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1 de Febrero del 2021
Ideas
Lectura: 6 minutos
1 de Febrero del 2021
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La política como negocio
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Ellos quieren que su voto les represente una ganancia real, no imaginaria, porque, en tiempo de vacas flacas, todo trigo es limosna. Los candidatos lo saben bien. Por ello no dudan en prometer, con juramento incluido, que, una vez ganada la presidencia, inmediatamente y por una sola vez, les entregarán un pingüe bono.

No suena bien. Sin embargo, la historia dice que es así. En el país, buena parte del quehacer político ha estado íntimamente ligada a los ideales y propósitos de un negocio, quizás el más importante y fructífero de todos. Ser presidente no es poca cosa. Y es preciso lograrlo a como dé lugar. En la campaña, da igual transitar por los caminos de la verdad como por los de la mentira, por la honorabilidad ética y social o por la de la vereda de la deshonestidad. Porque en la política del engaño, el fin justifica los medios. 

Sin embargo, es necesario realizar aclaraciones indispensables. Existen ciudadanos que poseen una férrea vocación política que los lleva a buscar afanosamente ciertos espacios de poder desde donde se proponen aplicar principios y normas políticas en bien de la ciudadanía. Como otros están movidos por el afán de implementar ciertas ideologías calificadas de izquierda. Honorable excepciones.

Hay que ganar la presidencia de la República mediante el voto popular. Esa es la democracia. Sin embargo, justo ahí es cuando hace su aparición lo pérfido de nuestra política. Porque entonces la lid por el poder se asemeja a una suerte de subasta. El que más puede invertir es quien asegura llevarse ese bien que le permitirá recuperar con creces lo invertido.

En esta subasta, quien más da, más lleva. Una pérfida lid de ofrecimientos. En las actuales elecciones, se ha llegado incluso al cinismo de ofrecer directa y patéticamente dinero en efectivo a cambio del voto. Por supuesto, no se lo dice así tan cínicamente, pero se lo camufla con el ofrecimiento de los bonos que se darán una vez que se ganen las elecciones. 

Hay que ganarPara un porcentaje de los votantes, y no solo de estratos populares, el ganar es literal. Ellos no pueden sino vender su voto al mejor postor. A ellos no les interesa ni la macro política ni la macroeconomía. Ellos quieren que su voto les represente una ganancia real, no imaginaria, porque, en tiempo de vacas flacas, todo trigo es limosna. Los candidatos lo saben bien. Por ello no dudan en prometer, con juramento incluido, que, una vez ganada la presidencia, inmediatamente y por una sola vez, les entregarán un pingüe bono. A los pobres se los puede engañar con baratijas. Esto lo saben bien quienes juegan a ser políticos.

Ellos quieren que su voto les represente una ganancia real, no imaginaria, porque, en tiempo de vacas flacas, todo trigo es limosna. Los candidatos lo saben bien. Por ello no dudan en prometer, con juramento incluido, que, una vez ganada la presidencia, inmediatamente y por una sola vez, les entregarán un pingüe bono.

¿Acaso no es esto comprar un voto de manera infame? Claro que sí. Pero las autoridades electorales, seguramente comprometidas en lo político-partidista, guardan un perverso silencio. Pese a que saben muy bien que esas promesas se hallan clara y específicamente prohibidas. Se sabe que. Una vez elegido, automáticamente se olvidará de sus promesas que ya no sirven para nada. Para algunos candidatos, el concepto de ganar es tomado literal e incluso físicamente. Se trata de lograr un suficiente beneficio que justifique con creces la inversión de muchos.

 “Carajo, ahora ya soy presidente, lárguense a sus casas,” increpó a sus seguidores que, al día siguiente de las elecciones, se congregaran alrededor de la casa del candidato ganador para exigirle el dinero ofrecido. Lo ofrecido a cambio del voto constituye siempre una inmoral charada.

Quizás para algunos candidatos el concepto de ganar las elecciones sea casi absolutamente fáctico. Se gana un bien del que habrá que sacar el mayor provecho posible. Para eso sirve el casi infinito campo de la corrupción. Por desgracia, no existe autoridad alguna que realice un balance real y serio de las finanzas y de las éticas electorales. 

Antiguamente, el cristianismo sostenía que todo poder proviene de Dios. De esta manera pretendía justificar, no precisamente el poder en sí mismo, sino la sumisión de los ciudadanos y esa suerte de invulnerabilidad jurídica del poder. 

¿Cómo fiscalizar las elecciones? Solo recordando que el poder proviene del pueblo y que los dineros que recibieron los candidatos para su campaña son bienes públicos y que por ende no deberían utilizarse sino exclusivamente en actos legítimos. Prometer bonos en efectivo es, pues, no solamente inmoral sino también perverso porque implica comprar la esperanza y las necesidades con dineros de mala ley. 

De esta manera se prostituyen las elecciones y la democracia. Se prostituye el país que podría quedar a expensas de falsos políticos algunos de los cuales lo único que esperan es la redención legal y política de ex gobernantes o de allegados implicados en algunos crímenes. Por ejemplo, algún candidato ofrece el retorno de un Correa santo, inmaculado y sabio. 

Es la humana necesidad de consuelo la que ha engendrado todas las ilusiones metafísicas, religiosas, y aun políticas. El error es creer que, si una idea es bienhechora, en el sentido de útil, por consiguiente, es buena y verdadera. 

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