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26 de Noviembre del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
26 de Noviembre del 2020
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La razón electoral sobre la razón de estado
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Los líderes del movimiento Creo y el socialcristianismo apoyaron al gobierno en octubre de 2019. Resulta paradójico, por tanto, que ad portas de las elecciones, modifiquen su postura y se presten para censurar y destituir a la ministra Romo, sin duda, por cálculos electorales de dudosa efectividad.

El juicio político a María Paula Romo volvió a mostrar las similitudes de los llamados partidos políticos. Sus prácticas desdibujan sus identidades partidarias; borran las diferencias ideológicas, políticas y humanas. Sus intereses pequeños e intrascendentes prevalecen sobre los de los ciudadanos.

La defensa de la democracia quedó fuera del debate político. En octubre de 2019 se dio una confrontación abierta entre un “estallido social” y el orden constitucional. La protesta social no respetó las reglas del juego de la democracia. El uso de la violencia no provino solo del estado, no obstante ser tal facultad una de sus prerrogativas. También la ejercieron los manifestantes. Sus dirigentes la atribuyeron a la presencia de “infiltrados” La Asamblea no se reunió, lo cual frenó los intentos golpistas aupados por la “revolución ciudadana”. El presidente de la república tuvo que trasladar la sede del gobierno a Guayaquil.

Fueron la ministra María Paula Romo y el ministro de la Defensa, Oswaldo Jarrín quienes, bajo la dirección del presidente Lenin Moreno, tomaron con oportunidad las medidas necesarias para detener el golpe de estado, basándose en el uso progresivo de la fuerza.

Los líderes del movimiento Creo y el socialcristianismo apoyaron al gobierno en tal acción. Resulta paradójico, por tanto, que ad portas de las elecciones, modifiquen su postura y se presten para censurar y destituir a la ministra Romo, sin duda, por cálculos electorales de dudosa efectividad. Ellos, no obstante fungir de partidos del orden, terminaron por legitimar el desorden y la inseguridad institucional, poniendo en riesgo la autoridad estatal.

La clase política y los líderes sociales desaprovecharon una oportunidad para abrir un debate a fondo sobre dos concepciones distintas y hasta antagónicas de la política. En lugar de ello las bancadas legislativas y algunos actores sociales se enfrascaron en cálculos de rentabilidad electoral dejando a un lado su función como miembros de un poder del estado, las primeras, y la defensa de las prácticas democráticas, los segundos. Más bien terminaron implícitamente secundando las tesis del radicalismo de octubre.

El vaciamiento ideológico de ese acontecimiento que polarizó al país y a los ciudadanos le priva a la contienda electoral de contenido. Este error resta credibilidad a los candidatos de la alianza Creo-socialcristianismo. Con sus votos hicieron el juego a sus enemigos naturales que de seguro serán sus más enconados adversarios si el ahora presidenciable Guillermo Lasso tuviera el favor del electorado. Esta ceguera de la derecha puede pasarle factura y tener efectos contraproducentes para las elecciones de febrero, y no se diga para un eventual gobierno de esta tendencia.

Los líderes del movimiento Creo y el socialcristianismo apoyaron al gobierno en octubre de 2019. Resulta paradójico, por tanto, que ad portas de las elecciones, modifiquen su postura y se presten para censurar y destituir a la ministra Romo, sin duda, por cálculos electorales de dudosa efectividad.

Es difícil entender las causas de este viraje. Fue una decisión histórica que puso a prueba a toda la clase política representada en la Asamblea. Tampoco se entiende el comportamiento de los legisladores que dieron su voto en favor de la censura y de la destitución. Este juicio político careció de solidez, ahondó aun más el desprestigio de la Asamblea y de la política, convertida esta vez, en caja de resonancia de la avidez electoral.

Los mensajes dados a la ciudadanía con tal veredicto son equívocos.  Dan lugar a una mar de lecturas e interpretaciones. ¿Oposición a un gobierno que está de salida para capitalizar el descontento social derivado de muchos factores y no solo de la acción gubernamental? ¿Temor a la figura de una mujer joven, talentosa y valiente con una trayectoria destacada y convicciones firmes, ante futuros eventos electorales? ¿Sembrar división y confusión en las filas de una eventual convergencia democrática que dejaría campo libre a una tendencia que no apuesta a la estabilidad política sino a un escenario que atice las contradicciones y el conflicto social?

Hay en camino una desvalorización del sistema democrático derivado de una acumulación de problemas críticos que no han podido ser afrontados de manera efectiva por los gobiernos de turno. A la población le importa poco la disputa entre los aspirantes al solio presidencial o a las curules de la Asamblea. Su experiencia de décadas le ha vuelto incrédula dados los incumplimientos de unos y de otros.

El mal funcionamiento de la democracia y las prácticas dominadas por la coyuntura y la mirada corta tienen gran incidencia sobre la marcha de la economía. La economía no puede dar por resueltos los problemas políticos básicos. Allí reside el error de la concepción tecnocrática. Las decisiones que en el nivel económico toman los gobiernos, como la eliminación de los subsidios, acarrean disturbios políticos que pueden amenazar la paz social. Y sin ella no hay crecimiento económico sostenible.

La lucha electoral, como se aprecia, se orienta prioritariamente a conseguir votos, aun a costa de principios e incurriendo en claudicaciones vergonzosas como las del juicio político, y no a analizar ni discutir los graves problemas que afectan a la población. Su inmediatismo les impide alcanzar una comprensión cabal de la complejidad de la situación por la que atraviesa el país. 

La campaña electoral en esas condiciones es un circo en el que se mueven acróbatas de las circunstancias que procuran sacar provecho de las deficiencias de sus contendores, o del gobierno que está de salida, pero no de sus propios méritos.  Es una competencia entre actores con iguales limitaciones que no garantizan cambios reales en la conducción política.

Sin verdaderos partidos políticos, la democracia se vuelve muy vulnerable y sin espíritu de partido, como afirma Gramsci, no hay espíritu estatal.” El individualismo no es más que un apoliticismo animalesco” Es lo que prima cuando en lugar de partidos, hay agrupaciones amorfas manejadas por cúpulas oligárquicas. Las organizaciones que existen son membretes o maquinarias electorales. Este déficit estructural es fuente de un manejo irresponsable de la política pública, que conlleva la corrupción y garantiza su impunidad.

[PANAL DE IDEAS]

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