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4 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
4 de Abril del 2016
Santiago M. Zarria

Filósofo y catedrático universitario.

La trilogía de la perversión
El capitalismo es una bestia que no esta diseñada para redimir ni expiar la deuda de nadie, sino para culpar. Para el capitalismo, el pobre es así por su culpa, porque necesita endeudarse; es decir, culpabilizarse. Es un sistema económico que se basa en el endeudamiento y que conduce a la desesperación.

A mediados de 1921, Walter Benjamin escribió uno de los textos póstumos más provocadores, penetrantes e inacabados al que llamó Capitalismo como religión y que apareció en 1985 como texto inédito, en el Vol. VI de Gesammelte Schriften publicado por Tiedemann y Schweppenhäuser.

Estos fragmentos muestran la inversión crítica de la tesis de Weber sobre la relación entre la religión –protestantismo ascético de corte calvinista-puritana- y la vida económica capitalista. No se trata ya del viaje de La ética protestante hacia el espíritu del capitalismo, sino del capitalismo como religión. Aunque se nota la influencia weberiana, no se puede obviar la ‘underground influence’ de su predecesor intelectual y mentor, Georg Simmel (Mckinnon-Trzebiatowska, 2014).

Benjamin considera al capitalismo no solo como la secularización de la fe protestante planteada por Weber, sino como “un fenómeno esencialmente religioso que se ha desarrollado como parásito del cristianismo”. El capitalismo ha reemplazado y transformado la 'disfuncionalidad' religiosa por la funcionalidad capitalista, llegando a satisfacer las mismas ‘preocupaciones, angustias y desasosiegos’ que las religiones tradicionales lo hacían, solo que más rápido y más eficiente. Lo que antes se conseguía con plegarias, ahora se consigue con dinero.

Si el capitalismo es una religión, se pregunta Agamben (2012): ¿Cómo podemos definirla en términos de fe? ¿En qué cree el capitalismo?

Pistis significa “fe” en griego,  es  la misma palabra que Jesús y sus apóstoles utilizaron en los evangelios. Pero si le añadimos Trapeza tes pisteos significa “banco de crédito”. O sea que pistis, “fe”, es el crédito asignado por el banco. De acuerdo con esta interpretación, cuando Pablo dice que la fe “es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”, se refiere a que el creditum es aquello en lo que creemos, en lo que ponemos nuestra fe y esperamos que la providencia bancaria provea.

Mientras más grande es nuestra fe, o sea, nuestra capacidad de endeudamiento, más posibilidades tenemos de mover las montañas financieras. De acuerdo al nivel de “fe” que tengamos, “la Banca administra y manipula el único sacramento de su propia religión: el crédito y el débito”. Por esta razón, dice Agamben, que el capitalismo es “la más feroz, implacable e irracional de todas las religiones”, en donde Dios es el dinero, el Espíritu Santo es el crédito y el banco es la Iglesia.

A esto lo llamo la trilogía de la perversión y los rasgos principales de esta religión, según el texto benjaminiano de Tiedemann y Schweppenhäuser, son:

1. El capitalismo es una religión de culto. Probablemente es la más extrema que jamás haya existido. No tiene ideas ni creencias absolutas, porque todo gira alrededor del culto. Ganar dinero, fabricar mercancías, vender y comprar se ha convertido en el ritual de la religión capitalista. Una de las prácticas más comunes de esta religión es la fetichización de la mercancía, en la cual el valor de cambio reemplaza al valor de uso. Es decir, al momento en que se le atribuye al objeto una importancia que no tenía en sí mismo. Cuando se realiza este canje –consumo por “status”-, el intercambio cobra ese sentido religioso y se compra no tanto por el objeto, sino por lo que representa. Por ese espejismo social que hemos construido alrededor de las cosas.

2. El capitalismo es un culto permanente. Es "la celebración sin tregua y sin piedad”. No se puede distinguir entre días festivos y días laborables, porque solo hay uno: el de fiesta- trabajo. Todos los días están dedicados al capitalismo. No hay pausa. La propaganda comercial es parte fundamental de este culto: Coca-Cola dice: “Destapa la felicidad”. Nike: “Just do it” (Solo hazlo). Mac: Think Different (piensa diferente). Adidas: “Impossible is nothing” (Nada es imposible), etc., etc. (Hinkelammert, 2007). No son ideas al azar, venden una existencia superficial al mismo tiempo que celebran el culto permanente al capitalismo. Entonces, por mucho que deseemos alejarnos del dominio del culto mercantil, quedamos atrapados en la ley de producción y consumo. A veces más, otras menos.

3. El capitalismo es un generador de culpa/deuda. Gracias a la “demoníaca ambigüedad” que presenta Schuld en alemán, que puede traducirse como culpa y como deuda, posibilita el “juego” entre el capitalismo y el cristianismo. El capitalismo es una bestia que no esta diseñada para redimir ni expiar la deuda de nadie, sino para culpar. Para el capitalismo, el pobre es así por su culpa, porque necesita endeudarse; es decir, culpabilizarse. Es un sistema económico que se basa en el endeudamiento y que conduce a la desesperación.

Benjamin acusa a Nietzsche, Freud y Marx, “los grandes profetas de la modernidad”, de haber colaborado con esta religión de la desesperación. El Superhombre sería el primer devoto del capitalismo. Decir que “Dios ha muerto” es una simple presunción nietzscheana, porque no ha muerto, sino que se ha trasformado en dinero.

En la teoría freudiana, lo reprimido equivaldría al capital, “sobre el cual el infierno del inconsciente paga los intereses”.

Con Marx, el capitalismo, incapaz de convertirse se ha transformado por medio de los “intereses simples y compuestos” en socialismo.

Walter Benjamin formó parte de ese curioso fenómeno intelectual de judíos-alemanes que denunciaron al capitalismo como una especie de religión diabólica (Löwy, 2010) que terminó, finalmente, controlando el destino de la vida moderna y que se ha extendido hasta este siglo con su “omnicompresiva y omnideterminante” realidad (Ruster, 2011), de la que ha resultado difícil escapar, pero a la que sí podemos enfrentar. A menos que vivamos en una nube a mil metros sobre la tierra, nos cubramos con el viento y nos alimentemos de aire. Incluso allí, el ambiente estaría contaminado por los restos del capitalismo.

En esta religión perversa y anti-humana, en la que, incluso, su sentido humanitario depende de nuestra capacidad de pago y que ha dado pasos firmes como privatizador y colonizador de la ética y la moral, de la libertad y la igualdad, ha provocado un enfrentamiento constante del Hombre contra sí mismo, que ha visto en la construcción de muros la posibilidad de comprar y conservar su libertad a costa de su propia humanidad. Allí, en esos muros, es donde actualmente agoniza su sentido común, producto del efecto invernadero de su propia estupidez.

Frente a esta maquinaria devoradora, no podemos refugiarnos en el optimismo o pesimismo de nuestras ideas. Esas “categorías no son útiles para pensar”, porque no resuelven nada. El progresivo desencanto por el quehacer político y el incremento lapidario de la desconfianza en el sistema político y financiero debería convertirse en un generador de ideas políticas y socialmente factibles. Hay que partir del grado cero de la esperanza.

[PANAL DE IDEAS]

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