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25 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
25 de Abril del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La reconstrucción del tejido social
La visión centralista de la acción colectiva para enfrentar la catástrofe que ha puesto de manifiesto el presidente Correa, además de menospreciar “las donaciones de latas de atún, suministros y ropa”, impide la articulación de esfuerzos provenientes de las más diversas organizaciones.

La tragedia sufrida por el Ecuador el 16 de abril del 2016 pone al Gobierno y a la sociedad ante el dilema de sucumbir ante la “fortuna” o  reorientar la acción del gobierno hacia la reconstrucción del tejido social.  La creencia de que la fortuna marca el destino de un país fue rebatida, como fatalista, por  Nicolás Maquiavelo (1469-1527) en El Príncipe. La fortuna, dice, “es árbitro de la mitad de nuestras acciones (…) es comparable a un río fatal que cuando se embravece inunda llanuras, echa a tierra árboles y edificios, arranca terrenos de un paraje a otro”. Ello se torna más devastador cuando “no se han construido diques y esclusas, en tiempos de calma”.

Pero Maquiavelo utiliza esta metáfora para referirse a las adversidades políticas, pues también frente a ellas hace falta estar preparado; “hay que oponerse a la fortuna”, esto es, no hay que dejar que ella nos domine. Eso sólo puede lograrse si el “príncipe” reduce su dependencia de las circunstancias, ya sean favorables o desfavorables.

En todo caso, “es dichoso aquel cuyo modo de proceder se halla en armonía con la índole de las circunstancias”, mientras que es desdichado “aquel cuya conducta está en discordancia con los tiempos”.
Mientras para Maquiavelo el arte de gobernar consiste en salvar al principado y dentro de él al príncipe, antes que al territorio y sus habitantes, para Michel  Foucault (1926-1984), agudo filósofo francés, el arte de gobernar se convierte en algo diferente. Se trata de gobernar “cosas”, entendidas como las riquezas, los recursos, los artículos de subsistencia y el territorio, con sus características. Pero esas cosas comprenden también las relaciones entre hombres y mujeres, sus lazos, sus imbricaciones con esas cosas.

¿Qué es gobernar en términos modernos? se pregunta Foucault; y basándose en el texto de Guillaume de La Perriere, de 1555, desarrolla la metáfora del navío: “Es hacerse cargo, desde luego de los marineros, pero al mismo tiempo de la nave y su cargamento; gobernar un navío es también tener en cuenta los vientos, los escollos, las tempestades, las inclemencias del tiempo”.

O sea que gobernar dejó de ser la relación entre autoridad y súbditos, y pasó a ser el gobierno de las poblaciones; la población emergió como un nuevo sujeto político diferente del pueblo. A la relación política normada por la ley y el derecho, se agregó la relación del Estado con la población que comprende las “cosas”, los bienes, los recursos, las riquezas, etc, lo cual le impone al Estado otras responsabilidades, si se quiere mayores o más amplias de las que el “príncipe” se ocupó y que fueron el fundamento de la concepción de Maquiavelo.

Esto, por cierto, modificó la manera de gobernar. Foucault habló de una “física del poder”; de una tecnología, más que de ideologías, del gobierno económico además del político, de la “seguridad” más que de la “disciplina”. El ejercicio del gobierno le compromete a todo el Estado, ya no solamente al “príncipe” y ello entraña organización a distintos niveles, y una eficiente coordinación. 

El gobierno ecuatoriano enfrenta en la práctica esta disyuntiva: hacerse cargo de sí mismo, de su propia sobrevivencia, del “principado”, como lo entendía Maquiavelo, o de la seguridad de la población que es la esencia de la gubernamentalidad, así llamada por Foucault; la gubernamentalidad le concierne al Estado, a una malla institucional que debe actuar coordinadamente. Requiere de gran preparación técnica; la capacidad administrativa debe primar sobre otro tipo de parámetros. Gobernar implica, ante todo, gobernar a la población, atender sus problemas y necesidades, diseñar un plan de acción que contemple la descentralización de la gestión del Estado. Sin recursos, dada la crisis económica, el Gobierno no puede afrontar solo la emergencia; mucho menos si se mezclan los requerimientos fiscales con los de la reconstrucción de las zonas devastadas por el terremoto.

Los paquetes tributarios han sido pensados más en términos  de los primeros, que de los segundos, y ello despierta sospechas sobre el escrupuloso manejo de éstos. 

Guillaume de La Perriere, citado por Foucault, señaló que un buen gobernante debe tener “paciencia, sabiduría y diligencia”. Sobre la paciencia, tomó el ejemplo del “rey de las abejas”. Éste “reina sin necesitar un aguijón”. O sea, de un “instrumento para matar, una espada para ejercer su gobierno”. “Debe tener paciencia y no ira”. En lugar de ello debe tener sabiduría y diligencia. La sabiduría consiste en el conocimiento de las cosas, de “los objetivos susceptibles de alcanzarse si se actúa como se debe para alcanzarlos”. En cuanto a la diligencia, ello supone gobernar “en la medida en que considere y actúe como si estuviera al servicio de los gobernados”.

La visión centralista de la acción colectiva para enfrentar la catástrofe que ha puesto de manifiesto el presidente Correa, además de menospreciar “las donaciones de latas de atún, suministros y ropa”, impide la articulación de esfuerzos provenientes de las más diversas organizaciones. Peor si apela al “aguijón” y amenaza con la cárcel al damnificado que ose reclamar.

Se impone, pues, una visión descentralizada de tal acción colectiva. En el seminario conducido por la Red Global de Profesionales  del periódico The Guardian realizado en enero de este año, según da cuenta la Revista de El Universo, de 24 de abril de 2016, un grupo de expertos en desastres humanitarios destacó la importancia de las comunidades en las tareas de la reconstrucción. Ésta no debe quedarse en “reconstruir la destrucción” sino en ir más allá, convirtiendo al desastre en una oportunidad para el cambio, lo cual supone un “enfoque proactivo en el manejo de riesgos”.

Hace falta diseñar un plan de contingencia y un plan de reconstrucción no sólo física sino humana. Hace falta que el Gobierno y en especial, el presidente Correa adecúe su “modo de obrar” a las nuevas circunstancias, de manera de que le ponga al país en resguardo de la mala fortuna. No cabe que mantenga el mismo estilo de mando que le dio resultados en otro contexto. El terremoto ha cambiado la realidad; le ha dado un vuelco.

Volver a poner en la agenda el tema de la reelección presidencial supone poner por delante el enfoque del “principado”,  del que se ocupó Maquiavelo, y relegar a segundo plano el de la “gubernamentalidad”.  No cabe distraer la atención del país hacia proyectos personalistas que consumirán recursos, ya de por sí escasos, y ahondarán la división, en lugar de promover la unidad de los ecuatorianos.

La manera cómo el Gobierno está atendiendo la tragedia muestra la supeditación de la técnica a la política. El presidente Correa ha desarmado su gabinete encargando a sus colaboradores de confianza la “dirección de tareas de rescate y de entrega de donaciones en las zonas de mayor afectación”, según información del diario El Comercio. En su ausencia ¿quién se ocupa de las funciones y tareas propias de la Vicepresidencia y de los ministerios?

El Gobierno está dando señales equivocadas; ello genera desconfianza e incertidumbre. Ya sugiere el columnista de El Comercio, Gonzalo Maldonado Albán, que el “Ejecutivo acepte que no está en capacidad de manejar el país en las actuales circunstancias y que invite a compatriotas de prestigio y credibilidad, que no pertenezcan a su movimiento, a formar parte del Gobierno, hasta que termine su período”. Su argumento tiene sentido; a los propios estrategas del régimen debería interesarles. Está en juego el futuro no sólo del Gobierno sino del país.

[PANAL DE IDEAS]

Francisco Chamorro
Mauricio Alarcón Salvador
Ramiro García Falconí
Patricio Moncayo
Aparicio Caicedo
Carlos Rivera
Xavier Villacís Vásquez
Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
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