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18 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
18 de Abril del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La sociedad a remolque
Otorgarle al Gobierno la facultad de decidir sobre hábitos de consumo es abrirle otra puerta para su intromisión en ámbitos en los que los ciudadanos son libres de decidir. La acción conjunta de la Secretaría del Buen Vivir con los ministerios de Educación y Salud, si bien configura una política pública, pone a los destinatarios de esta política bajo el “cuidado” de una burocracia que decide por sí y ante sí qué es bueno o malo para ellos.

En la entrevista a Freddy Elhers en Ecuavisa el 13 de abril del 2016, pudimos conocer algunos conceptos en torno a lo que la “revolución ciudadana” entiende por “buen vivir”. La Secretaría del Buen Vivir se ha asignado la tarea de educar a los ecuatorianos en “valores”, bajo la premisa de que si bien las carreteras son necesarias, cuentan mucho las actitudes de quienes las usan con sus medios de transporte. Lo mismo se aplica para  las construcciones escolares; cuentan tanto o más los maestros. El objetivo, por tanto, es muy ambicioso: cambiar los valores de los seres humanos.

La función de formar a los ciudadanos en valores le coloca al Estado por encima de la familia, de la comunidad, de las etnias, de las regiones, de las religiones.  El “buen vivir” es, al parecer, “universal”, cobija a todos independientemente de sus diferencias.  Esta concepción parte de algunas premisas que vale la pena reparar.

Una de ellas es suponer que hay “una única forma de vida correcta”. Quienes la conocen están en el deber de enseñar a los que no la conocen; pero si son parte de un gobierno, tal labor se verá contaminada de ideología. Si el gobierno define  cuál es la forma de vida correcta no hay cómo evitar que la política entre en juego. Esto es tanto más grave cuando el gobierno profesa una ideología invasora de la privacidad.

El propio entrevistado alabó que en el Ecuador se haya abolido los casinos. Resaltó la importancia del semáforo para que el consumidor ingiera alimentos sin exceso de azúcar y otros elementos dañinos para la salud. Destacó el valor de la prohibición de la venta de alcohol los domingos. Las intenciones hasta podrían ser loables, como cuando el presidente Correa arremetió contra el consumo de la comida “chatarra”.

La manera cómo se encaran estos consumos considerados nocivos para la salud plantea, sin embargo, conflictos con la libertad de los consumidores, en tanto individuos capaces de discernir lo que es bueno o malo para su salud y bienestar.

Otorgarle al Gobierno esa facultad es abrirle otra puerta para su intromisión en ámbitos en los que los ciudadanos son libres de decidir. La acción conjunta de la Secretaría del Buen Vivir con los ministerios de Educación y Salud, si bien configura una política pública, pone a los destinatarios de esta política bajo el “cuidado” de una burocracia que decide por sí y ante sí qué es bueno o malo para ellos.

¿Y cómo se ejerce y aplica esa política pública? Puede ser a través de la educación, pero si se parte de presupuestos racionalistas,  los educandos-analfabetos, semianalfabetos, escasamente instruidos- serán catalogados como “irracionales, heterónomos” , necesitados, por tanto, de coacción. Y peor si además, se parte de convicciones ideológicamente normativas e imperativas. En ese caso, se les adjudicará apelativos injuriantes, como “burgueses”, “neoliberales”, “reaccionarios”, “proimperialistas”, “traidores”, “vende patrias”, entre otros.

Isaiah Berlín, filósofo británico y ruso, lo explica muy didácticamente: “si tu no puedes entender tus propios intereses como ser racional, no se puede esperar que te consulte o atienda tus deseos mientras te hago racional”. Pero Berlín va más lejos: “la violación activa de sus vidas es propio de los dictadores, inquisidores y matones que buscan justificaciones morales o hasta estéticas, a su comportamiento.”

Pero ocurre que esos hombres y mujeres a los que se pretende transformar no son parte de una “amalgama deforme, una unidad estadística sin atributos propios, identificables, sin rasgos y propósitos específicamente humanos pero míos”. Y aquí viene lo medular: “Las únicas personas que pueden reconocerme así y proporcionarme, por tanto, la sensación de ser alguien, son los miembros de la sociedad a la que siento pertenecer históricamente, moralmente, económicamente y, quizás, étnicamente”.

No es, pues, desde el Estado o de tal o cual gobierno que emergen los movimientos que promueven cambios en la manera de ser y actuar de los integrantes de la sociedad, sino desde la propia sociedad. Carl Honoré, pensador británico, lo describe: “Hoy, todo el mundo sufre la enfermedad del tempo. Todos pertenecemos al mismo culto a la velocidad. Luchamos por el derecho a establecer nuestros propios tempos”. Desde luego que el movimiento Slow no proviene del poder político ni del mercado; dice Honoré:

“Esta filosofía sencilla está ganando terreno en muchos ámbitos. En el lugar de trabajo, millones de personas se empeñan con éxito en conseguir un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida. En el dormitorio, la gente descubre el placer del sexo lento, por medio del tantra y otras formas de desaceleración erótica. La idea de que la lentitud es mejor explica la enorme difusión que tienen los regímenes de ejercicio (desde el yoga hasta el Tai Chi) y la medicina alternativa ( desde la herbología  hasta la homeopatía), sistemas que abordan el organismo desde una perspectiva suave, oolítica. En muchos países se está renovando el paisaje urbano a fin de estimular a la gente a que conduzca menos y camine más. Muchos niños también están apartándose del carril rápido, a medida que los padres aligeran sus compactos horarios”.

Un movimiento así es producto de la propia sociedad en la que se  están forjando vínculos a través de las redes sociales y los medios de comunicación. Esto no se lo hace desde el poder, peor desde un Gobierno que ha dado muestras de gran intolerancia. El propio entrevistado Elhers confesó su admiración por Mujica, el ex presidente de Uruguay, cuyo estilo de gobierno dista mucho de parecerse al del presidente Correa. Y es que Elhers fue en los 90 del siglo pasado un convencido promotor de las ONG´s hoy devastadas y abominadas por el Gobierno.  

El “Buen Vivir”, concebido como nos lo explicó el entrevistado, plantea un conflicto con el principio de la libertad, pues para que los ciudadanos cambien su conducta, hábitos y preferencias el Gobierno hace uso de la coacción, no sólo de la “educación”. Por eso, la libertad de expresión, de pensamiento contrarían la finalidad de la inducción a ese “buen vivir”, de donde es posible inferir la relación entre la política del “buen vivir” y la ley de Comunicación y de sus órganos coercitivos. En verdad el “buen vivir”  deviene en un mecanismo de control adicional que le da al Gobierno facultad para exigir que las mallas curriculares de escuelas, colegios y universidades se adecúen a tal enfoque, para que los medios de comunicación independientes no se aparten de esa concepción y tampoco que los artistas, escritores y creadores produzcan obras que contradigan al “buen vivir”.

El “buen vivir” expresa, entonces, de manera aparentemente inocente, la orientación monista (para todas las preguntas hay una sola respuesta verdadera) de un régimen que pretende identificar libertad con autoridad, implantando el dominio del Estado sobre la sociedad.

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