaciones son de orden económico y social.  Esto no significa, por cierto, que en los países llamados socialistas, el tema de la pobreza y del hambre se encuentren satisfechos.

En los países democráticos, las protestas se escudan en la ley y la Constitución. O sea, sus gobiernos reconocen el derecho de los movimientos sociales a salir a las calles y protestar. Solo si la protesta rebasa los límites establecidos en el ordenamiento legal, el Estado hace uso de la fuerza pública, en términos graduales y progresivos, según la magnitud de los hechos y circunstancias.

El discurso que anima las movilizaciones bajo la democracia, tiene una carga clasista: explotados contra explotadores. Y se propone evidenciar el compromiso de los gobiernos con el poder económico. Desde esta perspectiva, ponen en duda el carácter inclusivo de la democracia. Ésta, según tal versión, encubre la dominación de los ricos sobre los pobres. Su adhesión a la democracia, por tanto, es débil. De ahí que el juego conspirativo no les sea ajeno.

En las filas de quienes se alinean con el régimen constitucional, hay dos bandos: los partidarios del mercado, y los que invocan el paternalismo estatal. Unos y otros se disputan el derecho a dirigir los destinos de cada país. La democracia, dado su carácter, auspicia ese debate enmarcado en el pluralismo.   

En los países socialistas, donde la revolución ha devenido en la dictadura del Partido o de la burocracia, la lucha contra el hambre y la pobreza se la reprime con la fuerza y se la deslegitima con la ideología.  Las demostraciones callejeras del descontento social, el régimen no las escucha y las atribuye a los enemigos del sistema.  Tanto en Cuba, como en Venezuela y Nicaragua, la represión se ejerce para salvaguardar el poder revolucionario. Sin embargo en tales países “la imagen de continuidad de un proceso revolucionario” ha sido puesta en tela de duda. Según Gioconda Belli, poeta nicaragüense, se pregunta “¿Vendrán por mí? ¿Qué se sentirá ser encarcelada por la misma gente con la que peleé hombro a hombro para derrocar la dictadura de 45 años de los Somoza en Nicaragua?”(The New York Times)

El Ecuador requiere que los distintos actores sociales y políticos dejen a un lado sus intereses particulares y sus banderías ideológicas, y trabajen, conjuntamente, en la búsqueda de acuerdos para sacar al país adelante y afianzar la democracia. La coyuntura ofrece esa oportunidad.

    

Pese a que en Venezuela y Nicaragua, sus regímenes presumen de democráticos, el poder le ha sido arrebatado al pueblo, no hay elecciones libres y los gobernantes se perpetúan en el mando. La disidencia democrática es vilipendiada, los intelectuales, perseguidos y la opinión pública secuestrada.  Bajo estas condiciones, la protesta social adquiere otro significado. Sus dirigentes y participantes se exponen a toda clase de desafueros, perpetrados por regímenes neo monárquicos, en los que imperan clanes familiares: de ahí que la democracia ha vuelto a tener, en esos países, un carácter subversivo, como el que tuvo en las colonias norteamericanas en 1776 y en Francia en 1789 

La situación en Venezuela y Nicaragua, contrasta con la de Chile. Mientras en aquellos países la oposición es un crimen de Estado, con el argumento de que éste encarna la voluntad popular, en Chile la oposición socavó el predominio de la economía neoliberal, implantada en la dictadura de Augusto Pinochet, y refrendada por la coalición que la reemplazó. La victoria alcanzada tras las movilizaciones de octubre del 2019, en Chile,  se tradujo en la convocatoria a una asamblea constituyente, en la que la oposición ganó ampliamente. La Convención resultante de esas elecciones, se apresta a elaborar una constitución que sepulte la que dejó Pinochet. A partir de ahí, se aspira a gestar un nuevo pacto social que consagre un sano equilibrio entre posiciones polares.  Es un ejemplo de madurez y responsabilidad democrática.

El caso de Ecuador, difiere de Colombia y Perú. Mientras en estos países también han sufrido una derrota el modelo neoliberal, en el Ecuador, tras el nefasto régimen de la revolución ciudadana, ha triunfado un proyecto que va en dirección opuesta al marcado por el correismo. Este Gobierno enfrenta la presión de los dos lados: la de quienes representan al correismo, y la de los sectores más duros del neoliberalismo.

Es en ese marco que hay que evaluar la protesta última de la Conaie y del FUT. No parece que las demandas hasta ahora centradas en el precio de los combustibles contribuyan a definir mejor los términos del diálogo que la sociedad ecuatoriana exige.

El proyecto de reforma al Código del Trabajo presentado por el por el FUT permite una discusión más de fondo. Lo importante es alcanzar acuerdos mínimos que permitan enfrentar con eficacia el tema del desempleo y subempleo.

El Ecuador requiere que los distintos actores sociales y políticos dejen a un lado sus intereses particulares y sus banderías ideológicas, y trabajen, conjuntamente, en la búsqueda de acuerdos para sacar al país adelante y afianzar la democracia. La coyuntura ofrece esa oportunidad, no cabe desaprovecharla.  
       

La política debe ser rescatada de las trampas de la fe. Cuando el marxismo y el neoliberalismo se convierten en religión, la democracia corre peligro. Tanto la derecha como la izquierda deben hacer ese aprendizaje democrático para encontrar nuevas formas de conciliar la libertad con la justicia social.

[PANAL DE IDEAS]

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