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21 de Octubre del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
21 de Octubre del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La revolución del vandalismo
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La siembra del caos siempre ha sido una buena estrategia para que los políticos pesquen en río revuelto. Y esta fue la estrategia: dominado Moreno y envueltas en el caos las principales ciudades del país, el retorno del redentor Correa se convertiría en una necesidad política inapelable.

Lo sospechamos desde el momento en el que campesinos e indígenas decidieron caminar hacia Quito para presentar directamente, cara a cara, sus reclamos y sus enojos al presidente Moreno. Al mismo tiempo, ya se sabía de las reuniones de correístas con su líder para injertar sus acciones desestabilizadoras en el cuerpo de las protestas campesinas e indígenas. Por su puesto, esto en la Venezuela de Maduro, el líder por excelencia de la antidemocracia y de la corrupción latinoamericana. 

Allí, AP armó sus estrategias para crear un caos nacional de tal magnitud que determine que Moreno o bien renuncie o bien sea destituido por la Asamblea. AP entró al campo de las protestas con las manos llenas de todo lo necesario para sembrar el caos y la violencia. Entró con su historia de persecución y de muerte.

Por otra parte, parecería que se pasó por alto el hecho de que Correa, cuando presidente, organizó un ejército armado de civiles, una suerte de falange de revolucionarios, destinado a defender con la vida su revolución. Este grupo no habría desaparecido con el advenimiento de Moreno. Todo lo contrario: con el distanciamiento de los antiguos amigos, esta falange posiblemente se cohesionó y se preparó más para defender a su líder y al partido a quienes Moreno había sido groseramente infiel. ¡Qué bien actuaron en la última marcha indígena! Seguramente a ellos les pertenecen los grandes destrozos urbanos como, el de la Contraloría y el canal 4 de TV. ¿Nada de esto supo Inteligencia Militar? 

La siembra del caos siempre ha sido una buena estrategia para que los políticos pesquen en río revuelto. Y esta fue la estrategia: dominado Moreno y envueltas en el caos las principales ciudades del país, el retorno del redentor Correa se convertiría en una necesidad política inapelable. Así, el levantamiento indígena se constituiría en una oportunidad calva para caotizar el país y enfrentar directamente a Moreno atrapado en su supuesta debilidad hasta obligarlo a renunciar. Desbaratar el orden constitucional sería parte importante de esa horda correísta encargada de sembrar el caos en el país. 

Y el caos se produjo. Y Moreno no estuvo suficientemente preparado. Parecía que ni el ministerio de la Política ni el de Defensa valoraron la magnitud de lo que se planificó en Venezuela ni lo que en realidad podía acontecer. Da la impresión de que en ciertos espacios políticos estratégicos se dormía el sueño de la ingenuidad, por decir lo menos. Solo así se explicaría que el gobierno no haya respondido inmediata y eficientemente a la violencia incluso habiendo ya constatado las estrategias y los medios con los que se atacaba a Quito. Si hubiesen estado adecuadamente informados y preparados, se habrían anticipado a los acontecimientos.

Moreno no estuvo suficientemente preparado. Parecía que ni el ministerio de la Política ni el de Defensa valoraron la magnitud de lo que se planificó en Venezuela ni lo que en realidad podía acontecer. 

En los tiempos modernos, no se conoce algo parecido a lo que aconteció en Quito. Las huestes, al darse cuenta que no podían dar el tan anhelado golpe de Estado, optaron por atacar aquello que, de una u otra manera, representa al poder de la ciudad capital, sede del gobierno. Entonces la destruyen como si destruyesen a Moreno y a su régimen, como si lo asesinasen. Y esto es más que una metáfora: de hecho querían la cabeza del presidente y la de la democracia. 

La prefecta de Pichincha y unos más ya están tras las rejas. Otros se asilaron en la embajada de México. ¿Por qué precisamente ahí? Como si México se hubiese convertido en el lugar de acogimiento de quienes atentan en contra de nuestra democracia. ¿Por qué los revolucionarios malhechores se sienten libres para atentar en contra de la democracia latinoamericana? Se trata de expandir esa revolución cuyo modelo más cercano es la Venezuela de Maduro, el país en el que es absolutamente normal morir de hambre.

México sabe bien que no se trata de perseguidos políticos sino de delincuentes comunes que atentaron no solo contra el orden estatuido del país sino que además causaron muertos y heridos. México no debería convertirse en el pacífico y benévolo acogedor de ciudadanos que se aprovecharon del poder para enriquecerse, para perseguir a sus opositores, para traficar drogas incluso en valijas diplomáticas. Todos ellos tienen las manos sucias, algunas manchadas con la sangre de no pocos inocentes. 

En honor al país, la justicia no puede cruzarse de brazos y contentarse con poco. Qué perfecta la prefecta de Pichincha: cómo ha utilizado su cargo para desestabilizar no solo al gobierno sino al país. Eso se llama eficiencia política y administrativa. 

Hay autores y cómplices intelectuales y materiales. Los primeros, sobre todo quienes se encuentran fuera del país, vivirán a su manera la frustración de haber fallado, de no haber logrado abrir un camino ancho y seguro para el retorno de Correa, el mesías.

Pero, probablemente, ya habrán comenzado a imaginar una nueva estrategia más eficaz. Correa, lo conocemos, no es de aquellos que se rinden fácilmente. Sus ansias de poder y su cinismo son tan inmensos que difícilmente renunciará al negro propósito de hundir a Moreno. Sus compinches volaron a refugiarse en la embajada de México. Por de pronto, intocables. Hay que esperar que el Gobierno de México actúe sensatamente y niegue el asilo político a ciudadanos ligados al terrorismo político internacional. 

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