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4 de Noviembre del 2015
Ideas
Lectura: 4 minutos
4 de Noviembre del 2015
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

La privatización del pensamiento
En este Ecuador de noviembre de 2015 encuentro ejemplos muy nítidos de la pretensión de privatizar el pensamiento. Creo que el prototipo por excelencia es el presidente Correa, quien a diario descalifica a quienes no coinciden plena y absolutamente con el y con sus mutantes afirmaciones. Pero no es el único.

Toda privatización constituye una transferencia o apropiación de algo público por parte de un grupo particular: privado. Los objetos privatizados por lo general suelen ser tangibles, evidentes. A veces, sin embargo, son algo inmaterial, como el pensamiento y las ideas.

Quienes se sienten dueños de la verdad, sean de derechas, de izquierdas, ricos, pobres, de clases medias, oligarcas, sufridores, correístas y no correístas son privatizadores. Lo son porque se han adjudicado, se han vuelto señores de una parcela de verdad, sustentados, por lo regular, en sus ideologías, en sus convicciones. Desde aquellos pedestales, estos privatizadores de las doctrinas denuncian y deciden quiénes tienen la razón y quiénes no. 

En este Ecuador de noviembre de 2015 encuentro ejemplos muy nítidos de la pretensión de privatizar el pensamiento. Creo que el prototipo por excelencia es el presidente Correa, quien a diario descalifica a quienes no coinciden plena y absolutamente con el y con sus mutantes afirmaciones. Pero no es el único. Algunos personeros del correismo, algunos de sus detractores, algunos de sus antiguos simpatizantes, algunos de sus ex coidearios, también algunos de sus nuevos colaboradores, incluidos los supuestos pragmáticos, se enmarcan en la misma matriz: yo tengo la verdad, la razón, los demás están equivocados, y con ellos, por tanto, no puedo unirme. Al contrario, debo apartarlos, privarlos de mi compañía; es inimaginable que pueda establecer una alianza, ni siquiera conversar. Menos aún plantearme una agenda común. Ellos son indignos de mi confianza, pues disienten, pretenden mirar la realidad desde otros prismas. Además, no postulan las certezas, ni los maximalismos. Avistan la vida, la realidad como plenas de incertidumbres, tienden a relativizar mucho y consideran que no hay verdades históricas ni para siempre. Debo abrir abismos de separación con ellos. No vaya a suceder que me convenzan…

Todo lo que he escrito me recuerda a un académico gringo, brillante, poco conocido y nada ortodoxo: Murray Edelman, quien falleció en 2001. Edelman sostiene en el único libro que, de lo que conozco, ha sido traducido al español, La construcción del espectáculo político, que el convencimiento sobre tener la verdad de algo es uno de los mayores peligros para la humanidad. Si disfrutamos de la certidumbre sobre la verdad, sobre la potencia de nuestras ideas, las seguiremos con mayor fuerza y podremos arribar, muy fácilmente, al fanatismo. Si dudamos, observaremos hacia los otros lados, seremos capaces de escuchar a quienes contradigan nuestros axiomas y verdades. Razonaremos que si alguien pone en tela de juicio nuestras suposiciones, a lo mejor tiene razón y vale la pena escucharlo. No lo convertiremos en nuestro enemigo y no nos sentiremos mal si titubeamos, vacilamos y nos equivocamos.

Ayer y hoy podemos hallar fácilmente ejemplos de fundamentalismos. Uno, aparentemente apartado, son los integrantes del estado islámico: convencidos de su verdad y enclavados en sus principismos, imponen a sangre y odio sus creencias. Más cercano y con otros métodos, brutales también, el bolivariano Maduro acaba de expresar que si llegara a perder las elecciones legislativas de diciembre “Venezuela entraría en una de las más turbias y conmovedoras etapas de su vida política y nosotros defenderíamos la revolución, no entregaríamos la revolución y la revolución pasaría a una nueva etapa". Más claro imposible: no aceptará los resultados electorales, la voluntad popular expresada en las urnas. ¿Qué posición tomarán la UNASUR, el ALBA, la CELAC si aquello anunciado acontece?

Los mayores desatinos de la historia humana, sostiene Edelman, han surgido de la certeza. La fe, la seguridad absoluta en los propios credos y en estar en lo correcto es la fuente de los dogmatismos, los integrismos. Transitar de ellos a la sinrazón apenas requiere de un soplo.

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